Realidades Difusas

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Capitulo 20

—Él es real —protesto pensando en la manera en que me miraba, no solo de manera física sino como alguien que valía la pena luchar. Recuerdo su sonrisa tan despreocupada que me hacía pensar que no todo estaba tan mal como lo sentía, sus palabras sin pretender calaron muy dentro de mí—. Ese chico me salvo cuando estuve a punto de rendirme, cuando nadie más parecía recordar que también era humana, estuvo allí.

—Escucha tus palabras amiga, necesitabas a alguien que te hiciera sentir menos sola.

No sé en qué momento del día mi padre entro con un semblante tan angustiado, tan indeciso e inseguro que volví a temer que esto no había terminado aún.

—Vas a regresar a casa ¿está bien? —dice evitando mirarme directamente.

—Está bien —respondo dudosa.

Papá no dice nada durante todo el camino de regreso a casa, mi hermano va atrás en silencio con Mikeyla quien desde mi posición la veo llorar con su cabello corrido hacia su rostro queriendo ocultar lo que pasa. No digo nada, me limito a mirar por la ventana. Freno la sensación de querer abrazarla, duele verla así.

Cuando llegamos a casa papá detiene el auto en la carretera. Voy a abrir la puerta impaciente cuando escucho que presionan un botón, el seguro de la puerta me detiene de mi acción. Una tensión palpable se siente en drástico ambiente, esperan mi reacción.

—Espera, ya vengo —informa Arthur bajando del auto. Lo visualizo entrar a la casa antes de que Mikeyla vuelva a soltar el llanto.

— ¿Qué sucede? —pregunto alarmada girándome hacia ellos notando que Dewey, ya no tiene un rostro de póker sino más bien es peor, hay una lagrima rebelde en su mejilla—. Hermano ¿qué sucede? —digo ahora de manera exigente cuando veo por la ventana a mi padre acercarse con un bolso en su brazo.

No responden más que semblantes resignados, no lo soporto. Me levanto pasando los pies sobre el asiento, me golpeo contra el freno de mano pero no es lo que me detiene cuando llevo mi cuerpo hasta la puerta del chofer sino es mi propio hermano y supuesta mejor amiga que me jalan hacia atrás, y eso me pone más en alerta. Agarro fuerza para golpear a Dewey en algún lugar con mi codo izquierdo y con mi mano derecha agarro a Mick del cabello empujándola hacia atrás, intento deprisa salir del auto y cuando tengo los pies sobre el pavimento no soy la única en él.

—Por favor hija, no hagas esto más difícil —ruega mi padre en un tono afligido.

—Papá ¿qué van a hacerme, por qué traes mi mochila? —cuestiono inquieta pensando que rumbo tomare si logró escapar, a quien acudiré pero la respuesta no tarde en llegar, todos los que considero están aquí en este momento, apoyando una misma decisión.

—Vas a estar en un lugar mejor —Los labios de mi padre adoptan una sonrisa tan rota que me destroza el alma en un latido.

—Pa-pá —tartamudeo insegura— ¿Cómo puedes hacerme esto? Tú que comprendes mejor que nadie como me siento.

Sus ojos se cristalizan y es todo lo que termino de captar cuando algo me punza en el brazo izquierdo produciendo que un cansancio abrumador albergue cada centímetro de mi cuerpo, antes de caer entre los brazos de mi padre, él único que podía entender mi temor.

Puedo escuchar cómo la gente habla a mí alrededor, de hecho parecer ser más de la que me gustaría, entreabro los ojos ya que para ellos estoy inconsciente. Eran lo que parecían hombres de piel celeste y vestidos elegantemente, algunos con armaduras brillantes y otros como si fueran la cereza del pastel, lentamente moví mi rostro hacia un enorme trono decorado con joyas preciosas. Yo con una de ellas podría vivir tranquilamente por un año, que desperdicio.

Una delicada voz pronuncia unas palabras que no alcanzo a escuchar, es la voz de una mujer y ella se encuentra observándome o más bien analizándome. Su cabello es ondulo, un castaño claro que calzan muy bien con sus ojos azules griseados, su altura no puede sobrepasar el 1,65cm y juraría que he vuelto a alucinar porque ella es un reflejo de mi o una copia aterradora de lo que puedo ser.

—Ya era hora que regresarás Haru —anuncia con un tono severo pero delicado. Avanza hacia mi arrastrando su vestido rosado con una firmeza en su andar que me causa escalofríos—. Ya que me eres útil te explicaré porqué haré lo que haré, para que comprendas que la mejor manera es que lo hagas voluntariamente y no tenga que asumir otros métodos—explica dándome una mirada calculadora, su mano celeste hace un sencillo movimiento para indicar que desea estar sola.

La gente se va sin emitir sonido tras la indicación, me siento en el suelo ignorando el horrible dolor de cabeza que tiene signos de no irse pronto.



Nana Valentina

Editado: 04.02.2019

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