Quiero creer que somos un destino

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Capítulo nueve

El sonido del teclado pulsarse a cada segundo dentro de la sala de computación me provocaba irritación. No era porque lo hacían a propósito o porque no tolerara esos ruiditos molestosos, sino porque retumbaban en esta sala completamente cerrada y con el aire acondicionado alto. Me sentía dentro de un congelador.

Hace varios días que también vengo dando vueltas al asunto de Sebastián y Damián, sin ningún resultado positivo.

—Adivino. –la voz de Adriana llamó mi atención. —Estas deseando salir de aquí.

Gruñí por bajo, concentrándome en escribir en Word lo que el profesor escribía en el pizarrón.

Luego de esa tormentosa hora de computación, me vi tentada a saltar de alegría estando fuera del salón y me detuve al chocar con alguien. Ambos soltamos un quejido y me giré rápidamente para disculparme, topándome con una enojada mirada de Sebastián. El recuerdo de lo que pasó en el parqué llegó a mi mente y quise hablar, pero se fue.

¿Por qué se enojaba? ¿Había hecho algo?

Afortunadamente la clase de computación era la última materia del día, agarré mi mochila y sin esperar a nadie corrí detrás de él. Quién tomó ventaja al ser alto y dejarme atrás. Por más esfuerzo que hiciera por alcanzarlo, era en vano. ¿Estaba huyendo? Solo quería preguntarle algo pequeñito.

Me rendí, además, estaba fuera del colegio y me apetecía visitar el parque hoy. No podía ir con las manos vacías, pasé por una tienda y compré unas galletas con una botella de agua, era lo único que me alcanzaba ahora. Tal vez, con la esperanza de encontrarme con Alexander y ofrecerle algo para comer mientras pasamos el rato.

El recuerdo cuando nos sentamos en el árbol llegó a mi mente y sacudí mi cabeza, que vergüenza.

Un grupo de chicos pasó por mi lado, uno de ellos chocó con mi hombro hasta tambalearme. Molesta, me giré. —¡Oigan! ¿Acaso no se fijan por donde caminan?

Los cuatro chicos —que ni siquiera eran de mi colegio— se detuvieron, volteando a verme y temí, las miradas que me daban no eran de disculpa como pensé. Era la única tonta que —en pleno siglo veintiuno—pensaba que la gente se disculparía por haber hecho algo. A veces me preguntaba si nací en la época equivocada.

—Oh, mira quién tenemos aquí. –el chico del peinado emo habló, claramente su cabello daba en todo su ojo izquierdo, haciéndolo ver gótico. —¿Deberíamos disculparnos?

Me comenzaba a exasperar su tono sarcástico, tragué saliva. —Sí, deberías.

—Vamos a disculparnos con ella para ir a la carrera. –el otro chico de lentes que lo acompañaba habló, apiadándose de mi figura asustadiza que se escondía detrás de mi poca valentía por estar con ellos, completamente rodeada. El chico se acercó a mí, observándome fijamente. —Discúlpanos por golpearte.

Aunque su tono de voz fue irónico, acepté la disculpa. —Bien. –fue lo que dije y me adelanté hasta poder retomar mi camino de nuevo. Aún estaba asustada por lo que acaba de hacer, sin embargo, se me pasó al ver a Alexander de espaldas con una navaja en el árbol, ¿acaso estaba tallando algo en él?

Me acerqué sigilosa, depositando mi mochila a lado del suyo y me senté a un lado, lejos y sin dejar de sostener la fundita con las cosas que compré. —¿Ale? -pronuncié con cuidado.

Soltó la navaja por puro susto y quise reír al ver que me observó con pasmo en su rostro. Se alivió al ver que se trataba de mí y gruñó. —Mierda Mica, no me des esos sustos.

—¡Eh! Lo siento, querido amigo, pero ¿qué haces?

—No hay problema, solo intentaba matar el aburrimiento. –susurró, cubriendo la parte tallada con su espalda y bufé al no poder verlo. Me acerqué a él, lo cual lo tomó por sorpresa y con un movimiento suave lo hice a un lado, Alexander al percatarse de eso se apresuró a volver a taparlo y rodé los ojos. —¿Qué haces?

—Quiero ver, ¿no es obvio?

—No, es algo personal. –murmuró y lo observé curiosa, percatándome que estaba a centímetros de su rostro. Mis nervios atacaron, haciendo que perdiera el equilibrio y logré evitar una embarazosa escena al sostenerme del tronco del árbol. Me impulsé para levantarme y pretendí que no pasó nada, insistiendo que se moviera.

—Ale, ¡déjame ver! –exclamé, pero negó una vez más. Me rendí, como siempre lo hacía y en otro momento lo vería. —Algún día me lo dirás.

—Casi te acorralan, ¿eh? –cambió de tema y su pregunta me obligó a observarlo con incredulidad, ¿cómo sabía eso? Ni siquiera me encontraba cerca del árbol cuando esos chicos chocaron conmigo. —Estaba a unos pasos más adelante de ti cuando te vi.

—Pero... -solté, deteniéndome frustrada. —¿Sabes? No preguntaré, siempre sabes lo que me sucede.



Kerlly Rodríguez

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Text includes: juvenil, drama, amistad

Edited: 04.01.2019

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