Quiero creer que somos un destino

Font size: - +

Capítulo cuatro

Este día estaba empezando de una manera extraña.

Primero, mamá ya no estaba en casa cuando desperté y dejó una simple nota pegada en la refrigeradora, diciendo que tuvo que adelantarse, dejando mi desayuno servido cuando antes solía gritarme que se iba y me hacía rabiar por tener que madrugar. Segundo, no había ni una sola alma en las calles, exceptuando los autos. Ni mi particular vecino nuevo, Alexander, que solíamos chocar con frecuencia desde una semana. Me dio algo de tristeza no verlo correr para llegar temprano esta vez, ¿habrá madrugado o faltará?

Y tercero, sorprendente no me reprocharon sobre mi impuntualidad y me dejaron andar sin problemas y la de emprendimiento parecía tan decaída que por un momento me asusté horrible. Por más odio que me tuviera, yo la apreciaba como maestra.

Adriana estaba algo ausente, me escuchaba y, a su vez, como que se distraía con el mínimo ruido. Fruncí los labios, ¿qué le pasaba al mundo hoy?

Pedí permiso para ir al baño y al salir me topé con Javier, esbozó una sonrisa alegre al verme y a pesar de las carpetas que traía en mano tuvo el ameno de acercarse. —Hey, Mica, ¿qué tal? ¿Por qué esa cara larga?

—Siento que este día está siendo muy gris para todos y no se por qué. -reproché.

—¿Gris? ¿Solo porque el día está así?

Fruncí el ceño, no me había percatado que estaba tan triste hoy y pensar que percibí un halo de luz al despertar, anunciando que haría calor. Suspiré. —No te interrumpo más, por cierto, ¿pasó algo en su casa?

Parecía dar en el blanco, pero solo me sonrió sin despegar sus labios del todo y giró. —Bueno… toda familia tiene problemas, Adriana te lo contará con más calma.

Con eso me dejó mucho que pensar.

Sin embargo, al regresar ya todo estaba normal o, bien, lo llamaría así. Adriana volvió a estar activa y contenta, revisando su celular sin importarle que lo requisaran y me lo puso frente a mí, tambaleé un poco ante el susto, pero lo agarré con mucho cuidado.

—Tengo su número. -su voz toda emocionada me alivió, sin embargo, lo que dijo Javier no dejaba mi mente. Aclaré mi garganta sin llegar a tocar el tema.

—Entonces… ¿rastrearas su IP para saber las coordenadas de su casa y así acosarlo? -intenté bromear y parecía tomárselo en serio.

—Tengo pocos conocimientos informáticos, pero no podré. -se desparramó sobre la mesa, pero volvió a erguirse al instante y me quitó el aparato de las manos. Sus ojos verdes destellaban un brillo tan bonito que me alegré por ella.

El día empezaba a cambiar un poco.

—¿Han avanzado? -negó, sin abandonar su felicidad.

—No, pero ya tengo planeada la boda y dónde será, cuantos hijos tendremos y…

—¡Adriana! -chillé y no dejó de hablar.

«¿Así se veía una ilusionada? No recordaba haberlo estado alguna vez.»

—Y cómo te decía, parece que es extranjero o no lo sé, no me quiere decir, pero podría enamorar a cualquiera, con razón es que llama mucho la atención.

—Puede tener padres extranjeros y él ser latino. –asintió, concordando con mi teoría. —O puede ser de nuestro país y sus padres lo hicieron con mucho amor.

—Maldita sea la cama donde unieron sus cuerpos para crear a ese bombón y traerlo hasta a mí para hacerle—

La interrumpí de golpe. —Adriana… tienes un serio problema.

Solo sonrió, fingiendo pura inocencia y rezando para justificar más su mentira. Rodé los ojos, divertida y piñizqué su brazo. Soltó un chillido que llamó la atención absoluta de todos, desatando el enojo de la profesora y gritando un “salgan de mi clase si no quieren un reporte”.

Ambas no nos arriesgamos y tomamos nuestras mochilas, saliendo.

Vaya día extraño.

◘◘◘◘◘

—¡Ya llegué! –avisé al cerrar la puerta de la casa a mi espalda y recordé con pesadez. —Ah, cierto, estoy sola.

Eso sonó muy deprimente.

Me quité mis zapatos, dejando a un lado mi mochila y percibiendo la luz de la cocina encendida, el ruido era más a medida que me acercaba y me detuve. ¿Quién estaba aquí? Intenté asomarme un poco, pero unos brazos me envolvieron tan deprisa mientras la risa femenina de una joven mujer me hastiaba. Gabriela me soltó, mirándome de arriba abajo con una paleta de metal en su mano. Meneó su cabellera castaña antes de volverme a asfixiar. La alejé.

Con razón el olor a comida.

—Hermana… ¿qué haces aquí? -fue lo primero que pensé y parecía ofenderse. —Estoy sorprendida, lo siento…

—Hermanita, no cambias. Vine por un tiempo para visitarlas, mi trabajo puede esperar— se detuvo, abriendo los ojos más de la cuenta y corrió de nuevo a la cocina. —¡La tortilla!

Reí, acompañándola dentro mientras platicábamos sobre nuestras vidas hasta ahora, no tenía mucho que decirle, aparte de conocer a un chico y llegarme cartas raras que, posiblemente, eran bromas de mal gusto. Obviamente no le diría, me tacharía de loca o llamaría a la policía para avisar que me estaban acosando.



Kerlly Rodríguez

#3566 at Romance
#1870 at Fantasy

Text includes: juvenil, drama, amistad

Edited: 04.01.2019

Add to Library


Complain