Prohibido el amor

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Capítulo 16

Tampoco las cosas estaban tan mal, siempre podría terminar acostándome con el papasote del policía que me había esposado. Ese si que era un experto con las esposas.

—¿Te quieres divertir?

Me había abierto la puerta trasera, acerqué las dos manos al segundo botón de su camisa y jugueteé con él. Suponía que su compañero había ido a encender el auto; no me importaba, con que uno me brindará de sus servicios y me dejase ir lo antes posible, bastaba.

—¿Divertir? —Dijo con una sonrisa pícara, apartando suavemente mis manos.

—Si, en otro lugar donde sólo estemos tu y yo—me acerqué a su oído—¿Prefieres que te lo explique o que te lo enseñe?

Entendía que quisiera mantener la compostura, siempre había personas alrededor y la más peligrosa de todas que era la señora—de vez en cuando miraba en nuestra dirección, supongo que quería asegurarse de que realmente me fuera... quizás antes del que se suponía y era el padre de mi hijo, me salvará. Imposible, para unos; milagroso para otros y un hecho para mí. Volteé a ver en su dirección, tanto ella como su marido, se encontraban escuchando atentamente a Esteban; en varias ocasiones, la señora hacia un inútil intento de interrumpirlo, pero él era más rápido.

No podía ni leerle los labios a Esteban para saber qué decía, aunque eso no era tan importante, con tal de que se diera prisa, ya había perdido demasiado tiempo. No quería meter la pata—como siempre— así que me puse hacer lo que para mí era quedarse quieta; estaba seduciendo al policía rubio, bueno, intentaba darle tiempo al cabrón para que viniera en mi rescate antes de que me subiera al auto o, lo más probable, que yo saliera huyendo en cualquier medio de transporte no sin antes pincharle las llantas al auto de los policías. Si me quedará cerca el de Esteban, haría lo mismo, mi día a día estaba lleno de riesgos, pero siempre están los limites; de hecho, estaba segura de que podía tropezar u otra cosa que fuese en mi contra, que hiciera que me terminaran atrapando.

Yo era un caso perdido, pero todavía tenía salvación o eso era lo que decían mis padres... mi hermano y de seguro todos a mi alrededor, ya habían perdido las esperanzas.

—Ya llegará una persona que te haga centrar cabeza, pequeña—. Solía decir mi padre.

Yo seguía dudando que alguien me quisiera realmente, de pronto es por eso que Riordan se había ido, ya mucho me había soportado. Aunque en mi opinión, tampoco era tan malo.

—Debe de estar con los testículos bien puestos el que quiera pasar el resto de su vida contigo. Ya en varias ocasiones me han dado ganas de arrancármelos y eso que solo eres mi hermana.

Ya eran pocas las veces que Lucas me lo decía desde que nos habíamos ido de casa.

A medida que Esteban seguía hablando, el semblante de los señores se iba relajando y, la sonrisa de la señora se le iba agrandado. Esteban mete la mano en el bolsillo trasero de su pantalón y saca una cartera de cuero y le tendió a la señora una tarjeta, no, no de crédito; una donde de seguro estaban sus datos.

¿Y los billetes?

Pensaba que les iba a pagar en efectivo para que ya toda deuda quedará saldada y ya luego él estaría pensando en arreglar conmigo—En sus sueños—.

Espera mi contraataque, cabrón.

Todo eso tenía pinta a que él quería que yo misma los sacará de mi bolsillo que, ahora mismo se encontraba más vacío que mi estomago que ya estaba listo para ser llenado con la torta de café, confiaba en que mi mamá lo haya mantenido intacto.

La ahora muy feliz señora, como si se hubiera ganado la lotería—cosa que tampoco era mentira— recibió la tarjeta y luego le dio un fuerte apretón de manos, Esteban hizo lo mismo con el señor Fernando para luego voltear a verme. Ya por fin los otros dos se disponían a meterse en su auto.

Adiós y hasta nunca.

Se metió las manos en los bolsillos y se quedó, en ese mismo lugar, observándome como si contara con todo el tiempo del mundo. Tal vez podría pensar que podía detener el tiempo en esa pose, concordaría con él si me diera la espalda.

Con las manos en el mismo lugar, avanzó— lo que para mí parecía ser muy lentamente— hacía mi dirección. Por unos minutos, se me había olvidado la presencia del policía.

—Entonces...—miré en su dirección—¿Tienes un lapicero?

Con suerte, en uno de sus bolsillos, había uno. Se lo arrebaté, le cogí la mano y le escribí mi número.

—Cuando estés libre, llámame y te enseñaré lo que es la diversión—. Hice una pausa— y, ¿Tú nombre es...?

—Sergio— Se limitó a decir

—Hmm, Sergio, me saliste un poco calladito, pero estoy segura de que tienes un lado salvaje que haré salir a la luz—. Le guiñé un ojo y le devolví el lapicero justo cuando Esteban ya se encontraba a unos pasos.



Laury M. S.

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En el texto hay: desamor, desafios, amor en el trabajo

Editado: 10.02.2019

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