Regrésame la vida

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Capítulo VII

Capítulo VII:

Donde crecen las sombras:

Llegó la noche. El viento se colaba a través de las grietas de aquel viejo castillo en ruinas, transmitiendo los quejumbrosos lamentos de todas las almas en pena que habían visto su fin dentro de esas paredes. 

Eran esos gemidos desgarradores los causantes de que hubiera pasado desierto tanto tiempo, pero a la vampira no le importaba. Los ruidos habían dejado de asustarla hacia siglos. Se sentaba entre el moho y la podredumbre, en una vieja silla de madera pintada en dorado y carcomida por las termitas. Sus hombres la rodeaban, serios, reverentes, protectores. La tétrica versión de una corte real, con su reina inmortal de mirada penetrante.

Rozenblat no podía evitar observarla. Ningún humano podía hacerlo, apartar sus ojos de aquel rostro de alabastro, de aquella estatua viviente. La miraban con una mezcla de fascinación y miedo que la vampira disfrutaba.

Siempre, incluso de humana, había querido ser el centro de atención, y atrapar las miradas de todo el que se cruzara en su camino. Trescientos años después, lo había conseguido.

El hombre le estaba contando algo, pero hacía ya varios minutos que había dejado de prestarle atención. Jugaba con las puntas de su cabello, observaba el brillo de sus uñas contra la luz de la luna. Todo eso, en general, le parecía más interesante que aquel viejo de ideas retrógradas y ambiciones mundanas.

Tantas cosas en este mundo, tantos conocimientos, tesoros y maravillas… Claro, no era como si a ella le interesara tampoco aprender alguna de esas cosas, pero esperaba que los humanos, con sus vidas tan sorprendentemente cortas, hubieran aprendido a valorar más el trayecto sin tomar en cuenta la duración.

Pero no, seguían siendo los mismos seres aburridos de siempre. Idénticos a cuando ella vivía, dispuestos a malgastar la vida en la búsqueda de la eternidad. Rozenblat no diría nada que no hubiera oído ya cientos de veces, incluso contado por personas más agraciadas.

Luego de cinco minutos de su incesante parloteo sobre su inmaculada carrera, sus maravillosos servicios, y sólo el demonio sabe qué otra cosa, la mujer no pudo soportarlo más, y alzó una mano que lo silenció al momento.

-En resumen, querido, tu conducta ha sido ejemplar. Mutilarte a ti mismo fue un toque bastante brillante- Su acento español era evidente incluso después de tantos años de haber dejado su país. La mujer sonrió condescendientemente, aunque por dentro se preguntaba cuándo podría deshacerse de él-, y no dudes en que tan pronto termines de hacer tu trabajo te daré lo que pides.

-Fue lo acordado- siseó el hombre, siempre con la expresión de estar oliendo algo podrido.

-Y nunca rompo mis promesas, Stanislav- insistió la vampira, cruzando la pierna y apoyando la cabeza en una de sus manos- Pero no tengo toda la noche ¿Hiciste lo que te pedí?

Él asintió, sonriendo.

-Al pie de la letra. Aunque –vaciló- puede que haya un problema.

La mujer frunció el ceño, pero en su frente no se formó una sola arruga- Una de las muchas ventajas de haber muerto tan joven.

-¿Cuál es el problema?

-El chico. Está… Diferente. Como si…-calló nuevamente.

-¿Cómo si qué?- la vampira contuvo las ganas de gritar. Hace unos minutos no había manera de cerrarle la boca, y ahora parecía que le doliera pronunciar palabra alguna.

-Ya no es de todo humano, querida. Parece estarse convirtiendo en vampiro.

Se puso en pie de un salto, sobresaltando- incluso- a su séquito.

- ¿¡Cómo es eso posible?!

-No estoy seguro. Cuando desperté, ya los tres estaban dentro de la cabaña, y eso no fue hasta horas después.

-La gente no se convierte en vampiro sin más, Stanislav- espetó la mujer, cruzándose de brazos- Tendrás que averiguar lo que pasó.

Él asintió.

-Para eso tendrás que volver con los cazadores- El hombre hizo una mueca de desprecio.

-Esos niños no pueden considerarse cazadores- ella sonrió ante sus palabras.

-Pero lo son, querido. Han hecho cosas horribles a los de mi especie- sonrió más todavía, la crueldad brillando en sus ojos como una amenaza latente- al igual que tú, quien, por cierto, demuestras tanta estupidez como ellos al venir aquí.

Al hombre no se le escapaban las miradas de odio de los compañeros de la vampira. De hecho, lo más probable es que varios de ellos hubieran perdido a alguien gracias a él.



Nikky Grey

Editado: 15.10.2019

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