Recluidos del exterior

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8. De rodillas

«Sobrevivir, es asesinar para vivir más que el resto.»

Es de esta forma como Andry cataloga sus actos macabros, sin inmutarse en sus acciones, siendo gobernado por una depravación que no creyó tener en su vida monótona y antigua.

Su vida anterior estaba anclada a su enferma madre, una mujer que se encargó de guiarlo por un buen camino y por el que se desvió al perderla en manos de las bestias. No existe una excusa para justificar sus actos, simplemente admite disfrutar quien es ahora, y quien seguirá siendo hasta que alguien pueda arrebatarle su vida.

Mientras tanto, será Andry quien continúe arrebatando las suyas.

     — ¿Qué es lo que quiere que hagamos, Andry? —cuestiona un hombre delgaducho.

Tirita de forma exagerada por la falta de abrigo, moviéndose de un lado a otro, intentando entrar en calor.

     —Terminar la cacería —gruñe, mirando con recelo las gotas de sangre esparcidas sobre la primera y delgada capa de nieve que comienza a cubrir ahora las destrozadas calles de Maracaibo, revelando el camino por el que ha ido su enemigo.

Detiene su caminar, encarándole con rapidez, conservando una distancia aceptada por su líder. Antes de dirigirle la palabra, traga saliva con un poco de dificultad, preguntando por segunda vez:

     — ¿No deberíamos parar? —su líder le dedica una mirada inescrutable. Temeroso, baja la cabeza, al no poder leer la reacción en su rostro pálido—. Es decir, el tiempo está empeorando, tal cual nos avisó Luis, y no creo bueno que nos arriesguemos todos por ese hombre que seguro va a morir congelado o desangrado. —señala los rastros de sangre, retrocediendo de Andry.

     —No es como si hubiera pedido tu opinión, Carlos —por cada palabra su tono de voz aumenta.

Acto seguido —sin que éste lo esperara—, presionando con suma fuerza el mango del cuchillo que sostiene, lo guía con rapidez al costado izquierdo de su estómago, profundizando más la herida, girándolo de un lado a otro. Andry puede sentir como el cuchillo desgarra y corta sitios importantes dentro de Carlos.

Se escuchan gemidos y blasfemias de sorpresa, algunas más de diversión. 

Carlos se aferra al brazo de Andry, mirándole con desconcierto a los ojos, seguidamente baja la cabeza, observado el cuchillo aún dentro de su cuerpo. Su atacante lo toma de sus ropas con violencia, al mismo tiempo que vuelve a incrustar el objeto por segunda, tercera y una cuarta vez.

Siente como la sangre que emana del cuerpo de Carlos baña su mano, dejándolo extasiado.

Se acerca lo suficiente, solo para recordarle lo que todos los espectadores saben muy bien:

     —Aquí las órdenes las doy yo, chamo malagradecido —Susurra a su oído, tirando el cuerpo a un lado, fuera de su vista, sin quitarle el cuchillo. Se dirige a los presentes—: ¡Pueblo zuliano, esta cacería recién está empezando! —con la sangre en su mano, humedece su cabello oscuro, dándole un aspecto brillante y aterrador—. Quince de ustedes junto a mí, seguiremos al chico, le daremos muerte y a todo aquel que esté a su lado. Solo una regla: No me tocarán a esa chica, yo mismo la mataré frente a él. 

Promete a los presentes. No hay nadie quien se niegue, todos parecen estar muy animados por el nuevo reto que les ha colocado Andry.

Tiempo después se les da la orden de encaminarse al Palacio de Justicia en busca de provisiones; comida, agua, armas y abrigos.

     —He escuchado que darán muerte al presidente —cuchichea una mujer que lo intercepta en las puertas del Palacio de Justicia hecha ruinas.

Su líder apenas la mira, antes de pasar a su lado sin detenerse. Dentro, el lugar está siendo iluminado por velas, hay grupos que han creado fogatas, otros portan armas y vigilan a los presentes en cada poste. Las ventanas de cristal enormes han sido cubiertas de pintura oscura y cartones, las principales con costales de tierra; un muro en caso de posibles ataques.

     —Creí que ya lo habían hecho. —dedica a los presentes asentimientos con la cabeza a modo de saludo.

     —Esperan que esté presente, con un poco de suerte será usted quien le de muerte —interviene su mano derecha, un hombre de tez oscura.

Sus palabras le provocan una sonrisa a Andry, mientras sigue su camino en dirección al sitio que se encuentra custodiado por media docena de hombre, estos al verlo, se apartan y le permiten el paso sin decir una sola palabra.

Se trata de una habitación repleta de cajas de todos tamaños, ocupando menos la mitad del espacio.

     —Félix, recuerdo haber avisado con uno de “estos” hombres, que no estaría en Caracas y descuidaría lo que es mío. —suspira, hurgando entre algunas cajas del almacén de alimentos.

     —Ese es el problema, los hombres nunca llegaron a su destino —recarga la espalda en la pared, prosiguiendo—: No es necesario decirte que están muertos.

     —Ya caí. Después de todo, sabía que no me servirían de mucho, con lo otro; seguro entenderán mi inasistencia. Ahora, pasando a mi reciente cacería, espero te unas. —Ha llenado la mitad de una pequeña mochila, alejándose de las cajas y encarando a Félix, esperando su respuesta.



L. Enríquez

Editado: 05.03.2019

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