Reina Efímera ©

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Con familia

Pensando me quedé dormida. Al cabo de un tiempo, abrí mis ojos sintiéndome mucho más reconfortada y vi un plato de comida sobre la mesita. Se veía apetitosa y el aroma era delicioso, junto al plato había una pequeña jarra con un vaso. Inmediatamente, devoré el plato de comida. Cuando terminé bebí el agua sin verterla en el vaso. Me puse de pie y me dirigí hacia la puerta. Al salir de la habitación, vi un pasillo angosto que daba hacia otra puertecilla, todo el pasillo tenía candelabros que la iluminaban. Caminé hasta llegar a la puertecilla que quedaba en el otro extremo, noté que estaba entreabierta, la abrí completamente y salí del pasillo. Al otro lado había una pequeña habitación de recibimiento con grandes ventanas cubiertas de una tela oscura, y vi que en uno de los sillones estaba el abrigo de Jon. Volteé a ver a todos lados esperando verlo, pero no estaba allí, tenía demasiado por decirle. Vi que del lado izquierdo había otra puerta, pero ésta estaba totalmente abierta. Me dirigí hacia ella, divisé que del otro lado había un enorme patio con caballerizas al fondo y una especie de corral, donde dentro de sí estaba un hermoso caballo negro trotando alrededor del mismo. Me acerqué hasta verlo a una distancia muy corta. 

Pero, luego de contemplarlo un momento, sentí que había mucho frio. El caballo se detuvo y se dirigió hacia a mí, me quedé inmóvil, se acercó sobrepasando su altura a la cerca y me vio fijamente. Al instante lo reconocí, era el mismo caballo que Jon tenía al llegar. Subí lentamente mi mano, hasta tocar su cabeza, su crin era sedosa y suave. Le sonreí, a lo que él respondió con un relinchido amistoso.

― ¡Es una suerte que tú no seas un grosero como tu dueño!

―No debería estar afuera, sin un abrigo puesto― Susurró una voz varonil que me estremeció.

Al voltear a ver, vi a Jon, quien usaba un sombrero. Su mirada era muy profunda y atrayente. No podía apartar mis ojos de él. Cada vez que lo veía, notaba más cuánto ejercía su belleza en mí. Él me veía con respeto y con una seriedad absoluta, lo cual me hizo reaccionar.

―Sí, pero lo olvidé lo dejé adentro, por eso no tengo un abrigo puesto― Le contesté tartamudeando disimulando todo lo que me hacía sentir.

―Cuando ya está por amanecer el frio es más intenso… (Pero lo interrumpí)

―… ¡Espere! ¡Espere! ¿Está por amanecer?

―Sí, así es― 
Contestó pacientemente y su mirada apacible me veía fijamente. 

Me había quedado dormida, toda la tarde y casi toda la noche. Me sentía desconcertada Estaba por hablarle, pero tuve que apretar los labios.

― ¡Buenos días! ― Saludó una voz femenina alegremente.

―Buenos días, señorita― Respondió Jon.

Volteé a ver quién era la vocecita feliz, y sin duda alguna se trataba de Inés.

―Me imagino que ya tiene hambre, ¿verdad? Por qué no comemos, el desayuno está listo.

―Muchas gracias, señorita. Después de usted― indicó Jon cortésmente.

Yo en cambio la vi con desprecio. Y claro, Jon lo notó al instante. 

―Ana, ¿vamos a comer? ― Me preguntó, Jon, de la misma manera en que le había contestado a Inés. Pero su mirada me decía claramente que aceptara.

―Está bien. ― Le respondí resaltando el mal gusto que sentía por ir a comer con ella y suspiré profundamente.

Ella vio a Jon con un deseo indisimulado lo cual me incomodó.

Jon le devolvió una sonrisa. Ella se dirigió hacia dentro de la casa y nosotros la seguimos. Al entrar nos llevó a la cocina donde había una mesa no muy larga y sobre ella comida servida.

―Se ve delicioso, muchas gracias señorita― agradeció Jon, sentándose y tomando posición para empezar a comer.

―Espero que sea de su agrado, Jon― 

Una mirada de agradecimiento fue precedida por Jon y empezó a comer. En cambio, yo había perdido el apetito y de igual manera había engullido el plato de comida que había encontrado sobre la mesa. Al instante, entró un joven alto delgado pelirrojo, atractivo y de piel clara que sonrió al vernos sentados junto a la mesa.

―Buenos días. ―Dijo saludando con alegría a todos, pero su vista se clavó en mí.

― ¡Buenos días! ―Expresamos todos al unísono.

El joven se sentó y en cuanto vio a Jon, lo vio perplejamente, poniéndose de pie de inmediato.

― ¿Jonah? Eres tú, increíble. 

Jon alzó su preciosa vista, e inmediatamente se puso de pie, también. No contestó nada, pero se estrecharon de brazos amistosamente.

―El tiempo no pasa para ti, me alegra verte amigo.
El joven recién llegado aún estaba atónito. 

―Lo mismo digo― Respondió Jon sentándose de nuevo felizmente. Fue raro ver a Jon más relajado y feliz.
Joaquín fijo luego la mirada en mí abriendo sus ojos a más no poder.

― Es, ¿Es tu novia? Por fin…

Me sentí tan apenada que me sonrojé, la vista del joven recién llegado parecía incrédula aun viéndome.  Jon enseguida lo interrumpió.



Sunny Black

Editado: 05.06.2018

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