Quiero creer que somos un destino

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Capítulo cinco

Intenté pasar desapercibida en clases, sinceramente tenía uno de esos días que no quería que nadie me notara y solo pasar como si fuera un fantasma. Adriana no captó mi humor y pasó toda la mañana intentando animarme, sin embargo, me irrité y la mandé de paseo. Me siento muy fatal por eso, pero se lo buscó y no había duda que la buscaría mañana para disculparme. Era una idiota sin remedio. Ahora comprendía por qué mis amistades no duraban tanto tiempo, no tenía paciencia. Afortunadamente Adriana era tolerante.

El motivo por el que estaba de tan mal humor era mi padre. Lo había visto cerca de mi casa por la mañana junto a una mujer y un niño pequeño, aferrado a su pantalón de tela mientras que él lanzaba cariños a la mujer. Algo dentro de mí se removió, quizás dolor, remordimiento u odio. Tras estos años de ausencia era capaz de pasarse por aquí y sacarnos en cara lo feliz que era con su nueva familia y no ver que destruyó la nuestra.

Mamá seguía creyendo, a ciegas, que él volvería, que nos pediría perdón y que volveríamos a ser la familia feliz que mi yo de seis años guardaba en mi memoria. Vaya estupidez.

Regresé a mis viejas andanzas, atravesando el parque corriendo y contenerme en el árbol de mi infancia, apreté tanto mis labios y comencé a dar patadas al tronco. Me detuve, el pobre árbol no merecía mi rabietas.

Como lo odiaba tanto. Me dejé caer al césped, arrancando algunas plantas de paso y suspiré fuerte. Alguna gente me quedaba viendo, pero al menos se ocupaban de sus asuntos para prestar toda su atención en mí.

—Lo odio. -susurré, empezando un nuevo espectáculo si no fuera porque alguien me sorprendió, reprendiéndome.

—No es bueno odiar a alguien, solo te haces daño a ti misma. -su voz, tan familiar, sonó como muy frustrado. Giré mi rostro hacia arriba, ahí estaba él. De pie y con el semblante tan neutro.

Alexander llevó sus manos a sus bolsillos de su jean a la vez que apartaba una parte de su camiseta azul. Maldición, le quedaba tan bien con su piel blanca. Bajé la vista, sin dejar alado mi enojo. —Lo siento si vine de repente, es que solo…- parecía arrepentirse por interrumpir mi conflicto, su rostro estaba avergonzado.

—No te preocupes. -solté, interrumpiéndolo. —Alguien tenía que decirme algo o estallaría aquí. Tal vez quemaba el parque de paso.

Soltó una risita, me contagió y sonreí. —¿Qué es lo que te atormenta? -preguntó y me encogí de hombros, sin saber si decirle. —Lo entenderé si no deseas decírmelo.

—Yo… yo necesito decirlo. -relamí mis labios. —Tengo problemas con mi padre.

—¿Graves? -ladeé la cabeza, ni siquiera sabía si así eran. Tomó confianza, sentándose a un lado mío y me miró, comprensivo. —Entonces, si solo discutieron, pronto lo arreglarán.

—No suena tan fácil si ha estado ausente gran parte de mi vida. -murmuré, con remordimiento en mi voz y Alexander lo entendió. Lo oí suspirar, apoyando una mano en mi hombro.

Estaba tan sumida en lo que vi en la mañana para pensar en lo que sentía, pero la corriente eléctrica que sentí no.

—¿No te acepta como hija? ¿Te abandonó? -escogí la segunda opción, recogiendo mis piernas hasta abrazarlas contra mi pecho, buscando consuelo. —¿Y le odias por eso?

No respondí de inmediato, no sabía si lo odiaba o no, el sentimiento no era fuerte en mí. —No lo sé.

—No deberías pensarlo de esa forma, debe tener sus razones. Quizás te demostró algo que te dolió, pero en el fondo debe estar tan arrepentido por sus acciones. No sé qué es lo que pasó, pero no debes tener odio. Solo te lastimas, como lo estabas haciendo hace un rato.

Sus palabras tenían sentido, estaba tan enfadada por eso y diciendo que lo odiaba, hasta dar patadas al árbol sin contar el dolor físico. Me estaba afectando a mí y no a él.

Perdonar no estaba en mis planes, pero dejar de llevar todo el odio falso que tenía sí. Alexander me estaba haciendo pensar demasiado, tan sumida en mi mente para darme cuenta que acariciaba mi mano como consuelo y reaccioné, sin quitar mi mano del suelo, solo… sentí el calor subir a mis mejillas y giré mi rostro. —¿Debo perdonarlo? -pregunté, en un hilito de voz.

—Si tu corazón así lo desea, sí.

—¿Y si dice que no? ¿Y que no perdonará aquella imagen de la familia feliz que vi?

Sus ojos mieles buscaban los míos, mi vista estaba fija en el suelo y me percaté de lo que dije, aunque demasiado tarde. Comprendí el dolor que me causaba eso, sin embargo, él tuvo el valor de levantar mi vista hacia a él. —El karma es muy poderoso, Micaela. No digo que le desees el mal, solo deja que el universo conspire y realice las cosas por ti. Sobre todo, vive en paz contigo mismo antes de ahogarte en tu propio dolor. -el brillo de sus ojos eran tan hermoso y, a su vez, tan doloroso. Una mirada llena de pena, comprensión y dolor.



Kerlly Rodríguez

#3543 at Romance
#1865 at Fantasy

Text includes: juvenil, drama, amistad

Edited: 04.01.2019

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