Regrésame la vida

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Capítulo VI

Capítulo VI:

Donde los Letour enfrentan la bancarrota:

Nicolas no podía dormir, lo cual no era del todo sorprendente, porque se había pasado ya varias horas durmiendo. Pero el verdadero causante era que no dejaba de pensar en lo que había dicho el cazador extranjero.

“Busca a Sara” ¿Quién era esa mujer que corría tanto peligro? ¿Y por qué Rozenblat creía que él la conocía?

Sara… ¿Había oído ese nombre antes? Trató de recordar haber conocido en el pueblo a alguna mujer llamada Sara, pero acababa de llegar, y a decir verdad, no eran muchas las veces que había ido al pueblo.

Pensó también que quizás la mujer en cuestión no vivía en Clun. Quizás vivía en otra parte de Inglaterra, o en Francia, o en cualquier parte del mundo, pero, entonces ¿Cómo la conocería? Él había conocido a muchas mujeres antes, algunas con los nombres más extraños que había escuchado jamás, pero…

Se quedó de piedra, ya que se le acababa de ocurrir una posibilidad en la que no había pensado antes.

“Busca a Sara, y dile que no le queda mucho tiempo.”

¿Y si Sara no vivía en el pueblo, sino fuera de este?

¿Y si Sara vivía en el bosque?

Tenía que averiguarlo, y pronto. Tenía que buscar a la vampira y sonsacarle su nombre. Porque si en verdad era ella, y si en verdad corría peligro…

Tuvo ganas de golpearse la cabeza contra la pared, ¿En qué demonios estaba pensando? ¿De verdad estaba dispuesto a ayudar a  un vampiro?

Aunque claro, ella había salvado su vida, así que se lo debía.

Sí, eso debía ser. Su estúpida moral le estaba diciendo que tenía que devolverle el favor a aquella mujer del demonio. Y de paso, le preguntaría que había querido decir cuando dijo que “él le había pedido que lo salvara”.

Tenía que volver al bosque. Se sentó, tratando de hacer el menor ruido posible. No podía despertar su hermanos, porque—

-¿A dónde vas, Nick?- susurró Claire, medio dormida. 

Maldición.

-A caminar- respondió él en voz baja, poniéndose las botas. La chica se apoyó en su codo para levantarse, y miró la ventana cerrada.

-Es de madrugada- dijo, y Nicolas levantó la cabeza para verla a ella.

-¿Cómo lo sabes? –preguntó, sorprendido. Él sabía qué hora era, pero Claire no tenía un nuevo sexto sentido que casi le decía las horas que faltaban antes de que saliera el sol.

-Porque tengo sueño, por eso- masculló, mirándolo con los ojos entornados. Nicolas sonrió. Era asombroso como su hermana podía seguir bromeando, incluso después de que ellos acabaran de mostrarle un nuevo mundo repleto de pesadillas.

-Es mejor que salga a esta hora, hay menos luz- mintió, ya que ni por un momento se le había pasado por la cabeza que el sol podría hacerle daño ahora.

-No deberías salir- aparentemente, la veta maternal de Claire nunca dormía-, apenas hace unas horas que te bajó la fiebre, y estuviste vomitando toda la noche ¿No crees que es mejor esperar unos días a que te acostumbres a las luz de las velas?

-Estaré bien- le garantizó. Los Letour no habían nacido para quedarse en cama, sobretodo Nicolas Letour, que la simple idea de quedarse encerrado en su casa por varios días le daba claustrofobia.

Además, quería terminar con ese asunto lo más pronto posible.

Claire suspiró, resignada.

-Ten cuidado ¿sí? Si llegas a sentirte mal, así sea el más leve dolor de cabeza…

-Volveré, te lo prometo- dijo. Se levantó de la cama y le dio un beso en la frente-. Ahora vuelve a dormir, mamá- bromeó, haciéndola sonreír.

-Estarían perdidos sin mí, admítelo.

-No discutiré contigo en ese punto- dijo, sonriendo de oreja a oreja. Se despidió con la mano y salió de la habitación.

Te encontraré, Sara, así tenga que buscarte debajo de las piedras, pensó, decidido. Pasó frente al catre donde dormía Rozenblat, salió de la casa…

Y cayó de rodillas al suelo.

Era de madrugada, gracias al cielo, porque Nicolas estaba seguro de que no habría sobrevivido a la luz del sol, o a las luces del pueblo durante la noche. En la madrugada, las calles algo lejanas estaban casi a oscuras, pero las pocas luces le daban la sensación de tener un hierro candente entre los ojos. Los olores de la comida recién cocinada, de los cestos de basura repletos de comida putrefacta, las respiraciones de decenas de habitantes, y los pequeños ruiditos de los montones de animales que también compartían morada con los pueblerinos hicieron que la cabeza le diera vueltas.



Nikky Grey

Editado: 15.10.2019

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