Regrésame la vida

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Capítulo II

Capítulo II:

Donde comienza la cacería:

Como odio esta parte, pensó adormecido el joven, de veinte años y cabello cobrizo, al abrir los ojos esa madrugada.

Las dos y media de la mañana.

¿Qué como lo sabía? Porque el reloj gigante de la cocina acababa de sonar otra vez.

Esforzándose por despertarse, Nicolas se levantó de la cama de un salto y acomodó las sábanas por primera vez en siglos. Al hacerlo sintió un escalofrío, y se le ocurrió que quizás ninguno se había acordado de cerrar la ventana, pero al revisar comprobó que todas las ventanas de la casa estaban cerradas, y que, en realidad, el calor de la leña que habían encendido a la hora de la cena se había conservado en las dos habitaciones.

Qué extraño, pensó, pero nunca se le ocurrió que este repentino escalofrío, seguido de un extraño malestar que no tenía nada que ver con dolor físico, era una señal. Un presagio del destino que desesperadamente trataba de indicarle que cambiara de idea.

Nicolas sólo se encogió de hombros y fue a arreglarse para la cacería. Cuando estaba listo, una sonrisa traviesa se formó en sus labios.

Hora de despertar a los cazadores.

Fue a la cocina por un vaso de agua, se acercó a la cama de Tristan, le tapó la boca con la mano y le derramó el agua helada en la cara. El castaño de cabello largo soltó un alarido y comenzó a revolverse en la cama, con los brazos extendidos y las manos en garras que buscaban agarrar por el cuello a su atacante.

-Chist -susurró, sonriendo de oreja a oreja y quitándole la mano de la boca- Despertarás a Claire.

-¡Al demonio con Claire!- replicó en un susurro, aferrándose a la tela de su camisa- ¡Te voy a matar, Nicolas!

-¿Quieren callarse los dos? –murmuró, adormilado, el mayor de los Letour.

-Hora de levantarse, Gil- canturreó Nicolas, apartándose de Tristan y jalándole la sábana con la que acababa de acurrucarse. Retrocedió para evitar la envestida de su otro hermano, y Tristan salió rodando por el piso, se levantó, y fue hacia él en un arranque de furia.

Sí, era un día como cualquier otro.

 

Tristan, conteniendo a regañadientes las ganas reprimidas de golpear a su hermano, salió de la casa y se dirigió al baño.

Cuando iba a desnudarse para meterse en la alberca, sintió un hormigueo en la nuca. Con la experiencia que veinticinco años de vida le habían otorgado, se dio la vuelta, completamente alerta, y sus ojos azules recorrieron la oscuridad de la choza, a la espera de encontrar a su espía.  Pero no había nadie más.

Transcurridos unos minutos, se dijo a si mismo que se había imaginado toda la cosa, y se olvidó del asunto por completo. 

Guillaume después de arreglarse fue a la cocina, donde Nicolas freía una docena de huevos en varias sartenes de peltre.

 -¿Necesitas ayuda?

-Puedes picar el pan- le indicó su hermano, agradecido, y eso era lo que hacía Guillaume cuando un ruido de pasos lo distrajo.

-¿Escuchaste eso?

-¿Qué cosa?- preguntó Nicolas, olvidándose de los huevos.

-Hay alguien afuera. –se explicó, atento a cualquier otro sonido. Los pasos volvieron, cada vez más cerca- ¿Lo oyes?

Nicolas escuchó, pero no pareció reconocer nada fuera de lo normal.

-Debe de ser Trist- aventuró, encogiéndose de hombros y volviendo a mirar la comida en la sartén.

-Tristan está en la otra habitación- Guillaume enmudeció, palideciendo.

-Louis nos habría alertado si fuera un extraño… –añadió, dándose la vuelta, pero calló al ver su expresión.

Siguió su mirada y lo vio, unos pasos delante de él.

Sólo había estado allí una fracción de segundo, pero había sido suficiente para que lo vieran. Nicolas cogió el cuchillo de picar de la mesa, y salió, con Guillaume pisándole los talones. Rodearon dos veces la cabaña, pero las únicas huellas en la tierra eran las suyas propias.

-Quizás fue el viento- propuso Guillaume, de vuelta en la cocina, y Nicolas estuvo de acuerdo con él.

Aunque los dos sabían que el viento no dejaba sombras, y ambos habían visto la sombra en el suelo, justo frente a la puerta.



Nikky Grey

Editado: 15.10.2019

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