Reflet

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Pasaron muchas cosas... ellos, fueron una de esas cosas. 

 

— ¡Mierda!—escuché un grito intranquilo, desgarrador, desde el fondo de una garganta adolorida, en un gemido lleno de angustia.

El dolor en mi pecho se extendía, el ardor, las punzadas, el hilo de sangre en mi cabeza cayendo por mi pecho, la inmovilidad de mis músculos. Me sentía impotente, adolorida, terriblemente derrotada y agotada. El dolor arrasando en cada una de mis extremidades.

Iban a ser simples compras para Nadia, mi hermana, junto a mi padre. Los cuales, a simple vista se veían inertes, y demasiado lejos. Podía oír el murmuro del río cerca de mí, pero no podía moverme no...podía hacer nada.

Un auto se detuvo, demasiado cerca de ellos, pero muy lejos de mí. Quise gritar, pedir ayuda en cuando vi a aquel hombre acercarse; se veía alto desde donde estaba, y la camisa sin mangas me permitió ver los diversos tatuajes que marcaban cada parte de sus brazos y cuello. Sentí que mi garganta de desgastaba, mis cuerdas vocales parecían estar lastimadas por los gritos que habían desgarrado mi garganta con anterioridad ante el choque. Apreté mis ojos, suplicando que me vieran, que hubiera alguna solución. Pero me seguía sintiendo impedida, mi cuerpo no se movía, mis dedos a duras penas lograban emitir un movimiento, y en cuanto lo intentaba, el dolor presionaba cada nervio, como sí me hubiese destruyendo mi interior, parte por parte.

Lo siguiente que vi, me sorprendió, fue como si hubiese absorbido el poco oxígeno que entraba en mis pulmones. Pero eso no fue todo. Un humo negro, denso y abundante se hizo presente, obstruyendo la vista por milésimas de segundos, juntándose con el hombre que observaba la agonía de mi padre y hermana, y después, desapareció, tan rápido como si aquel hombre solo hubiese respirado.

Y eso fue todo. Mis ojos se sintieron más pesados, y se cerraron agotados. Hasta que desperté en el hospital.

Aparentemente había permanecido ahí, en la cama, dormida e inmóvil por una semana. Las heridas no fueron graves, de hecho, no quedó ni una sola cicatriz, no fue necesaria una intervención quirúrgica o medida extrema por un accidente de la magnitud que había tenido. Era sorprendente. Parecía imposible. Solo con dormir parecía haberme curado.

Todos estaban extrañados por mi situación, desde los doctores hasta los residentes curiosos que pasaron más de una vez por mi habitación mientras yo dormía.

Cuando desperté había curado físicamente, pero las cicatrices y el dolor...seguían ahí presentes. Estrujando mí pecho una y otra vez, con las terribles escenas que no paraban de aparecer en mi mente. No había pesadillas, eran sueños vivos que me atormentaban. Mi padre y mi hermana no sobrevivieron. Me hundí. Estaba perdida, adolorida y demasiado confundida.

Al regresar a casa sentí más que un vacío, el lugar estaba lleno de recuerdos, de risas, de reclamos. Y yo ahora me sentía simple, sin una sonrisa que dibujase mi rostro, impedida de poder sentirme como antes.

Me recosté en uno de los muebles de la sala. Aún estaba medicada, querían que estuviera bien, que tuviera ciertas citas con psicólogos, pero no quería nada de eso, me sentía demasiado afligida, desmotivada como para permitir abrir mi corazón y pensamientos hacia otro ser humano que no entendería ni la mitad de cómo me sentía. No podía.

—Eila, cariño—murmuró mi madre tomando asiento a mi lado. Ella había permanecido conmigo desde que había despertado en el hospital, a diferencia de mis hermanos quienes, estaban preocupados, pero debían seguir con sus responsabilidades. Mamá había pedido una licencia para permanecer conmigo un tiempo. Sin alzar la mirada y emitiendo un pequeño sonido, prosiguió: —Hay algo que...que no sabes.

Alcé la mirada con la expectativa, ¿qué no sabía? ¿Qué sobreviví y mis acompañantes no tuvieron la oportunidad de siquiera decir adiós? No necesitaba charlas, no quería oír nada. Pero con el dolor y la sensación en cada parte de mi cuerpo, la escuché.

—La autopsia de tú padre y tú hermana...decían que, pues, murieron naturalmente. –dejó caer sus manos en su regazo, de manera inquieta, perdida.

Entendía que ella también había perdido a su hija y a su esposo, no éramos la familia perfecta, ¿quién sí? Pero, aun así el amor y las sonrisas sobreabundaban en nuestro hogar, y sin duda, la perdida que habíamos tenido era un choque frío para todos.

Kayne, mi hermano menor que yo por un año, entró como si nada, besó nuestras coronillas y corrió hacia la cocina. Yo seguía inquieta, confundida por las palabras de mi madre. ¿A qué se refería con muerte natural?

— ¿Muerte natural?—zanjé. – ¿Cómo que naturalmente?

—Si...hija, no murieron por el accidente.

Me desplomé.

Estaba desconcertada, qué podía decir, estaba más perdida que Hansel y Gretel.



BlondeSecret

Editado: 03.01.2020

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