Realidades Difusas

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Capitulo 1

 

—No logro conciliar el sueño —arrastro las palabras manteniendo la mirada en cualquier parte, como las paredes del consultorio que son de color fucsia y la pequeña mancha que hay en el escritorio, queriéndose ocultar al igual que yo; pero siendo visible de todos modos—. Me siento agotada.

Logro ver por el rabillo del ojo como se remueve incomoda en la silla, preparándose para preguntarme cuidadosamente que más sucede por mi mente, la psicóloga no lo sabe pero ya sé cuál es el resultado. Me lo han dicho de maneras distintas, utilizando tonos tan cuidadosos...ya lo sé pero mi padre quiere asegurarse una vez más que es verdad, que soy igual que mi madre.

—Dime Haru —pausa inclinándose en la silla saboreando las palabras, calculando qué y cómo debería decirlo— ¿Ves cosas? Me refiero a que si ¿logras visualizar objetos, personas que no están allí, que solo tú las puedes ver?

Asiento segura, observando como su rostro se petrificada. Supongo que no parezco de esas, tal vez debería fingir que estoy viendo algo aquí mismo, tal vez debería sollozar asustada señalando algo que de seguro no está, pero no soy de esa clase.

Un mundo entero, visualizo un mundo entero igual al nuestro pero tan...distinto.

—Con todo lo que me has dicho —Se vuelve a cambiar de posición en su asiento, dos horas hablando de lo que pasa en mí por fin lo puede afirmar—, podemos asumir que la enfermedad de tu madre la tienes tú —lo declara así, como si las cinco veces anteriores que lo he escuchado, como si no lo hubiera sabido, como si las palabras y la confesión ya no me afectara.

¿Por qué yo? Es la pregunta que viene a mi mente últimamente, tan retirada veces que ya debería conseguir una respuesta que al menos satisfaga una pizca de mi inquietud, ¿por qué no mi hermano? Sé que suena egoísta pero no comprendo por qué es a mí que llaman loca en el instituto, porqué mi hermano trata de ignorar el hecho de que su hermanita menor ha perdido la cabeza, la mente; porqué mi padre no lo quiere asumir, aceptar, después de todo la chica con problemas es Haru, soy yo.

— ¿Por qué? —me atrevo a preguntar en voz alta, queriendo saber porque yo y porque ahora, a tan solo mi diecisiete años de edad donde todo parece acabarse con una mínima cosa, pero solo son imaginaciones ¿Por qué para mí no? ¿Por qué soy la excepción?

— Bueno linda, en realidad esto no suele manifestarse a tu edad, suele aparecer en la edad adulta pero como en tu caso también hay... excepciones en niños y jóvenes.

— ¿Cuánto tiempo me queda? —cuestiono firme, atreviéndome a mirar a la psicóloga a los ojos.

— Haru no te angusties todavía sobre esto —empieza a decir con tono maternal que me recuerda a mi madre cuando me decía que había posibilidades que ninguno de nosotros dos lo heredera.

La interrumpo si querer que inicie con eso, tengo la suficiente edad para poder asimilar todo...esto.

— ¿Cuánto? —repito con un tono más brusco sin ser mi intención.

— La evolución es progresiva durante un periodo variable Haru —menciona sosteniéndome la mirada—, puede ser entre 6 y 48 meses —contesta firme sin inmutarse, dejando de lado esa parte materna y más la profesional que es.

Siento como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago, sacándome el aire. Nadie en ninguna edad está preparado para asimilar que su vida se acabara en un día en concreto, no importa la manera que es dicha o las veces que la he escuchado, duele, aterra. Me recuerdo a mí misma que ya lo sabía, que al menos ya lo sospechaba, yo misma estuve presente viviendo cada escena con mi madre mientras perdía la razón, como sus ojos perdían el brillo de esa mujer tan alegre que todos conocíamos.

Y ahora sigo yo, por más que con todas mis fuerzas desea arrancarlo de mí; voy seguir yo.

Me penetra con su mirada llena de lástima, esa clase de lástima que no necesito en mi vida. Recuerdo perfectamente como los vecinos murmuraban sobre mi madre, lo puedo visualizar tan fresco en mi mente, como comentaban entre ellos lo desafortunados que éramos de ser hijos de una mujer "loca", he memorizado cada uno de esos recuerdos, como las veces que salía con mi mama al centro y simplemente pasaban con sus miradas llenas de pena, mientras juzgaban a nuestras espaldas.

Esa madre tan llena de luz perdió poco a poco la razón como a sus amistades, fue aborrecida por los vecinos y algunos familiares, pero nunca por su familia.

Me reprendo una vez más por sentirme así, ya debería estar acostumbrada a esto, o al menos debo fingir estarlo.

Respiro lentamente, y me digo que no permitiré que me afecte. Mi vista perdida en algún punto de la habitación se cruza con los ojos de la psicóloga una vez más, pero está vez pérdida, sin brillo y totalmente sin sentimientos...Personas ajenas a mí no deben saber, percatarse de que todo esto si puede contra mí.

Me coloco de pie y camino hacía la puerta de aquélla habitación que se siente tan vacía, guardando tantas confesiones que acaban en nada.



Nana Valentina

Editado: 04.02.2019

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