Raissa

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13. La última bruja

El camino hacia la séptima montaña empeoró más todavía. Parecía que cuanto más cerca estaban, más se empeñaban las mismas montañas en evitar que llegaran a su destino. El tiempo se enfureció, mandando horribles ventiscas que las tres brujas tenían que repeler con hechizos que agotaban su energía, y el camino era cada vez más estrecho y tortuoso. Sin embargo, Raissa estaba más decidida que nunca. La conversación que había mantenido con Zaira le había hecho ver las cosas de otro modo. Debía abandonar sus miedos y hacer lo que debía. Tenía que llegar a la entrada.

Tardaron un día y medio en llegar a la tan deseada montaña debido a que habían tenido que detener su avance numerosas veces para hacer frente a las dificultades que se les presentaban. Pero al fin estaban allí, a pocos metros de la montaña que revelaría el acceso al submundo.

—Lo hemos conseguido —sonrió Elís mientras soltaba un suspiro de alivio—. ¿Cómo encontramos la entrada?

—No lo sé —Zaira estaba molesta por el mal tiempo que habían tenido.

—¿Qué se supone que deberíamos buscar? —preguntó Raissa.

—Cualquier cosa extraña —respondió la bruja morena—. Pero algo me dice que no vamos a encontrar nada.

Se separaron y todas comenzaron a buscar. La nieve era densa y abundante, y los copos no paraban de caer sobre sus cabezas, dificultando la visión y aumentando la capa de nieve. Viendo que sus esperanzas menguaban a medida que pasaba el tiempo, Raissa realizó un pequeño sondeo por toda la montaña. Nada, no había absolutamente nada. Claro que seguramente las brujas habrían ocultado muy bien el acceso. Y convencida con esto, siguió buscando.

Zaira fue la que primero se rindió, asegurando que la montaña estaba limpia y que debían regresar. Raissa y Elís siguieron intentándolo, pero pronto la pelirroja concordó con su amiga y también detuvo sus esfuerzos. Raissa fue la única que siguió y siguió y siguió, a pesar de las palabras de las dos brujas.

—No puede ser —murmuraba—. Estaba segura...

—Yo también creía que era cierto —trató de consolarla Elís colocando una mano sobre su hombro.

—No —sacudió la cabeza—. Está aquí, sé que está aquí.

—Raissa...

—¡No!

La bruja se arrodilló y pegó un puñetazo al suelo. Toda la nieve se elevó a su alrededor, permitiéndoles observar la roca gris que conformaba la montaña. Incluso la ventisca cesó, obedeciendo a los poderes de Raissa. Pero no había nada. Ni un símbolo, ni una placa... nada.

—Lo siento mucho, Raissa —le dijo Elís, cohibida.

—Vamos, princesa —Zaira quería ponerse en camino cuanto antes, pero Raissa no levantaba las rodillas del camino.

—Está aquí. Lo siento dentro de mí... Está aquí.

Las dos brujas esperaron a que Raissa se recompusiera y entendiera que allí no había nada. Todo era una vieja leyenda, viejos rumores, falsas esperanzas... La nieve regresó a su lugar y la tormenta de nieve volvió a caer sobre ellas.

—Debemos regresar con Cornelius. Él sabrá qué hacer —le decía Elís.

—¿Qué hacer? —la chica se levantó del suelo—. Nada. No nos queda nada.

Zaira colocó la mano en señal de consuelo en el hombro de la chica, como antes había hecho Elís, y aquella vez Raissa no se apartó. Dentro de ella sentía un calor extraño que le decía que estaba ahí, que lo que quiera que estuvieran buscando se encontraba delante de sus narices... ¿Pero dónde?

No podía creer que fueran a rendirse, pero entendía que ya no tenían más pistas que seguir. Todo había acabado allí. De modo que, a regañadientes, siguió a las otras dos brujas.

Sin embargo, justo cuando ya tomaban de nuevo el camino para regresar al bosque, el suelo se abrió bajo sus pies. Zaira agarró inmediatamente a Raissa para que no cayera, pero ninguna de las dos pudo evitar que Elís se precipitara al interior de la montaña.

—¡No!

Con un grito, la bruja se tiró hacia el agujero negro que se había formado justo delante de ellas y por el que había desaparecido la pelirroja, pero Raissa ya tenía preparado el hechizo.

—Flutuare —dijo.

Y Zaira se detuvo en el aire para después descender lentamente hasta que sus pies tocaron el suelo. Todo estaba oscuro como la boca de un lobo. Raissa no tardó en reunirse con ella y las dos pronunciaron el mismo encantamiento. A los pocos segundos, ya había dos esferas de luz alumbrando el interior de la montaña.



La Guardiana

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En el texto hay: misterios, amor y traicion, magia blanca y negra

Editado: 18.07.2018

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