Raissa

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23. Combate privado

Había llegado el momento. Alanna estaba deseando ver la cabeza de Raissa rodar por el suelo. Quizás por eso decidió vestirse con sus mejores galas. Todas sus prendas eran rojas, del mismo color que la sangre. En su frente lucía gustosa su corona de oro que la señalaba como reina, Luna y señora de Mághanor.

Cuando estuvo lista, bajó a los jardines exteriores del palacio donde ya la esperaba una gran cantidad de brujos y brujas. Le hizo una señal a uno de sus consejeros y este fue a por los prisioneros. Casi no podía disimular la emoción que aquel acontecimiento le producía. Los soldados estaban colocados estratégicamente para evitar que alguien arruinara el momento. Todo estaba saliendo a la perfección.

—Queridos hermanos, todos sabemos por qué estamos aquí —empezó diciendo—. Dos de nosotros han cometido traición, han traicionado a su reina, a su Luna. Y conocemos el castigo: la muerte.

Para sorpresa de Alanna, el consejero al que había enviado a por los prisioneros regresaba con las manos vacías y con el rostro más pálido de lo normal. Se acercó a la reina y le susurró algo en el oído. La ira de Alanna era notable y su frustración estaba alcanzando niveles extremos.

—Hermanos, los traidores han escapado —anunció—. Pero os aseguro que los encontraré y haré que paguen por los crímenes cometidos.

—Creo que primero deberíamos saber de qué se nos acusa.

Raissa apareció desde detrás de Andrei, el que era jefe de la guardia. Toda la muchedumbre se asombró, pero mayor fue su sorpresa cuando más miembros del equipo comenzaron a salir de detrás de los soldados de Mághanor, quienes habían resultado también ser traidores a los ojos de la reina.

—Di, Alanna —casi le exigió Raissa—. ¿De qué nos acusas?

—De alta traición —respondió ella muy altanera—. Y si de verdad respetas este sistema, tendrás que subir aquí y recibir tu merecido castigo. La Luna será piadosa contigo.

—Oh, te aseguro que la Luna será más que piadosa —le aseguró la bruja.

El sol ya casi estaba oculto y las sirvientas comenzaron a encender las antorchas. Todos estaban tensos sin saber muy bien qué hacer. Cualquier movimiento en falso de cualquiera de los presentes podría desatar la guerra. Aunque, pensándolo bien, esta ya había empezado.

Fue Alanna quien hizo el primer movimiento. Pronunció unas palabras en cléredem y las llamas de las antorchas comenzaron a moverse al son de sus manos. Pero no duró mucho, ya que Zaira intervino rápidamente y le arrebató el control del fuego, dejando en ridículo a la reina.

Cegada por la ira, Alanna comenzó a lanzar ataques rápidos y descoordinados que los demás repelían con insultante facilidad, hasta que la reina se percató y cambió de táctica, lanzando un poderoso hechizo contra todos ellos.

—¡Barrera! —gritó Raissa.

En ese momento, todos sus compañeros se agruparon en torno a ella y alzaron las manos al cielo, pronunciando todos el mismo hechizo y creando una cúpula protectora que provocó que el hechizo de Alanna rebotara y casi le diera a ella. Raissa apenas podía controlar su magia y realizar hechizos grupales le resultaba aún más difícil. Alanna se giró hacia sus consejeros.

—¿A qué esperáis? —les espetó—. ¡Haced algo, inútiles! Atacad, defended a vuestra reina.

Un muchacho muy joven, de la misma edad que Raissa, estuvo a punto de ayudar a la reina, pero una consejera lo detuvo, poniéndole la mano sobre el hombro.

—No, Jack. Ya no le debemos lealtad a esta reina —le dijo, y después miró a Raissa—. Te seguiremos, futura Luna de Mághanor.

Alanna montó en cólera y lanzó un hechizo mortal contra la consejera, pero el chico lo detuvo con su magia. Todos estaban unidos contra la reina: alfas, betas, omegas... todos los brujos, todo Mághanor.

Sabiendo que no tendría ninguna oportunidad contra ellos, Alanna dirigió una mirada furibunda a Raissa y se desvaneció en el aire. Todos aguardaron en un inquietante silencio.

—¿Se ha ido? —preguntó Jessed.

—No —respondió Raissa—. Tengo la sensación de que ahora sí querrá aceptar mi primera oferta.

No supieron a qué se refería, pero tampoco preguntaron.

—Vosotros quedaos aquí, ¿de acuerdo? Yo iré a buscarla.

—¿Estás segura? —le preguntó Zaira—. Recuerda que no tienes que hacerlo todo sola.

—Esto sí —suspiró mientras miraba hacia el palacio que durante tantos años había sido su hogar—. Tranquilos, volveré pronto.



La Guardiana

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En el texto hay: misterios, amor y traicion, magia blanca y negra

Editado: 18.07.2018

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