Prohibido el amor

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Capítulo 19

Subí las escaleras resoplando y me dirigí a mano izquierda, directo al baño. No me hubiera venido nada mal quitarle el celular a Esteban, no siempre se podía disfrutar de escuchar música en spotify sin anuncios y eso, suponiendo que lo tuviera. Ni modo, tocó a acapela; me fui desprendiendo de la ropa mientras zarandeaba las caderas, ni siquiera sabía si lo que estaba cantarruteando existía, mas bien, parecía que estaba invocando al diablo. Por lo mismo, mis pasos se vieron afectados. No había nada más bello que darle un toque personal a las cosas para hacerlas únicas.

Sólo las personas que apreciaban el verdadero arte del baile, alabaría la coreografía que estaba haciendo en ese mismo momento.

No me hacía cargo si llegaban a escuchar ruidos extraños en la noche o si llegan a aparecer en otro lugar. Sólo era por si acaso, no quería recibir quejas.

Así duré un buen rato mientras me bañaba y podía disfrutar de que esta vez si podía lavar mi cabello como era debido. Des pronto, comenzaron a golpear la puerta.

—¿Qué tanto te demoras?—Gritó furioso Lucas. Lo ignoré y canté más alto—Como no salgas ahora, voy a derribar esa puerta y te pondré en la puta mesa, ¿Me escuchaste?—Gruñó y siguió golpeando—Sabes que me descontrolo cuando tengo hambre así que me busques.

Rodeé los ojos.

—Pero si te comiste mi torta, ¿Qué hambre vas a tener?—Comencé a escurrir el cabello con las manos—Más bien, ve atraerme una toalla.

—Las viejas costumbres no cambian—Escuche una risita—Bien, ya regreso.

—No te atrevas a tardar.

Sentía que estaba siendo consumida por el hambre, a este ritmo, de seguro moriría. Él y yo sabíamos que saldría como fuese con tal de poder comer lo antes posible, por eso su estómago tampoco tendría que preocuparse.

Si todos no se encontraban sentados en la mesa, el resto no podían tocar un grano de su plato hasta que así sea. Ellos y su maldita costumbre; al igual que estar esperando afuera hasta que la persona llegue—Por lo menos, me pude aprovechar de  esa—. Solíamos sacar una mesita y nos poníamos a jugar o mi hermano me perseguía con algún insecto que, para mi suerte, terminaba encontrando.

Creía que habían pasado seis minutos, ya no lo soportaba más. Sabía que no iba a traerme nada, pero uno siempre guarda una pizca de esperanza. Él era de los que se salvaba así mismo, sin importar si es algún integrante de la familia, lo dejaba morir.

Una vez, saliendo de la escuela, íbamos caminando hasta la parada de autobús. Esa mañana había llovido, había partes de la calle que se encontraba echa un barrial; por lo menos, las plantas se encontraban felices, más verdes que nunca mientras eran testigos de una de mis muertes.

Lucas solía decirme que no caminara del lado de la carretera, en algún momento, un moto taxista iba a aprovecharse tocándome el trasero y quién sabe que más por no estar haciéndole caso. Salía con sus historia todas extrañas.

Ese día, como todas las anteriores, no lo escuché. Iba caminando en la punta fingiendo que iba caminando por la cuerda floja; la multitud aplaudía mientras yo ya estaba cerca de llegar al otro lado.

Ya estábamos llegando a la esquina donde se encontraba la parada, pero de la nada, había aparecido un joven corriendo, arruinando completamente mi acto. Terminó pasando por el lado de mi hermano y chocaron; Lucas se había girado para gritarle unas maldiciones, pero paro al ver por el rabillo del ojo que yo, una pobre alma, estaba haciendo el intento de impulsarme para evitar caer en el charco.

Me agarró la mano, en ese momento, el mundo pareció detenerse. Unos estaban esperando a que mi mano resbalara y terminará empapada de esa puerca agua; no, todos lo esperaban en realidad. Podría ver a unos sacando sus teléfonos para asegurarse de capturar ese momento.

Des pronto, unas chicas comenzaron a murmurar y a reírse, señalando la sudadera de Lucas. Él bajó la mirada y su rostro palideció.

—Mi calzoncillo de los increíbles—Susurró. Había recordado que mamá, de castigo, le había comprado esos calzoncillos y lo había obligado a ponérselo—Tenía que ser hoy.

La sudadera de educación física era nueva, una vecina que aseguraba ser una de las mejores modistas del barrio, se ofreció a hacérselo a un buen precio. La noche anterior, mi mamá le había dicho que se lo midiera, pero él no quería, otro que aseguraba que le quedaría perfecto, pero así no fue. Tenía que ver como caminaba ya que se le podía caer, creo que lo tenía sujeto con un gancho que, el joven al empujarlo, tuvo que haber hecho que se le soltara.

Nos miramos, le hice señas para que primero me ayudará y lo iba hacer, si era rápido, podría habernos salvado a los dos. Pero tuvo que aparecer aquella rubia; ella venía hacia nosotros con su grupo de populares. En ese tiempo y hasta que se muriera, su imagen no podía ser dañada, era su preciado tesoro.

—Primero la familia…



Laury M. S.

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En el texto hay: desamor, desafios, amor en el trabajo

Editado: 10.02.2019

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