Punto Sin Retorno (lgbt)

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Ira

Capítulo XV

Ira

 

Sintió que todas sus fuerzas se habían consumido cuando sus pies alcanzaron lo que debería de ser la otra dimensión. Respiró hondo y abrió los ojos. Se vio rodeado de un montón de paredes de carne, cuando se suponía que había encontrado la puerta. Pero seguía en el mismo lugar dentro del gigante. Okay, algo hice mal. Giró la cabeza en busca de una respuesta, pero no la encontró. Estaba en el ático, o al menos eso fue lo único que notó por el techo en forma de cuña. Además de una cortina de plástico semitransparente unos pasos delante de él. Sea lo que fuera que estuviera detrás de ella, parecía emitir una incandescencia multicolor, como si un espectáculo lento y pausado de fuegos artificiales se llevara a cabo detrás.

Con paso decidido, avanzó hasta alcanzar la cortina, titubeando solo por unos segundos al abrirla. Su cara cayó en una pequeña sorpresa, ante él, de un tamaño de dos metros de alto, estaba una masa de color rosa que parecía delicada. Su superficie estaba surcada por profundas arrugas que parecían formar un laberinto en su superficie, las cuales eran recorridas por una estela de luz tenue y fugaz como impulsos eléctricos. Era el cerebro del gigante. Pero, ¿Por qué habían colocado un puerta trampa en ese lugar?, se suponía que no existían otras puertas además de la que debía significar la salida. Volteó de nuevo al suelo donde la puertecilla se encontraba y alzó una ceja.

“El cerebro siempre debe estar protegido”, soltó una risa desganada y sarcástica mientras atravesaba la delgada cortina de plástico. ¿Y ahora, qué?, pensó mientras se acercaba al órgano principal, rodeándolo mientras trataba de encontrar una pista en su superficie. Una vez le dio la vuelta entera, y revisó todas las esquinas del cuarto, volvió a preguntarse qué estaba haciendo mal. Sus pies denotaban cansancio con cada paso, y lo único que pensaba era en sentarse. Pero de ninguna manera se iba a sentar en ese lugar tan asqueroso. Regresó a la parte posterior del órgano, y se quedó parado en su sitio, sin quitar su vista del cerebro.

Se tocó accidentalmente el brazo derecho, sintiéndolo mojado y pegajoso. Volteó a ver sus ropas empapadas de sangre en algunos puntos, lo que antes no había notado. Su cara también estaba mojada y pegajosa de la sangre. Se trató de limpiar, pero en vez de hacerlo bien, lo empeoró un poco más, embarrando la sangre de un lado a otro en su piel. Ahora pensó en una ducha de caliente y revitalizante agua limpia. Si no puedo ni encontrar una maldita puerta en este lugar, ni de broma habrá una regadera por aquí. Perezosamente volteó de nuevo a ver la superficie del cerebro en frente de él, donde había una hendidura del tamaño de una persona. Curiosamente, las líneas de luz parecían llegar a ese punto y desaparecer dentro de él.

Como dentro de un trance, sus pies se movieron hacia la hendidura, que se comenzó a abrir lentamente, dejando entrar un aire extremadamente gélido y pesado. Pudo ver nieve adentro, mientras luchaba con la brillante luz del interior. Un chasquido bastó para que la hendidura se cerrara de repente en sus narices. Extendió sus manos para tocar la carne blanda, en busca de algo que la volviera a abrir. Al no encontrar nada semejante a una palanca o manija, sus ojos se empezaron humedecer lentamente. No entendía que estaba pasando. La puerta se había cerrado así de rápido como la había encontrado.

“Vamos chico, voltea y salúdame”, dijo una voz ronca y grave que venía desde su espalda. Esa voz era tan desconocida que le parecía familiar. Escuchó pasos hacia él, que se acercaban lento. Se llevo la mano a la sobaquera, agarrando la culata de la pistola con la mano derecha. Los pasos no parecían amenaza, pero, una vez que estuvieron lo suficientemente cerca, Alex sacó la pistola de su funda, poniéndola en el aire justo a unos centímetros de la cara del hechicero que tanto le colmaba la paciencia. El hombre alzó las manos en señal de asombro, y se apartó unos pasos hacia atrás con la cautela de un gato acorralado.

“Deberías estar en el limbo con todos esos huesos golpeando tu espalda con un maldito látigo”

“Me da gusto verte también”

“A ti nada te gusta, no seas hipócrita y dime, ¿Qué haces aquí?”

“Puedo asegurarte que no estoy aquí para hacerte pelear, chico, así que baja esa pistola antes de que le hagas daño a alguien”

“Digamos que no creo en nada de lo que sale de tu asquerosa boca”

“¿Por qué tanto odio, Alex?, no lo alcanzo a comprender del todo”

“Por tu culpa se han llevado a algunas de las personas que más amo en el mundo, y ahora estoy aquí, dentro de otra dimensión que tengo pasar para llegar hasta ellos, solo porque tu lo has querido, imbécil”, las palabras de Alex salieron con tanto rencor y fuerza que hicieron eco en las paredes del encerrado lugar. Vio que la cara del hechicero cambió fugazmente a temor en lo profundo de su ser, haciéndolo sentir bien por haber cumplido su cometido.



Albert

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En el texto hay: amorjuvenil, lgbt, amor maldito

Editado: 15.07.2018

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