Prohibido el amor

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Capítulo 20

Puse la blusa en la silla que utilizaba para trabar la puerta; por la rapidez, nunca llegue a ponerla bien, pero me daba tiempo para escapar de mamá que abría la puerta con sus llaves y entraba echando humo mientras yo le hacía muecas e iba descendiendo en la cuerda que tenía en la ventana.

Estaba considerando la opción de tirar la blusa a la basura, ya era hora y perecía que había pasado una eternidad con ella puesta; tal vez la guarde de recuerdo. Me acerqué al armario. Mi mamá había insistido en que era más cómodo que dejará ropa en casa a que cargará con ella de ida y venida; por suerte, mi papá me había dado dinero para comprar las que quisiera y dejarlas en casa.

Ya eso hacia unos años, pero cada tanto me daba para comprar más. Definitivamente, lo amaba. Él era mejor que mamá en todos los aspectos.

Nunca se lo diría a menos que estuviera lista morir en ese mismo instante.

Bueno, lo aceptaba. Ella me caía mucho mejor, pero chocábamos demasiado—terminábamos discutiendo y luego me tocaba huir por mi vida— debido a que nuestra personalidad era similar.

¿En serio?

Eso era lo que decían los demás, ¿Cómo se atrevían a comprarme con esa demente?

Juré haber sentido un fuerte golpe en la cabeza, como si me hubieran lanzado la chancleta desde un lugar alejado, pero ella tenía muy claro su objetivo.

Había sido un día muy largo y ya quería caer en los brazos de Morfeo, pero antes tenía que cenar a menos que quisiera ser devorado.

No hallaba una ropa cómoda para el momento o sea, para dormir, claro; nada de lucirme allá abajo. Eso de buscar una donde pueda mostrar mis atributos, hacia parte de la Keira del pasado; la del presente ya había madurado y estaba llena de muchos cambios. A lo lejos, pude escuchar a la del futuro riéndose.

Busqué y busqué, pero ni una jodida ropa encontré. Empujaba con fuerza los ganchos y un short que estaba colgando terminó cayendo en mis pies; era de color blanco y llevaba escrito el ‘Lo’ en mi nalga izquierda y el ‘ve' en la otra e iban separados de un enorme corazón de color rosado.

Perfecto. Y no lo había elegido por lo que tenía escrito, para nada. Yo estaba interesada en lo corto y con la camisa que tenía en mente ya que ni loca me iba a poner la que le hacía el juego.

Busqué en los cajones ropa interior decente, nada de hilos, por favor. Aunque, esperen, eso era lo único que había, era una lástima. Uno intentando cambiar y no colaboraban.

Después que no digan que no lo intenté.

Fui al cuarto de mi hermano y tome prestada—como en muchas ocasiones—una camisa azul cielo. Me llegaba unos dedos abajo del short lo que hacía parecer que solo tenía una sensual panty.

Esteban ya había visto mi pecho desnudo, pero no lo hacía por él—tal vez un poco—, aunque eso no era lo que supuestamente iba a dejar a la vista. La verdadera razón era para ver la reacción de mi madre, más que todo. Me encantaba verla en su estado más puro de la furia y, esperaba, que está vez se calmara un poco. Ella también vivía un poco de las apariencias y teníamos a un invitado que, tal vez, podría llegar a ser parte de la familia—eso debía de estar pasando por sus cabezas—. Ni siquiera necesitaba que yo lo respondiera, era muy obvio, por favor.

Bajé muy emocionada las escaleras, mucho más que cuando le iba a dar las buenas noticias a mis padres de que me iba a ir de casa. Ya me estaba viendo afectada por el hambre.

Cuando llegue a la planta baja, me recibió un rico y familiar aroma—versión mejorada, claro—. Debía de haber estado en otro mundo para no haberlo percibido antes.

Caminé hacía la cocina y pase por la mesa donde seguía Lucas que ya tenía la cabeza sobre la mesa, se había dejado vencer. Obviamente, mientras hubiera movimiento en un lugar muy sagrado para mamá—lo que era toda la casa, pero la cocina era su vida—, no iba a quedarse sentada a esperar.

Se encontraba limpiando y charlando muy animadamente con los dos caballeros que ya tenían puestos unos delantales; por órdenes de mamá, por supuesto. La escena era muy graciosa y acogedora; mamá se alejaba para limpiar una supuesta mancha que había encontrado y luego se ponía en puntillas entre ellos dos para ver que tal lo hacían y daban instrucciones y Esteban asentía mientras le iba explicando a papá. Porque si, aunque Esteban hubiera recibido clases de un prestigioso chef, ella quería tener el control, ella era la mejor y punto; se podría decir, que a fin de cuentas, estaban en su cocina.

Ni siquiera poco a poco, en el acto uno iba a prendiendo que era mejor darle la razón para salir ilesos o, en otro caso, para quitarla de encima.

No podía ver lo que estaban haciendo y, mucho menos podía creer que era lo que estaba oliendo.

—Ya puedes ir colocando las cosas en la mesa, cariño—dice papá sin mirarla—la niña ya debe de estar por bajar.

Niña…

—Pensé que el servicio venía completo—dijo mamá con decepción.

—Entonces ya ve a sentarte de una buena vez.



Laury M. S.

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En el texto hay: desamor, desafios, amor en el trabajo

Editado: 10.02.2019

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