Raissa

Tamaño de fuente: - +

25. Ritual de magia negra

Había llegado el día de la ejecución de Alanna y el último día que estaría activo el hechizo que Isma había realizado para bloquear la red de mentes.

Raissa se despertó una hora y media antes del amanecer. Vio a Cornelius a su lado en la cama, con el torso desnudo y solo unos pantalones puestos, y recordó todo lo que había pasado la noche anterior. No pudo evitar sonreír mientras se levantaba, se colocaba su capa blanca alrededor del cuerpo y caminaba hacia el armario para coger la ropa necesaria, ducharse y prepararse para aquel día.

Cornelius se despertó cuando ella ya estaba terminando de vestirse.

—¿No pensabas avisarme? —le preguntó.

—No quería despertarte antes de tiempo —le dijo ella—. Será mejor que te prepares. Voy a bajar a desayunar. ¿Te espero?

—No, tranquila. Ve y comprueba que Vassie y Tara se hayan levantado ya.

—Mi cuidadora es puntual, no lo dudes —sonrió.

—No lo dudo, pero es mejor prevenir que curar —le devolvió la sonrisa.

Raissa salió de la habitación y bajó al comedor para averiguar si Tara y Vassie estaban allí ya. No las encontró, pero sí presenció cómo las sirvientas humanas preparaban la mesa para el desayuno. Raissa las detuvo.

—Este ya no es vuestro trabajo. Ahora sois libres.

—Pero, majestad, no conocemos otra vida —dijo una de ellas preocupada—. ¿Qué haremos ahora? No poseemos magia y no encajamos en vuestra sociedad.

—Sí, es cierto —asintió—. Podéis seguir trabajando aquí si eso os complace, pero se os pagará por vuestros servicios con comida, alojamiento, telas, joyas o cualquier material que podáis intercambiar por otro. Incluso podríais ahorrar suficientes bienes como para compraros vuestra propia casa. Sois libres y podéis trabajar donde os plazca. Podríais ser las ayudantes de cualquier brujo, ayudándolo a elaborar sus pociones y a recolectar hierbas. Pensad en ello y ya me daréis una respuesta en los próximos días.

—Sí, señora.

—¿Dando una pequeña charla a las chicas? —preguntó Vassie detrás de ella.

Su cuidadora iba acompañada por Tara. Las humanas se retiraron y las tres se sentaron en la mesa.

—¿Y dónde está Cornelius? —le preguntó Tara.

—Preparándose. Bajará enseguida.

Ninguna dijo nada, pero ambas brujas eran conscientes de lo que había pasado aquella noche y estaban muy felices por Raissa. Sin embargo, Tara tenía una mirada triste, como si supiera algo que nadie más podía comprender.

—Siento el retraso —dijo Cornelius mientras entraba en el comedor—. No acostumbro a ser impuntual, la verdad, pero hoy estaba algo cansado.

—Muy normal —sonrió ampliamente Vassie.

Desayunaron tranquilamente y después se fueron a los jardines exteriores que ya comenzaban a llenarse de personas deseosas de asistir a la muerte de la reina.

—Sé que Isma estaría muy orgullosa de ti —le dijo Tara a la futura Luna de Mághanor—. A veces nuestro destino no es fácil, pero tenemos que hacer ciertas cosas por el bien de todos.

Raissa asintió, dando a entender que estaba totalmente de acuerdo. Esperaron unos minutos más mientras el sol iba saliendo lenta y perezosamente por el horizonte. Cuando salió por completo, Raissa se acercó a la estatua de piedra en la que Alanna se había convertido.

—Hoy comienza una nueva era —les dijo—. Se acabaron las injusticias, se terminaron los castigos y ya no hay miedo. Hemos estado sumidos en la más profunda oscuridad, pero ahora tenemos que renacer, debemos resurgir de nuestras cenizas. Hagamos que Mághanor sea nuestro reino, nuestro hogar.

La muchedumbre vitoreó aquellas palabras mientras el joven consejero que parecía llamarse Jack le entregaba a Raissa una preciosa espada de afilado filo. La espada estaba encantada, pues para romper la piedra de la estatua era necesaria la magia.

Raissa se acercó lentamente a Alanna con la mirada expectante de todo el público sobre ella. Colocó el filo de la espada en el cuello de la estatua y después golpeó con todas sus fuerzas, haciendo que la cabeza cayera al suelo y se rompiera en mil pedazos.

La muchedumbre comenzó a aplaudir mientras Raissa devolvía la espada al consejero. A pesar de saber que Alanna había hecho cosas terribles, imperdonables, no se sentía bien ejecutándola. Se alegraba de que por fin todo hubiera concluido.

Después de eso la coronaron como nueva Luna, reina y señora de Mághanor, cambiando su corona plateada por una dorada igual a la que portaba Alanna. La habían fabricado especialmente para ella y para aquella ocasión. Los brujos no podían estar más orgullosos de su nueva reina.



La Guardiana

#876 en Fantasía
#152 en Magia

En el texto hay: misterios, amor y traicion, magia blanca y negra

Editado: 18.07.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar