Recluidos del exterior

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7. Disparos

Sucesos desafortunados van y vienen, creando devastaciones más grandes que las interiores; sin importar que es lo que se destruya, quienes paguen, que desaparezca. Toda acción que realizan parece que empeora su situación, su calidad de vida disminuye, los problemas se presentan por si solos y la muerte asecha feliz a cada uno.

Desean vivir, sin embargo no de esta forma. Quieren paz, la paz que ha quedado actualmente en el olvido, paz que está lejos de obtenerse.

Saben que su país no será el mismo, ningún otro podrá serlo en realidad, todo ya está perdido, solo luchan para aplazar su muerte, no hay nada más que hacer.

     —Una vez mi papá dijo que era un bocabierta, y tiene razón, mira lo que estoy haciendo, ¡mi jeva protegiéndome de estos zulianos locos! —Brama, riéndose de sí mismo, mientras lee un señalamiento mugriento en un poste de gran altura—. Avenida Ricaurte. —susurra.

     —Deberías de callarte, José. Harás que se nos joda el escondite. —aconseja intranquila—. Céntrate en lo que nos ha costado huir de estos.

     — ¿Qué cierre la boca? Ahora que quiero echarte en cara que todo esto es TÚ culpa.  ¡TÚ culpa! —estalla, abrumado por todo lo acontecido en la ultima hora.

El gesto de Constanza cambia abruptamente, luciendo dolida por sus palabras, el arma ahora vacía se lo lanza al pecho con violencia, José no reacciona, sabe que lo tiene merecido.

Opta por guardar silencio, mientras escucha ahora ha Constanza gritarle:

     —Había comida, José, ¿Entiendes eso acaso? Puedes culparme si quieres, pero no me arrepiento, ¡tenemos comida, y un par de asesinos detrás de nosotros! —señala la calle 97, furiosa, apartándose unos pasos de él.

¿Cómo es que se atreve a pagarle de esa forma, recriminándole sus acciones? Sabe que ha dejado de lado pensar por un instante que algo marchaba mal, pero ver todo lo que buscaban frente a ella, le hicieron olvidar por completo las consecuencias.

     —Perdona, pero me pongo arrecho de solo ver que me quedo en trance con tanto disparo, y no puedo defenderte cómo debo. Sabes que las armas de fuego no son mi parte favorita en esto, me avergüenza decirte que no estoy preparado para defenderte de algo así aún. —cabizbajo, le expresa mirándola a los ojos, incomodo de sacar nuevamente el tema.

     —José, el arma que te aventé está vacía —suelta repentinamente—. Solo tú puedes luchar con ellos, tienes aún flechas, olvida por un pequeño lapso el sonido de los disparos y pelea. Ya lo hiciste hace rato, puedes hacerlo una vez más. 

Un silbido llano y claro se escucha al frente suyo, proveniente de la Avenida Las Delicias, de donde José recuerda meses atrás se encontraba el majestuoso palacio de justicia de Maracaibo. Dos, tres, cuatro silbidos más en distintas direcciones, Constanza considera que están siendo rodeados, siendo los silbidos considerados como una especie de comunicación entre ellos.

El silbido más cercano proviene de la Avenida 16 y aumentado, revelando a Andry y su grupo, quienes muy animados silban y gritan, incitando a otros a salir de sus escondites.

     —Enfrentarnos a ellos está peluo, Constanza —musita, rabiado al ver la cantidad de personas que se le unen a Andry, quien orgullosamente sonríe al ver su grupo aumentar considerablemente, uniéndose a la cacería—. Quedarnos, es morir, y no permitiré que eso ocurra. Debemos reunirnos con el grupo…

     —Ya estamos muertos. —interrumpe.

El joven niega, apretando inconscientemente su arco.

     —Puedo… puedo defenderte lo que pueda, distraerlos y tú irte en busca de Daniel. Van a largarse de aquí, lejos de esto. Matías ha tenido razón, nunca debimos venir hasta aquí. —en estos momentos no puede quedarse sin actuar, debe entender que una vida depende de él.

     —No me estas parando bolas, ya te dije que estamos muertos, así que no quiero que pase mientras corremos y nos asesinan por la espalda como unos animales, José. —Se sincera. Su difunto padre estaría decepcionado de solo saber que su hija no enfrentó con la mirada en alto al enemigo aún si esta sabía que perdería ante él—. Los resultados están claros, pero quiero saber que no me fui de mi país sin antes haber luchado. —una sonrisa triste se dibuja en su rostro.

     —Tú y yo, contra los zulianos, nada mal. Pero aun así me gustaría que quien siga con vida seas tú, Constanza —En un rápido movimiento, se acerca a ella, une sus labios agrietados con los suyos en un casto beso, deshaciéndose de la mochila que sostiene en el hombro derecho, posándola en el hombro de Constanza—. Necesito te marches ya, ¡ahora!

Se encamina con suma decisión hacia la calle, sus pasos resuenan en el asfalto, ya ha sacado una nueva flecha sobre su hombro, inclina el arco hacia el suelo y con rapidez apoya el cuerpo de la flecha en el reposaflechas. La levanta, tensando la cuerda.



L. Enríquez

Editado: 05.03.2019

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