Raissa

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4. Cambios

El invierno llegó y, mientras tanto, Raissa aprendía más y más hechizos, siendo su única motivación hacer que Alanna se sintiera orgullosa de ella. Sin embargo, la reina se fue volviendo cada vez más fría con la niña.

Poco a poco, Raissa fue aprendiendo modales. Su pelo libre fue recogido en una o dos trenzas todos los días. Lo único que quedó de niñez en ella fueron los vestidos cortos y su sonrisa alegre. Pronto se acabaron los desayunos y comidas con Alanna. Solo se veían a la hora de la cena y normalmente se iban a dormir temprano. Todo estaba cambiando y Raissa no acababa de adaptarse a dichos cambios. Al principio lo pasó muy mal y pensó que esa situación solo se prolongaría hasta su segunda prueba. Pensó que quizás Alanna se comportaba de aquella forma porque quería que ella se esforzara más, que se centrara más en sus clases como bruja. De modo que hizo todo lo posible por aprender mucho y lo más deprisa que podía. El consejero parecía contento con ella y eso animaba a Raissa. Era una buena señal de que lo estaba haciendo bien.

Sin embargo, cuando Raissa cumplió catorce años y llegó la hora de su segunda prueba, todo empeoró. La Luna volvió a examinar a Raissa y el orbe de luz volvió a recoger la energía que la Luna le otorgaba. Aquella vez había incluso más gente que en la primera prueba de la niña, pues se habían escuchado rumores de que ella sería la siguiente Luna de las brujas, la siguiente reina. Estos rumores, como era de esperar, no agradaban a Alanna.

Un haz de luz envolvió de nuevo a la niña y el orbe parecía no ser capaz de captar toda aquella energía. Alanna comenzaba a desesperarse a la vez que se inquietaba. ¿Por qué la Luna se comportaba de aquella forma con Raissa? ¿Quién era aquella chica?

Cuando la luz cesó, Alanna conectó su magia al orbe.

—Nivel 60: aspirante a alfa —anunció.

La sonrisa de Raissa fácilmente podría haber iluminado todo el jardín exterior, que era donde se estaba celebrando la prueba. Se había esforzado mucho y al fin había obtenido su recompensa. Sin embargo, al mirar hacia Alanna, descubrió que la reina no sonreía. ¿Por qué? ¿Había hecho algo malo?

El consejero Cornelius estaba detrás de la reina, como siempre. Era el único consejero que siempre estaba con Alanna, como su mano derecha, la persona en la que más confiaba.

—¿Ha vuelto a pasar? —le preguntó el consejero a Alanna sin que nadie los escuchara.

—Sí, Cornelius —apretó los dientes—. Ya no sé qué hacer.

—Suavizaré los entrenamientos.

Si Raissa creía que todo iba a mejorar, se equivocaba. De pronto, Alanna se alejó aún más de ella. Ya ni siquiera cenaban juntas y solo se veían de vez en cuando. Sus vestidos cortos y alegres fueron cambiados por vestidos largos, serios y elegantes, acompañados a veces por una capa de un color azul oscuro.

—Pensé que solo podía vestir de celeste —comentó Raissa mientras Vassie sacaba la capa.

—Sí, es el color principal, pero también puedes usar otros tonos de azul.

Alanna comenzó a organizar paseos en los que Raissa permanecía siempre a su lado. Debía mostrarse erguida, noble, elegante, seria... Pero muchas veces Raissa no podía evitar sonreír al ver a los niños jugando en las calles, las ancianas sentadas en las puertas mientras cuidaban a sus nietos, los vendedores de plantas y pócimas caminando con sus cestas... Igual que se le encogía el corazón cuando los Lobos (los guerreros, soldados de la reina, los guardias) pasaban por la calle y todo el mundo se apartaba, temerosos de que fueran a por ellos, con miedo a que la reina se hubiera enterado de algo malo y los mandara apresar. Raissa era consciente del terror que Alanna provocaba entre sus gentes y no lo aprobaba. Quizás algún día, el pueblo viese a Alanna como ella la veía: como su protectora, como una madre.

Raissa comenzó a sentir la magia negra y a aquellos que la practicaban. A menudo intentaba disimularlo porque sabía que Alanna apresaría a dichas brujas y no quería meterlas en problemas, pero la reina empezó a ver en ella a un arma, un detector tremendamente fiable de magia negra. Cada vez que salían a pasear, Alanna prestaba especial atención a cada detalle, cada gesto de Raissa. A veces la chica disimulaba con gran acierto, pero otras, la magia negra se encontraba en ingentes cantidades en el ambiente y ella no podía evitar poner mal gesto.

Raissa pensó que las brujas oscuras recibirían un buen trato, que no pasaba nada por realizar magia negra en Imens y que Alanna no las castigaría, pero se equivocaba. La reina mandaba arrestar a todas aquellas brujas oscuras que practicaban magia negra y las llevaba al castillo, de donde se rumoreaba que nunca salían.

Días tras día, Raissa entrenaba con Cornelius y se refugiaba por las tardes en Vassie y Lenox. El gato era muy cariñoso pero también muy hábil y astuto. Parecía saber en todo momento lo que Raissa necesitaba según su estado de ánimo. Lamentablemente, Raissa pocas veces estaba contenta, por lo que Lenox se pasaba las horas mordisqueando la cara, las manos y casi cualquier parte del cuerpo de su dueña con tal de sacarle una tierna sonrisa.



La Guardiana

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En el texto hay: misterios, amor y traicion, magia blanca y negra

Editado: 18.07.2018

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