Quédate todo el tiempo © l Trilogía Quédate

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Capítulo 5

—¡Hasta pareciera que no acabas de conocerlo! —exclamó alegremente Penelope en nuestro idioma—. Eres igualito a él.

Levanté mi rostro en silencio, me quedé mirando a Diego atónita mientras intentaba sacarle un sentido cientifico o racional a este encuentro que comenzó a perturbar las «coincidencias». Él estaba relajadamente inclinado sobre el escritorio de Penelope.

—Díle eso a él y a las cientos de pruebas de ADN que me hizo—contestó Diego, y se echó a reír con Penelope—. Creo que todavía lo duda.

—Déjate de tonterías, ¡son identicos! Y el que debería dudar aquí eres tú.

Diego volvió a reírse incomodamente.

—¿Él todavía está ocupado? Me dijo que hoy estaría libre hasta después de las 6.

—Tiene una reunión con una estudiante de derecho, como practicante y secretaria auxiliar.

—¿Necesita más ayuda? —el tono de Diego fue divertidamente burlesco—. Creí que era el hombre más autosuficiente del mundo mundial.

—Al parecer, no del mundo mundia, sólo de Denver. Y no, aquí siempre se necesita ayuda. Puedes esperarlo allá, con la otra chica.

Penelope señaló hacia donde yo estaba, así que de inmediato fijé la mirada al piso.

—¿Coral? —la impresión en su tono de voz me hizo congelar por un momento, ¿creería que lo estoy siguiendo? Escuché sus pasos acercarse a mí—. Qué coincidencia.

¡Volvía él con sus coincidencias! ¡Esto tenía que ser obra de alguna fuerza mayor! Y no tuve dudas cuando Diego sonrió como si estuviera apoyando la fuerza mayor.

—Vaya que sí—me obligué a sonreír.

—No te agrada verme aquí, ¿verdad? —inquirió, y sin embargo se sentó a mi lado.

—Yo no dije eso.

—Tus expresiones son suficientes explicaciones—sonrió con diversión, no parecía molesto, al contrario—. No te estoy siguiendo, vine a encontrarme con mi padre.

—Yo no dije que tú me… ¿Padre? —parpadeé atónita y lo miré con desconcierto—. ¿Nicholas Pinkman es tu papá?

Él desvió su mirada hacia el frente.

—Entiendo tu reacción, yo también me sorprendí de saberlo—cuando sonrió noté que se le hacían unas arruguitas de lo más tiernas alrededor de los labios.

—No te…entiendo.

Diego me devolvió la mirada y me observó inquisitivamente.

—Es una historia que me gustaría contarte en otro momento—aclaró amablemente.

El estomago se me revolvió de la vergüenza.

—¡Espera, no tienes que contarme! ¡Yo no…

—Quiero hacerlo.

Y de pronto sonrió tan abiertamente que creí que más tarde le dolería. Aquella sonrisa me transmitió dulzura y sinceridad, debía desviar su dulzura hacia cualquier otro lado o me volvería diabética.

—¡Muchas gracias, señor Pinkman! —dijo Riley mientras salía de la oficina—. Estaré mañana mismo aquí.

—Eso espero—oí contestar al señor Pinkman, una voz ecuánime.

Riley cerró la puerta, pero tan pronto como se volvió hacia mí, ahogó un grito de sorpresa. Diego se levantó y ella lo siguió con la mirada.

—¿Diego? ¿Qué haces aquí? —le preguntó Riley.

—Bueno, yo vine para ver a mi padre—contestó Diego, un poco cohibido—. O ese era el plan.

—Espera, ¿tu padre es Nicholas Pinkman? —Riley lo sujetó de los hombros.

—Eso parece—Diego se rió todavía más incomodo.

—¡Tienes que hablarle de mí! —Riley comenzó a sacudirlo de los hombros. 

Me levanté y la alejé de Diego.

—Riley, pierdes el glamour—le susurré entre dientes.

—Ay, lo siento—Riley lo soltó en seguida.

—Tenemos que irnos—miré a Riley con severidad—. Ahora.

—Cierto, fue genial verte Diego. No te olvides de mí, ya sabes—insistió Riley, guiñandole un ojo—. Y no olvides el cumpleaños de Collin.

—Está bien, yo lo…

Rodé los ojos. Entonces la tomé del brazo y comencé a arrastrarla lejos de Diego. 

—¡Hasta luego! —lo escuché exclamar.

 

 

 

 

—Me gustan las noches de chicas—dijo Sue, luego sorbió por la pajilla de su refresco.

—Es mejor que los video juegos, ¿no? —Stella se echó a reir, entonces le dio un mordisco a su pedazo de pizza—. Pizza y chicas, nos amo.

En vez de volverlo una salida mixta, hablé con Sue y Stella para convertir nuestra noche de «llenar el tanque de la diversión», en una sencilla y nada dramática noche de chicas.



Beth P. Monasterio

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En el texto hay: inseguridad, amor amistad, romance juvenil y adulto

Editado: 17.10.2019

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