Recluidos del exterior

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4. Intriga

La incertidumbre por conocer de dónde es que éste hombre ha aparecido dejan a José intranquilo, confundido, por quien se hace llamar Matías; la poca información que le ha brindado no le bastan, le consta que no le está contando todo y quiere saber el porqué. Merece conocer todas las aberraciones que su país hace y ese extranjero no cree conveniente hablarlo con ninguno de ellos, o al menos es lo que juzga.

No tarda mucho en montarse una estrategia para acercarse a Matías, mientras se le une en el caminar, para discutir sobre su arma de cacería, lo mucho que suele confundir esta especie de apocalipsis como un paseo en busca de aventura, sin contar como poco a poco mete el tema de su interés para que consiga desvelar algo nuevo.

     —Vas por el lado equivocado muchacho, lo que buscas no te gustará —le advierte al notar el manifiesto de sus intenciones.

     — ¡Venga! Muchas cosas no me han gustado  y me he conformado con ello —Puede ser obstinado cuando se le requiere—. Dime al menos de donde es que has venido.

     —Te he dejado claro que soy de Colombia —espeta entre dientes.

     —Al menos dime quien te ha mochado el dedo. —pide con insistencia, haciendo movimientos con el arco que llegan a desesperar a Matías.

Mira la mano con el dedo pulgar faltante, duele tan solo tocarlo levemente, la forma poco profesional y con las herramientas inadecuadas a su alcance con los que cauterizó la herida, podrían haberle provocado alguna infección, y eso, si no es que ya lo tiene; bajo los vendajes el aspecto de su mano no es tan buena como desea que fuera. José le nota pensativo, sabe que obtendrá lo que quiere, o al menos una parte de ello.

     —Ya no importa mucho, quien lo hizo ya no está. —cuenta sin más, retirando la mano de mala gana de su lugar de visión.

     — ¿Le has matado? —Cuestiona perplejo, tropezando inconscientemente con sus mismos pies, recomponiéndose enseguida al escuchar la risilla de burla de Constanza—. No es divertido, Constanza. —se queja murmurando.   

     —José, era mi vida o la suya, ¿Qué habrías hecho tú? —el sólo desea permanecer con vida, no buscaba problemas, simplemente aquel desconocido se aproximó colérico hacia él con un cuchillo cubierto de restos de sangre seca, gritando como si fuera una bestia, a decir verdad, esa persona no buscaba quitarle lo que tenía, sino asesinarle, pues su blanco fue atravesar su yugular, de no ser por haberse protegido con la mano, habría muerto en cuestión de minutos sobre su propia sangre. Al quedarse en silencio José, agrega Matías tras un sonoro suspiro—: Era solo un anciano queriendo comerse mi cuerpo, un caníbal como les dicen.

Agranda los ojos sorprendido.

     —Chamo, esas cosas no pasan —habla titubeante, sin creerse sus propias palabras.

Lo cierto es que cada uno elige la forma de permanecer con vida, el prefiere evadir la violencia y encontrarse la comida, no arrebatarlas, o asesinar para comer. 

No dice más, Matías se aleja de José para caminar lejos del grupo, sintiendo la mirada inquisidora de Daniel, líder que no ha dado su voto de confianza a pesar de haber transcurrido más días de los que puede recordar y verse a solo kilómetros de llegar al gran estado de Zulia donde asegura que están avanzando a su final inminente.

Más pronto de lo que cree Daniel se encontrará confiándole su propia vida, eso puede asegurarlo Matías.

Al caer la noche, cada uno se acondiciona en lo más recóndito para evitar ser percibidos por posibles “malandros” como acostumbran a nombrarlos o, en el peor de los casos, a aquellos que ha estado practicando canibalismo. Daniel se ha encargado de atar a Matías al pie de un poste de madera con alambrado, dejando al resto ponerse cómodos en su lugar para dormir, José come algunas rebanadas de piña de la lata, mientras Constanza, estando acurrucada entre sus piernas y brazo come también en completo silencio, disfrutando como José acaricia su cabello oscuro enmarañado. Ambos se demuestran a su manera lo mucho que se quieren ante la sorpresa del resto, que cree no conveniente tener esa especie de unión sentimental; sabiendo que alguno de los dos morirá antes que el otro y será mucho más doloroso. 

Es lo que le ocurrió a Daniel con su única hija, a María al perder a su marido, es lo que le pasó a Matías al ver a su amigo morir antes que él.

     —Debí irme del país cuando tuve oportunidad —se lamenta María afligida, sin entender aún por qué no escuchó la sugerencia de su marido de marcharse—. Pude haber hecho mi vida lejos, lejos de todo esto.

     —Tus palabras no tienen sentido, el mundo entero está igual —frunce el ceño, negando con la cabeza Constanza.

     —Chama, pero a nosotros esta calamidad fue la gota que colmó el vaso, estamos al borde de la muerte. ¿Sabes que la comida de lata no nos ayudará por siempre verdad? ¡Tenemos los días contados! —exclama al borde del llanto, sorbiendo mocos y poco importándole si se limpia restregándose en las mangas de su suéter mugriento—. Tantas veces preguntándome porque luchar por vivir, y todas mis respuestas me llevan a ese niño que no tiene la culpa de nada.



L. Enríquez

Editado: 05.03.2019

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