Ratón de laberinto

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1. El farsante de Reino Unido

Cuando del horizonte se empezó a percibir los primeros rayos del sol ya el inspector Filbeu estaba en la comisaría. Eran las cinco de la mañana y de su boca salía un aliento blanco que se impregnaba en el vidrio superior de la puerta principal.

Trató de ajustarse mejor su saco debajo del abrigo, teniendo cuidado que las cartas no cayeran de sus bolsillos interiores. Esa mañana que no traspasó lo monótono tenía uno de sus presentimientos particulares, aquellos que le emanaban de la piel algunos días avisándole sobre un nuevo caso fascinante esperándolo en la comisaria. Por lo que cuando se levantó y sintió la satisfacción recorrerle los huesos no dudó en empezar a alistarse y preparar una gran taza de café llena de arrogancia y ego para luego colocarse su saco sin abotonar y dirigirse a la salida sin antes recoger las cartas del día anterior.

Cartas que no eran más que la preocupación de su madre por saber si su trabajo aún no lo hacía matado. Cartas que podían esperar hasta llegar a Bloss, como todos los días.

En cuanto abrió la comisaria dejó su abrigo junto a su gorro en el perchero y se encaminó hacia su oficina deteniéndose cada pocos segundos para absorber con mucha precisión el aroma a polvo que surgía cada mañana y que desaparecía al pasar las horas. Se sentó en su asiento de piel mientras ojeaba los papeles en su escritorio.

Solo había un caso pendiente, un robo menor. Totalmente decepcionante para empezar el día.

Robos menores y cosas tan insignificantes como esas Miles sabía que él no tomaría, esos siempre los pedía Burne, el reciente policía joven salido de la marina británica. Era realmente solo el asistente de Miles, contestaba llamadas y se encargaba de los casos que Filbeu desechaba; aquellos que principalmente sabía que no tenían solución. El pobre chico no debía superar los 20 y por más luchas que haya pasado aún tenía un rostro infantil. Ya Filbeu le había detectado un par de cosas.

La primera de ellas era su padre difunto, que probablemente había muerto en África; lo sabía cuándo el chico miraba el mapa mundial pegado en una de las paredes de la comisaria, desviaba siempre sus ojos hacia África y parecía que los recuerdos le pasaban por enfrente por un instante hasta que el chico apartaba la vista y se borraban. No parecía nostálgico, así que fue una muerte en la que no debió sufrir; eso o actuar se le daba bien.

Era o su padre o su madre, aunque dudaba que si fuera su madre el estaría en la comisaria. De seguro era de un rango elevado en la marina para enviar a su hijo tan joven a la guerra. Y el anillo gigante que llevaba en el pulgar solo le hacia confirmar sus sospechas, o su teoría básicamente.

En el caso de su madre, no puedo descubrir mucho. O estaba muerta, trabajaba o simplemente no tenía ese instinto maternal de saber que hacia su hijo a la 1 de la mañana junto a Filbeu, mudo y con un libro en la mano. Desde que llegó el chico se quedaba con el hasta que este se fuera, aún si esas horas no pagaban extra. Además, tenía una manía de observarlo moverse donde fuera y muchas veces imitaba los movimientos de manos que hacia el inspector al pensar.

A él no le molestaba ser observado, en su lugar, le encantaba recibir tanta atención; como niño pequeño. Pero lo que era extraño era que el chico no le había dirigido palabra alguna.

Con eso y muchas cosas más Filbeu llegó a cientos de conclusiones que se le avecinaron una tras otra que funcionaban de cadena hasta que pareció resumir la vida de un completo desconocido.

Y le gustaba hacerlo, era como un acertijo nuevo y fascinante.

Dejó su mente entrometida de lado y solo así se dio cuenta que había estado parado desde hacia bastante tiempo. Ya todo estaba más claro y se podían observar personas en el otro lado de la acera. Meneó la cabeza y dejó el caso menor para el joven marino en su escritorio compartido con otro oficial para luego sentarse a mirar los viejos casos ya resueltos.

Durante las próximas dos horas siguientes Filbeu parecía pintor observando sus lienzos, con el rostro iluminado y la mente susurrando lo grandioso que había actuado en cada uno de ellos. Su sonrisa que solo desapareció cuando todo el equipo de la comisaria comenzó a llegar, luego de eso solo se levantó para cerrar la puerta.

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No habían llegado las nueve cuando Filbeu salió de su oficina para ir a la cafetería de Bloss. Suspiró y observó el escritorio de Burne. Vacío, probablemente resolviendo el único caso que tenía junto a un pequeño grupo de policías. Dentro de la comisaria el olor a polvo se había extinguido, las ventanas estaban abiertas y un nuevo aroma a cuero inundó todo el lugar. Algunos policías estaban reunidos frente al chorreado de café entre risas, esperando solo una orden para actuar, todos lo observaron en un momento dado pero sus miradas se desviaron casi de inmediato.



June Becha

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En el texto hay: crimen, detective, robo

Editado: 12.10.2018

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