Recluidos del exterior

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6. Flecha y cuerpo inerte

«Tienes que actuar ya.» Esa voz rezumba en su cabeza, trayéndolo de vuelta en el aquí y ahora, dejando de divagar entre sus recuerdos melancólicos, que lo único que hacen es conseguir distraerlo de la presa que está a una apropiada distancia; sin ser aún alertado de las dos presencias humanas que lo observan.  

     —Señor. —Ahí va de nuevo, respondiendo como un soldadillo, sin negarse o poner objeciones al señor de la casa.
   
Es su padre quien se lo ordena con aquella voz tan autoritaria que ha utilizado con él para mantenerlo a raya desde siempre, ahora mismo tiene solo quince años y se encuentra en los territorios boscosos de Delta Amacuro, cazando, practicando, como suele llamarlo su padre.

Es solo un jabalí, con el hocico en el suelo, buscando su alimento distraídamente.

Es palmeado en el hombro por su padre, esa es la señal. La cuerda de su arco se tensa al tirar de ella junto con su flecha, tiene la mano pegada a la mejilla derecha, respira todo el aire que puede hasta llenar sus pulmones, apuntando a su presa; tal cual su padre lo amaestró.

Sus cálculos son casi exactos, un tiro perfecto a su graneo. Espera que el viento se encuentre a su favor… 

Y entonces dispara.

El escenario cambia, éste ya no es el bosque de Delta Amacuro, ya no es un niño pensando demasiado sí disparar o no, ésta es su época actual, donde disparar con precisión le toma más que un solo par de segundos.

     — ¡Ugg! —suenan exclamaciones.

A José eso no le preocupa demasiado, su vista se encuentra solo en el hombre que tiene una flecha suya sobre su cien, con la sangre emanando donde se hizo el orificio, el cuerpo cae de bruces, seguido de un sonoro golpe que para él es lo suficientemente fuerte al su cabeza golpear el asfalto.

Es como su padre siempre se lo dijo, «tienes que actuar mucho más rápido que tu presa» Y esta vez no era una presa, pero pudo serlo él y su pareja si no dejaba claro que dará batalla antes de que alguno tenga la osadía de acercárseles.   

Al siguiente, José retrocede con una nueva flecha entre su mano y el arco, respirando agitadamente, sudando.

     — ¡Ustedes se acercan y acabo con cada uno! —Amenaza, mirando a todas direcciones donde al menos, según sus cálculos, hay más de una docena de personas vestidas en harapos mugrientos—. Amor, ponte eso en la espalda y retrocede conmigo.

Los supervivientes observan divertidos al par de jóvenes, al mismo tiempo en el que sacan a relucir sus armas, bramando con promesas de acabar con sus vidas.

     —Un arco contra armas, ¿Notas lo humillante que suena? —se escucha una voz que destaca entre el griterío.

     —No lo es —dice José con una convicción que no siente—. ¡Puedo acabarlos!

     — ¿Tú y la atemorizada chama? —suena una nueva voz, pero esta es lo suficientemente fuerte como para hacer callar a todos al instante.

Deduce que éste hombre que sale entre las personas, colocándose al frente, es a quien ellos nombran Andry; el líder, sin duda.

     — ¿Asustada? —Se mofa—. Tengo más valor que todos ustedes.

Todo ocurre muy rápido, el intercambio de disparos hace eco en las calles, José parece quedar aturdido. Para cuando nota que Constanza le ha tomado de la mano y tirado de él entre gritos —gritos que no puede escuchar o entender—, se encuentran avanzando al palacio de justicia de Maracaibo.

     —María, l-los niños… Daniel —balbucea tiempo más tarde.

     —Están fuera de todo esto, iré por ellos, ¿De acuerdo? —recarga la espalda en la pared de una de las calles, controlando su respiración, con el arma pegado a su pecho, preocupándose al no saber cómo explicarle si, aquellos decidieran seguirlos, no tendría con que luchar.

Ya no tiene balas y José no parece poder con ellos como asegura.

—°—

No hace mucho Daniel y Matías volvieron al sitio donde resguardaron la seguridad de la mujer y el par de niños, al ver como José y Constanza huían en sentido contrario al meterse ellos mismos en un lio donde Daniel quiso intervenir, fue detenido por el antiguo policía, alegando que no podría solo contra aquellos que señaló como caníbales.   

     —Ellos están muertos —habla sin pensar María, asustando a Kerión.

Es lo que piensa al imaginar que tuvieron el mismo destino de todas aquellas personas que alguna vez habitaron ese estado.

Matías no hace más que juguetear con sus vendajes, sintiendo como su mano se pudre con más rapidez de lo que esperaba.

     —Fue un error —susurra—. Les dije que las ciudades están infestadas de estas cosas, que van camino a su muerte. D-Debemos irnos, cruzar la frontera a Colombia, es lo más cercano, un… un escape.



L. Enríquez

Editado: 05.03.2019

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