Raissa

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7. El bosque sin magia

—Nítox.

Una esfera de luz salió del pecho de Raissa y se colocó delante del caballo mientras avanzaban por el oscuro sendero. Lenox temblaba hecho un ovillo en la bolsa de cuero, el caballo caminaba lento y cauteloso con las orejas alzadas en señal de tensión y Raissa iba recordando algunos hechizos tanto ofensivos como defensivos por si los necesitaba. Mientras tanto, no podía evitar pensar en qué criaturas los estarían observando desde la oscuridad. Sabía que no estaban solos y que las tinieblas cobijaban ojos que la seguían, pero no se atrevía a hacer un sondeo mágico para averiguar cuántos eran, dónde estaban y la forma que tenían. Solo rezaba a la Luna para que los protegiera, pero aquella noche hasta ella parecía esconderse: era luna nueva, el peor augurio para una bruja. Raissa rezó con todas sus fuerzas para que llegaran sanos y salvos y para que aquellas criaturas se mantuvieran tranquilas y no atacaran, pero sabía que era mucho pedir.

Aún les quedaba mucho camino cuando ocurrió. Raissa escuchó un ruido a su derecha y pegó un brinco en el lomo del caballo. Este giró la cabeza a todos lados, nervioso, y Raissa decidió que ya era suficiente. Tenía que saber a lo que se enfrentaban. De modo que realizó un pequeño sondeo y lo que encontró, la aterrorizó.

Eran muchas criaturas a ambos lados del camino, pero lo más escalofriante es que ni siquiera sabía de qué se trataba. Tenían formas extrañas y deformes. Nunca le habían hablado de aquellos seres y no sabía qué hechizos serían eficaces contra ellos, aunque no tardaría en averiguarlo.

Como si hubieran detectado su pequeño sondeo, se escuchó un gruñido desde la oscuridad y después todo fue un caos.

Raissa estiró los brazos, uno a cada lado de su cuerpo, y la esfera de luz bañó toda la zona, dejando ver a las criaturas que estaban allí fuera. Sin embargo, la joven no tuvo tiempo de observarlas porque enseguida se lanzaron contra ella.

—¡Dómet!

Una gran cúpula azulada los cubrió justo antes de que aquellas fieras los alcanzaran. Aquello le permitió mirarlas un poco mejor a la luz de la esfera, pero no le fue fácil dado que aquellos seres se movían velozmente y arremetían, feroces, contra la cúpula, intentando destruirla. Parecían perros gigantes o lobos de gran tamaño, pero deformes, de pelo negro y ojos rojos. Sus bocas estaban llenas de afilados dientes y echaban espuma por la boca, rabiosos y desesperados por alcanzar a su presa.

Raissa estaba más o menos tranquila porque sabía que podía mantener el hechizo por mucho tiempo y aquellas criaturas no podrían hacerles nada, pero no contaba con lo que sucedió segundos después. Tras varios golpes de aquellos lobos, la cúpula comenzó a debilitarse y pequeñas grietas decoraron su superficie, agrandándose con cada golpe. La bruja no daba crédito a lo que veían sus ojos. El poder que poseía era más que suficiente para mantener aquel hechizo protector varias horas, y, sin embargo, estaba a punto de romperse. Dedujo, por tanto, que aquellas criaturas poseían una magia totalmente desconocida para ella, lo que era un gran problema.

Las grietas aumentaron de número y tamaño hasta que la cúpula estalló. El caballo relinchó, aterrorizado, y quiso escapar, pero aquellas criaturas habían formado un círculo en torno a ellos. No había escapatoria.

Los lobos gruñeron y se abalanzaron sobre ellos, por lo que Raissa pasó a los hechizos ofensivos. Se bajó del caballo y utilizó su magia para paralizarlos, convertirlos en piedra, atraparlos bajo tierra, asustarlos con el fuego... pero nada daba resultado. Las criaturas paralizadas volvían a moverse en pocos minutos, los lobos libres mordían la piedra de los que habían sido convertidos y los liberaban, la tierra y las plantas no servían para encarcelarlos y el fuego no era suficiente para amedrentarlos. Era cierto que miraban las llamas con cautela, pero no detenían su ataque. A Raissa se le agotaban los hechizos y también las fuerzas. Faltaban horas para que amaneciera y ella no podía aguantar ni treinta minutos más. Estaban acabados.

Hincó una rodilla en el suelo y volvió a levantar la cúpula para intentar ganar un poco de tiempo y recuperar el aliento, pero las criaturas parecían hacerse cada vez más fuertes y la cúpula comenzó a debilitarse incluso más deprisa que antes.

Sin rendirse, Raissa comenzó a preparar un hechizo más complejo para cuando la cúpula se desvaneciera. Necesitaba mucha energía, pero podría funcionar. Si lo hacía bien, quizás el hechizo durara el tiempo necesario para que ellos pudieran huir.

La cúpula cedió y los lobos volvieron al ataque, pero Raissa ya estaba preparada.

—¡Crépitu glacie!

Una gran explosión celeste surgió desde el pecho de Raissa y se extendió hacia todas partes, alcanzando a los lobos y convirtiéndolos en estatuas de hielo. No quedó uno sin hechizar, por lo que el conjuro había funcionado.



La Guardiana

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En el texto hay: misterios, amor y traicion, magia blanca y negra

Editado: 18.07.2018

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