Recuérdame Anita

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CAPITULO 3

Siempre estábamos juntos y luego, un día se marchó sin siquiera decir adiós, entonces entendí, que como yo ella sólo quería olvidar, ese mismo sentimiento por alguien más; lo cierto era que Anita estabas más allá de mis arterias, más allá de mis sentidos, creo que hacías parte de las raíces de mi alma.

Paso tan rápido el tiempo que ni cuenta me di que me estaba graduando, todos llevaron a ese alguien especial que existían en sus vidas menos yo. Pocas cosas pude tener en mi vida, ¿lo recuerdas Anita?, recuerdas cuando en nuestra primera cita, caminamos por la playa bajo la luz de la luna, pensando en el grato futuro que nos esperaba juntos, te observaba mientras cerrabas los ojos y pensabas en ello, como si fuese algo que sólo querías hacer conmigo.

Te aferrabas tanto a mí, pensaba que jamás te soltarías y luego me perseguías por toda la playa, salpicándome agua en el rostro. Algo que jamás podrías olvidar, fue nuestra primera vez, la primera vez que tú y yo hicimos el amor, Anita pensé que en el cielo no existían las estrellas, se habían convertido en un mito, sólo existíamos tú y yo, sin ninguna oportunidad, de darle vida a todo lo que había a nuestro alrededor, me dejé llevar y acepté todas las cosas locas que se te ocurrían en ese momento, mi prioridad era hacerte feliz y que sintieras todo lo que yo sentía. Y descubrimos un mundo, en donde nadie estaba presente, éramos tú y yo, vivir bajo nuestras propias reglas, sin temor a sacrificar nuestro mundo exterior, porque realmente Anita jamás nos interesó, nunca importó lo que pensaran los demás. Sumergimos nuestros miedos en un profundo silencio, nos enfrentamos a los perjuicios de la sociedad esa que pretendía señalarnos, como el ojo agudo de un halcón, cuando en medio de la nada se te ocurría que exploráramos nuestros sentidos y deseos sexuales en medio de un montón de gente que nunca ha entendido las cosas del amor.

Y escondidos en baños públicos, viejos o abandonados, explorábamos lugares que habitaron amantes atrevidos, como nosotros, casas supuestamente embrujadas, cementerios y casi perdidos en un mundo imaginario, con el que todas las almas gemelas sueñan construir. En medio de la utopía de un amor inmortal, nuestras almas se hacían una sola, nuestros cuerpos se derramaban en gozo y júbilo sin opacar nuestros gritos, rasguñaban el silencio de aquellos vacíos y tristes lugares en los que sólo habitaba la desesperación.

Cambiamos mil historias trágicas, de lugares inimaginables, en donde las sombras de la soledad, huían de nuestra presencia y la oscuridad que acompaña a los amantes, nos cubría y era cómplice de nuestros encuentros, en los que siempre importó no hacer sentir bien al otro, sino hacer sentir bien a un alma que por fin estaba completa.

Solías decir siempre después hacer el amor, que nunca me dejarías ir, querías estar conmigo toda la vida y jamás dejarías que nada ni nadie nos separara. Sin embargo no sucedió así y lo entendí, tarde pero lo entendí. 

Mientras regresaba en el avión, pensé que en todo este tiempo habías decidido reconciliarte con él, al verte ahí esperándome con los ojos llenos de recuerdos, aquellos buenos momentos, nada había logrado al igual que yo de ti, olvidarte de mí. No dije nada, te abracé sin temor a volver a perderte. Lo único que quería era llevarte muy lejos de todos y de todo porque como lo sabes bien Anita, siempre fui un maldito egoísta, nunca quise compartirte con nadie y me costó aceptar que no era la única persona que tu amabas, eso es algo que siempre quise sacar de mí, el egoísmo.

El día que tú y yo nos casamos la luna brillaba tanto que pensé que alguien celebraba allí nuestra unión, estabas tan hermosa que las flores que adornaban el lugar, no podían opacarte; todo fue muy sencillo no invitamos a nadie solo éramos ratoncita, Lucas, tú y yo. Con los días tu familia se enteró y su reacción fue mucho más grata de lo que me imaginé, tu padre creo que me maldijo mil veces y tu madre rompió en llanto, como si yo fuera un psicópata y tú la víctima más estúpida del mundo. Sin embargo, nadie pudo evitar que siguiéramos con nuestra vida, admito que me asusté mucho, lo único que podía hacer era confiar en el amor que sentía por ti.

Pasamos los momentos más bellos, hasta que la tormenta sacudió nuestro mundo y abrió un agujero entre los dos. Fue aquel final del anochecer en el que tú y yo casi perdemos la vida, aunque sabes pensándolo bien hubiese sido mejor así. Llovía a cántaros, la autopista estaba muy húmeda y de repente nuestro auto, empezó a deslizarse y a dar vueltas, hasta que perdí el control y chocamos contra el auto de una familia que viajaba en contravía.

En medio de la confusión, recuerdo que vi los primeros rayos de sol en el cielo y escuché la sirena de una ambulancia que a lo lejos se acercaba, creo que fui expulsado violentamente del auto, en el momento del impacto. Tu cuerpo recibió todo el impacto, fue tan fuerte que cuando desperté, el médico me dijo que tenía que ser fuerte, porque estabas en coma, me sentí tan culpable ni mis lágrimas podían hacerme sentir mejor. Me dejaron verte, te vi tan calmada y transparente, sentía que el silencio en el que te habías sumergido, era más frustrante que mi propio miedo a perderte.



Nani Ferrin

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En el texto hay: romance, amor doloroso, memorias

Editado: 24.11.2018

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