Quiero creer que somos un destino

Font size: - +

Capítulo tres

Mamá tuvo un día donde le agarró la nostalgia al ver unas fotos sobre la mesita de mi habitación, exactamente en mi tiempo cuando era una niña pequeña y aún tenía a papá en casa. Habían pasado dos días, pero su mirada no la olvidaría, ella me recordó cuando escapaba de casa solo para reunirme con esos niños que salían en la foto, entre ellos, Adriana. Solíamos recurrir al parque que anteriormente regresé luego de bastante tiempo, ya sea a jugar bajo la lluvia o volver toda agitada luego de un largo juego a las escondidas.

Suspiré, eran buenos tiempos que nunca volverán.

Había regresado al parque solo por simple curiosidad y porque no tenía nada más que hacer en casa. El clima era soleado, con una brisa refrescante. Era mala idea desperdiciar el día encerrada en mi casa y rodeada de recuerdos que me provocarían dolores de cabeza. Ignoré aquella vocecita en mi cabeza que me estaba gritando que era mentirosa y me situé al pie de aquel árbol.

¿Debería llamar a Adriana para que me acompañara y ponernos a contar las tonteras que hacíamos?

Un ruido en seco me sacó de mis pensamientos, rodeé el árbol hasta dar con un pequeño niño sentado en el césped, sobándose su frente y aguantando las ganas de llorar. Ladeé mi cabeza, llamando su atención y sus grisáceos ojos me hipnotizaron, seguido de una risita y un grito de piedad de alguien más mayor que él. Alcé la cabeza, sintiendo mi respiración detenerse.

—¡Damián! ¡¿Estás bien?! -parecía ignorar el hecho de que estaba presente y revisó el niño un millón de veces, éste solo asentía y me miraba desconfiado.

Yo tardé en procesar la información de que estaba a un lado de aquel chico de ojos mieles, intentando ignorar mi desesperación por moverme y tragué saliva. Reaccioné cuando el niño balbuceó algo y me señaló.

Él alzó su vista clara hacia a mí, algo sorprendido por tenerme frente suyo. Me sonrojé y me golpeaba mentalmente por parecer tan imbécil. Aclaré mi garganta. —No parece lastimarse, no se golpeó tan fuerte. -fue lo único que dije para aligerar este tenso ambiente y suspiró aliviado, agarrando del niño de la mano y levantándose.

Rascó su cabeza, estaba igual de incómodo que yo. —Gracias… no sé cómo se soltó, pero en buena hora que llegó hasta aquí y en manos correctas.

Jadeé, asintiendo por sus palabras, al menos no me veía como una persona al quien desconfiar. —Yo... yo lamento aquel día que casi te tumbo, actué por reflejo y…

—Yo igual, creo que ejercí mucha fuerte, ¿no te lastimé? -algo en su voz me atraía. Negué apresuradamente mientras sacudía mis manos. —Igual, te ofrezco disculpas… eh…

—Micaela. -terminé por él y sonrió, mostrándome de nuevo sus hoyuelos. No eran profundos y apenas se notaban, pero me gustaba verlo sonreír. Reprimí un quejido cuando tomó mi mano y la estrechó.

—Alexander.

El tacto de su mano era cálido, sentía un cosquilleo recorrerme todo el brazo y me gustaba, no iba a negarlo. Y tampoco quería soltarlo. Sus ojos nunca se apartaron de los míos, sin importar que estaba hiperventilándome por los nervios. Sintió mi incomodidad y me soltó. Algo se alivió en mí. Llevó su mano a su boca, como reprimiendo una sonrisa o eso parecía ver. —Bueno, espero verte por aquí.

—¿De verdad? -mi pregunta salió sin que lo pensara y pareció sorprenderse un poco, pero sonrió.

—Me agradas. -dijo antes de girarse y jalar al niño suavemente para empezar a caminar y reaccionó, dándome una rápida mirada antes de agitar su mano, como despedida.

No nos despedimos y parecía correcto, nos volveríamos a ver.

Eso me dijo, quería volver a verme y no sabía lo feliz que me puso al saberlo.

Mi mente decía que era un desconocido, pero algo me indicaba que era distinto a como trataba con demás personas desconocidas que topé en mi vida.

◘◘◘◘◘

Regresé a casa tarde, estaba segura que mamá me iba a reprender por pasar tanto tiempo en la calle sin avisarle. Me detuve para escuchar el televisor o algún ruido que me indicase que estaba abajo, pero todo estaba en silencio. Intenté dar un paso hacia mi habitación, pero las luces se encendieron rápidamente y visualicé a mi mamá, sentada a un lado del sofá y ligeramente cansada.

—¿Por qué llegas a las siete de la noche? –exigió respuestas, frunciendo ceño y bajé la vista al suelo. No sabía cómo responderle. —Micaela Judith Luna, ¿podrías explicarme eso?

—Lo siento mamá. –murmuré. —Me distraje y no me fijé de la hora.

—¿Con quién?

—Con nadie, perdí la noción del tiempo. -parecía suspirar con paciencia, abandonando la sala para encerrarse en su habitación y chasqueé la lengua.



Kerlly Rodríguez

#3544 at Romance
#1863 at Fantasy

Text includes: juvenil, drama, amistad

Edited: 04.01.2019

Add to Library


Complain