Quédate todo el tiempo © l Trilogía Quédate

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Capítulo 3

Por supuesto que no me iba a quedar toda la mañana observando cómo un puñado de adolescentes corrían de acá para allá, no tenía sentido para mí. Así que me di un paseo por la zona mientras esperaba.

Ben y Jassy; me sonaban a una pareja de cachorros Golden. Fuera de eso, me parecían una pareja adorable.

Comencé a pensar en el primo Jazon y en su boda. Mi padre, Jonh Lawrence, es el hermano menor del tío James. Sin embargo, el tío James y Jazon eran hombres tan buenos, ¿por qué sólo mi padre debía ser de esa forma? ¿Por qué nos abandonó? Durante mucho tiempo nos hizo sentir culpables de su partida, como si fueramos la razón, como si fueramos el estorbo en su vida. Pero no, ningún buen padre haría eso, y por eso no era capaz de perdonarlo.

De vuelta al estadio me tropecé con alguien por estar profundamente sumida en mis pensamientos. Por la vergüenza sólo fui capaz de ver su teléfono caer al lado de mis zapatos.

—Disculpeme—lancé a decir, y me incliné para recoger su teléfono de la tierra—. Tome, esto es…

Me quedé muda por un momento cuando reconocí que era Diego Gonzalez. Ahogué un alarido de asombro.

—¿D-Diego? —farfullé realmente sorprendida.

—Deberías tener cuidado—me dijo seriamente.

Su seriedad me cohibió.

—L-lo siento…yo sólo…

Pero Diego de repente se inclinó y ató las agujetas de mis zapatos con firmeza. Me quedé congelada, con su teléfono en la mano derecha, sin saber cómo reaccionar.

—Podrías tropezar—dijo simultaneamente al levantarse—. Una caída duele más que la pantalla rota de un teléfono.

Él me sonrió amablemente, por lo que también tuve que corresponderle.

—S-sí…dile eso a Levi—murmuré, intentando buscar algo gracioso qué decir para distraerlo de mi torpeza—, una vez hice caer su teléfono, me rugió como un león.

Diego se rió, pero no dejó de observarme de esa forma tan penetrante y grácil a la vez.

—Bien…—miré hacia cualquier otro lado—. ¿Y qué haces por aquí?

—Desde hoy, mi hermano menor practica beisbol aquí.

—Qué casualidad, el mío también. Digo, no desde hoy, pero ya…me entiendes.

Diego volvió a sonreír como si le divirtiera mi estado de idiotez.

—Normalmente las casualidades son inoportunas—mencionó con entereza—, pero encontrarte aquí es…bueno.

—¿Ah, sí?

Y de repente apareció ese inestable y rápido latido en mi corazón. No recordaba la última vez que mi corazón latio de esa forma, como si advirtiera que ahora todo iba a ser más complicado.

En realidad, sí lo recordaba, y no quería volver a sentirlo por nadie tan pronto.

—Sí, la otra noche ni siquiera nos presentamos correctamente—aclaró.

—¡Cierto!

De pronto Diego extendió su mano hacia mí.

—Gusto en conocerte, Coral—me dijo.

Casi inconscientemente estiré mi mano hasta entrelazarla con la de él. El suave aprentón de su mano quizá me dejó fuera de base durante unos segundos. Fue un instante extraño, completamente nuevo para mí. La forma en que dijo mi nombre, como si quiera alargar el lapso de su pronunciación.

—Es…igual, Diego—condecí.

Cuando se dio cuenta de que todavía me tenía sujeta de la mano, me soltó torpemente. Y yo estiré el teléfono en su dirección.

—Aquí tienes.

—Gracias.

En ese instante mi teléfono vibró en el bolsillo de mi pantalón. Cuando revisé de quien se trataba, suspiré de alivio.

—¿Mamá? ¿Dónde estás? —contesté la llamada.

—Ya estoy en el parking, de hecho, te estoy viendo ahora mismo.

Me giré hacia el parking, y en efecto, el auto de mi madre estaba ahí.

—¿Quien es el chico con el que hablas? —me preguntó, ese tono coqueto que Riley usaba lo copió a la perfección.

Me giré de vuelta hacia Diego.

—Yo…ya voy para allá—me limité a contestarle.

Entonces colgué.

—Era mi mamá—expliqué—. Yo iré por mi hermano.

—Claro.

Cuando quise rodearlo para ir en busca de mi hermano Diego me detuvo.

—Espera un momento…

Lo miré.

—¿Sucede algo?

—¿Me darías tu número de teléfono?

Parpadeé sorprendida cuando fui consciente de lo veloces que eran los latidos de mi corazón. Hubiera querido preguntarle por qué lo quería, pero si lo hacía, probablemente diría algo mucho más tonto.

—S-sí, claro.

 

 

 

—¿Coral? —Stella zarandeó levemente mi hombro—. ¿Me estás escuchando?



Beth P. Monasterio

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En el texto hay: inseguridad, amor amistad, romance juvenil y adulto

Editado: 17.10.2019

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