Reina Efímera ©

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Un Guardian

¡Qué podía ser peor! Secuestrada a unos días de ponerle fecha a mi matrimonio. Aún en mi corazón albergaba inútilmente la esperanza de que algo cambiara el curso de mi vida, de que no lo hubiera perdido todo. Mis primeros pensamientos, al sentirme consiente.

Sentía el cuerpo pesado, me dolían las manos y había un poco de frio. Quería abrir los ojos, pero aún estaba aferrada a la esperanza de que todo hubiera sido una pesadilla, me sentía frágil y muy sola, tomé el valor desde muy dentro de mí y con mucho miedo abrí los ojos. 

Estaba acostada en un espeso herbaje, todo a mi alrededor era verde en diferentes matices, grandes troncos, y arbustos, un lugar extenso húmedo y desconocido para mí. El sol alumbraba con toda su refulgencia donde la vegetación se lo permitía. El aire soplaba débilmente, pero era gélido. Con cuidado me recosté, todo indicaba que estaba sola, totalmente desamparada en ese desconocido lugar.

Al sentarme bien, y sobarme los ojos, vi la sabanilla a mi lado la misma con la que me había cubierto mi secuestrador al sacarme de mi alcoba, mi corazón brincó como loco, en cuanto la vi, pude comprender el dolor en mis manos, ese dolor enmudecido que me había hecho sentirme consiente, mis manos tenían las marcas de la cuerda con la que me había amordazado, el tono rojizo y morado enmarcaba las muñecas de mis manos adoloridas. 

No tenía ideas claras de que hacer, tan solo esa agónica sensación de sentirse perdida del todo y de todos, me puse de pie y mis pies descalzos sintieron el forraje de la espesa hierba haciéndome cosquillas en la piel, una sensación nueva para mí. Mi vista se fijó al frente y todo era idéntico, árboles imponentes, helechos, musgo y herbaje grueso por doquier. Tragué saliva, y me toqué el pecho al sentir el golpeteo martillante de mi corazón contra mis costillas. Desde el fondo de mi alma quería tranquilizarme para pensar con claridad, pero la angustia era tan sofocante que no pude calmarme.

Mis manos temblaban, me acomodé los mechones alborotados de mi cabello medio sujetado por una coleta. En contra de mi voluntad sentía un nudo en mi garganta crecer cada vez más, el sentimiento de desasosiego me inundaba completamente, avistaba todo observando exactamente la misma naturaleza a donde sea que mi vista se fijaba, desesperada me di la vuelta y en mi agónica búsqueda de encontrar algo, algo que me ayudara a buscar ayuda o al menos saber dónde estaba, mis ojos parecían engañarme, alguien cubierto por la cabeza y media parte del rostro estaba a una distancia prudente, recostado sobre un tronco de un ancho roble, su mirada estaba anclada en mí, era como si ni siquiera parpadeara, toda su indumentaria era rústica en cuero oscuro. Incliné la mirada muy asustada, por un instante quise convencerme que, en toda esa angustia, quizá todo se trataba de una invención de mi astuta imaginación. Cerré los ojos y respiré profundamente, pero al alzar mi vista el mismo ser se encontraba allí y está vez ya no tenía cruzados los brazos. Fue entonces donde no supe que era peor, si estar sola, o vigilada por ese extraño. Mis ojos lacrimosos se encontraron con los suyos, su mirada tenía un encanto sutil quizá por ese tono añil profundo, que infundían gran serenidad y belleza. Su mirada me cautivó, tanto que me quedé petrificada observándolo intentando descifrar sus pensamientos. 

Sin parpadear se acercó a mí sigilosamente mientras sentía el pecho a punto de abrirse por los pálpitos descontrolados de mi asustadizo corazón, sentía mis piernas pegadas al suelo, en instantes lo tenía frente a mí y distinguí lo alto que era, mi rostro llegó a su pecho a duras penas, sus manos también estaban cubiertas por guantes oscuros de cuero, con delicadeza acercó sus manos a su rostro y se quitó la máscara y luego deslizó la capa de su cabeza. 

Todo ese miedo quedó obstruido ante la sorpresa la cual fue evidente en mi semblante, al verlo al descubierto. Las fracciones de su rostro eran realmente delicadas y muy bien armonizadas en cada parte, un rostro masculino esculpido con gran empatía por parte del Creador, parecía uno de esos seres con los cuales uno de vez en cuando imagina que puede ser un ángel, su aspecto era dócil, hermoso y fuerte al mismo tiempo, su piel era tersa y daba la seguridad de que era suave y perfecta como si jamás el sol hubiera dado un baño de luz ante esa delicada piel, aunque el claro en esa parte del bosque lo iluminaba perfectamente, su castaño cabello le llegaba a los hombros. Lo avistaba sin creer que hubiera sentido tanto miedo al verlo a la distancia, de cerca me parecía realmente toda una fortuna tenerlo frente a mí. 

― Qué bien, Princesa, Alexia, ya despertó ― 

Su voz al decirlo resonó en mis oídos, tanto por el precioso tono soprano que tenía como por el saludo que había dado. Abrí los ojos a más no poder. 

― ¿Usted me conoce?

El misterioso y atractivo caballero inclinó la vista un momento y fue entonces donde mis ojos siguieron inspeccionándolo, un abrigo grande y pesado de cuero lo cubría desde los hombros hasta por debajo de la rodilla, las botas altas le llegaban casi al borde del inmenso abrigo. Estaba muy bien tapado de modo que se podía ver tan solo el pesado tabardo y dos cintos de cuero atravesando su pecho. Alzó la vista, y una vez más me cautivó su preciosa mirada.



Sunny Black

Editado: 05.06.2018

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