Punto Sin Retorno (lgbt)

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La Muerte Andante

Capítulo IX

La Muerte Andante

 

 

 

 

 

El padre de Erick les miraba confundido al otro lado de la mesa. Sus ojos pasaban de Alex a Erick, una y otra vez. Los dos chicos estaban sentados al otro lado de la mesa de madera en la cocina, mientras su padre sostenía un vaso de agua entre sus manos.

“Entonces, me han llevado, y regresé de alguna manera”, preguntó el padre de Erick, rompiendo el silencio asfixiante. “¿Quién éste muchacho, Erick?”.

“Mi nombre es Alex, señor, es un gusto conocerle”, respondió Alex. El padre de Erick le miró, y levantó una ceja. Algunas arrugas se hicieron más profundas en su cara, al hacer una sonrisa chueca. Carajo, pensó Alex. Conocía aquella mirada.

“Tenemos que movernos de aquí, señor, no es seguro”, dijo Alex.

“Tú no puedes mandarme, muchacho”, dijo el padre de Erick. Rápidamente volteó a ver a su hijo. “Tú y yo, tenemos que hablar en privado”, le dijo apuntándole con un dedo. Erick solo se quedó en silencio.

“Disculpe, señor, pero si no me cree que estamos en peligro, tendré que mostrarle algo”, retó Alex, al padre de Erick.

“No debemos tener miedo, mi hijo no ha tenido ninguna cita con una chica por un largo tiempo, no hay que preocuparse”, explicó el padre de Erick. Los dos muchachos intercambiaron una mirada de complicidad. “Además, ni siquiera sé que haces tú aquí”.

“Estoy aquí para ayudar, señor”.

“Erick, te espero afuera, hay muchas cosas de las que hablar”. El padre de Erick se dirigió a la puerta de adelante, pero se detuvo para voltear a ver a Alex. “A propósito, deja de decirme señor, me siento viejo. Mi nombre es Herald”, dijo él, sacando un puro de su bolsillo. Salió de la habitación, y los dos chicos se miraron, angustiados.

“¿Crees que ya lo sepa?”, preguntó Alex. Erick parecía haber pensado la respuesta, como si de un acertijo se tratase.

“Ruego a Dios por que no sea lo que pienso”, respondió Erick, y salió a encontrara a su padre. Alex se quedó sentado en la silla, con los codos en la mesa y la cara entre las manos. Solo podía pensar que Erick tenía razón. Su padre era más difícil que matar un demonio. Se sintió estúpido, por haber prejuiciado la situación, ya que él no sabía realmente nada de los padres de Erick.

Sacó de su mente la idea de espiar la conversación, ya que sería algo peligroso que le encontrasen, así que se quedó sentado.

Alex echó una mirada al reloj de pared que colgaba en la cocina. Efectivamente, la conversación ya había pasado los treinta minutos. Un nudo de impaciencia se empezó a sentir en el estomago de Alex. Algo andaba mal.

De repente, la puerta de enfrente se cerró de golpe. Alex se levantó enseguida y salió de la cocina a la sala. Erick y Herald sostenían la puerta, como si tratasen de evitar que algo entrase, pero Alex no veía nada afuera.

“Alguien llegó, Alex, nos ha atacado”, gritó Erick, aunque el silencio reinaba plácidamente en la atmosfera. A Alex se le vino una idea a la mente, de la persona que no conocía, pero quería matarle. El hombre de la visión en la noche anterior.

Apartó la cortina beige, y se asomó por la ventana. En el patio delantero, había un hombre con un exuberante traje negro, y un sombrero que le ocultaba la cara, como si el sol no le tocara con sus rayos.

“Vamos, mis niños, mátenlos y tráiganme su maldito corazón”, gritó el hombre al mismo tiempo que unas serpientes de color violeta salían de sus mangas. Las serpientes crecieron en tamaño, y cambiaron de forma, hasta parecer humanos. O a semejarlos. Las criaturas tenían una piel pálida, sus caras parecían estar en constante sufrimiento, con las cuencas de los ojos vacías y una nariz hundida, como si no existiese. Sus articulaciones se notaban, cubiertas de piel que parecía cuero duro.

Una de ellas, apareció de repente al otro lado del cristal, y Alex dio un salto atrás. La criatura abrió la boca, y sus comisuras se abrieron hasta donde termina el cuello y el pecho comienza. Alzó una de sus deformes manos, la más grande de ellas, con largas garras curvas, y tocó el cristal. Al instante, su piel comenzó a sangrar un líquido violeta, y la criatura retrocedió, chillando de dolor. Alex vio la cara de Erick y su padre. Eran de completo horror, parecían paralizados.

“Necesitamos defender la casa”, dijo Alex, sacando del trance a los dos. “Reúnan todo lo que pueda herir, explotar o dañar, lo necesitaremos”, añadió, y los dos desaparecieron de inmediato en la casa.

“Muy buen truco, Alex, pero necesitarás más que eso para detenerme, para evitar que me lo lleve”, gritó el hombre desde afuera. Alex recordó que la ventana del baño no estaba protegida, y sus armas se encontraban ahí. Corrió hacia la planta alta, y el hombre desapareció a sus espaldas.



Albert

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En el texto hay: amorjuvenil, lgbt, amor maldito

Editado: 15.07.2018

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