Regrésame la vida

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Capítulo XIII

Conozcamos un poco más a nuestra misteriosa protagonista, ¿les parece? Después de todo, no siempre fue lo que es ahora...

Capítulo XIII:

Donde el pasado y el presente se vuelven uno:

Sara sólo se había enamorado una vez.

Es extraño pensar que aquella vampira enigmática, de acciones incomprensibles, intensiones dudosas y laberínticos misterios repletos de neblina, había llegado a ser humana una vez, y no era, como los cazadores creían, una escultura viviente de alabastro, mortífera y hermosa, pero vacía.

Sin embargo, lo había sido. No una heroína, ni una princesa, ni un mártir. A decir verdad, no había sido nadie particularmente importante, y poseía menos secretos de los que la gente pensaba. Sara había sido una humana común y corriente, y como todos los humanos, había conocido el amor.

Y como todas las adolescentes que se enamoran por primera vez, desde la primera hasta la última, del principio al final de los tiempos, había creído verdaderamente que el romance duraría para siempre, pero como Sara aprendió tiempo después, para siempre es mucho tiempo, incluso para los mortales.

No, decir que es mucho tiempo es abstracto, trillado e impreciso. Para siempre es una moción absurda, y ahora ella lo sabía. Una manera simple y hueca de concluir una bonita historia, un bonito alegorismo que evitaba entrar en detalles que nadie quería escuchar. Para siempre podían ser veinte, cincuenta, cien años y podía ser un segundo, un parpadeo, un latido del corazón. Erróneamente, sigue siendo confundido con la eternidad, y por un breve periodo de tiempo- y eso es lo que en este momento importa- había parecido que, en efecto, la eternidad estaba a sólo una corta caminata en vestido blanco.

Él se llamaba Seth, y era escandinavo. Había viajado a Barcelona en busca de un sueño inalcanzable que lo martirizaba desde la infancia, lo desvelaba desde la juventud y se apoderaba de él ahora hecho un hombre. Poseía una voluntad indomable, y una pasión desenfrenada por obtener respuestas a unas preguntas que eran, incluso, más antiguas que la ancestral región de donde venía.

El destino quiso que hiciera parada en aquella cálida ciudad repleta de vida y dorada por el sol del Mediterráneo, y que, de la misma manera, terminara en uno de los tantos bailes del pueblo, sin pareja.

Sara, con dieciocho años, era todo lo contrario que se podía ser a la estereotípica damisela en peligro. Nunca pensó en el romance como una necesidad, a diferencia de la mayoría de las mujeres de su época- y de otras miles que vendrían. Para ella, el amor era una aventura, una de muchas en su mente de niña, y como todas las demás, cada una ocurriría a su tiempo. Venía después de muchas cosas en su larga lista de sueños, puesto que, para encontrar al indicado, primero tendría que encontrarse a sí misma.

No era una rebelde, pero tampoco una conformista. Era una de esas jóvenes contradictorias, de mentalidad aguda y comportamiento refinado, tan pasivamente agresivas, tan enigmáticamente atrayentes, que, sin darse cuenta, capturaban las miradas de todos a su alrededor.

Seth no fue la excepción. Su primer encuentro casi parecía sacado de la mejor novela romántica. Él bailaba con alguien en ese momento, una de las tantas jóvenes sin nombre que le habían sido presentadas, y a quienes se había visto obligado de invitar a bailar por cortesía. Ella, al otro lado de la plaza, conversaba animadamente con otro chico, demasiado parecido a ella como para ser confundido con un pretendiente- y, como le dijo después, poco habría importado si lo era.

La canción terminó, y Seth aprovechó la oportunidad para excusarse con su pareja y caminar hasta el otro lado del salón, donde el hermano de Sara acababa de despedirse de ella.

Sara, con la mirada perdida en las personas que bailaban y siguiendo el ritmo de la música con el talón, no se dio cuenta de que alguien se acercaba a sus espaldas, hasta que sintió la mano de la persona en su hombro, sobresaltándola.

Al ponerse en pie de golpe, sintió como algo chocaba contra su codo, y  la figura detrás de ella gruñó. Ahogó un grito al darse la vuelta, mientras un hombre de cabello rubio y facciones duras se llevaba una mano al estómago, jadeando.

-Sí que sabe cómo dejar a un hombre sin aliento- dijo con voz ahogada, sonriendo.

-Lo siento, me ha sorprendido- fue todo lo que ella consiguió decir, haciendo una humilde reverencia. Él levantó la mirada, y los ojos cafés se encontraron con los negros.

Entonces, pasó.

Sara recordaba pocas veces en que se hubiera ruborizado, pero aún podía recordar el calor en sus mejillas en ese momento, y como se le había puesto la mente en blanco de golpe, incapaz de pensar o formar alguna palabra coherente. Fue como si el resto del mundo desapareciera, como si nunca hubiera existido.



Nikky Grey

Editado: 15.10.2019

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