Reina Efímera ©

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Con cuidado

En mi vida todo era monótono, siempre lo mismo. ¡Quién lo diría! Tan lejos de casa y de esos muros que siempre me protegieron de lo desconocido. Todo aquello que desprecié, que humillé se había convertido en mi propio entorno. Nada parecía tan malo, confieso que parte de todo lo que ocurría no era tan desagradable, claro al lado de mi custodio, parecía tolerable. 

Esperé un rato, antes de salir, no quería que creyera que lo quería espiar o algo por el estilo. Cuando dejamos la habitación aún no había amanecido. Por la ventana las luces del sol, las primeras de la mañana se deslizaban con suavidad por dentro de la habitación. Salí, recorrí el pasillo con intención de ir a la cocina. 

Al asomarme a la entrada, vi a Doña Marcela, estaba ocupada preparando el desayuno, el aroma que rodaba por todo el lugar era exquisito, me gustó mucho verla, me recordaba a mi querida Sarbelia. Percibió mi presencia, y se volvió a mí con una sonrisa, pude ver arrugarse las comisuras de sus labios.

―Hola Ana, hoy has despertado muy temprano.
Le sonreí abiertamente.

―Hola, si creo que es bueno apreciar la hermosa mañana.
Asintió con la cabeza fascinada ante mi comentario. Siendo honesta jamás le había dado tanta importancia a un amanecer, todo allí contribuía de gran manera, todo me hacía ser de a poco distinta. Se dio la vuelta y buscaba algo con esmero. Quería ayudarla, pero no sabía de qué modo preguntárselo, nunca había ofrecido mi ayuda a alguien.

―Ana disculpa mi atrevimiento, ¿podrías ir por unos huevos a la granja? 

―Por supuesto. 

Adivinó mi intención. Alcé la vista, y del otro lado de un pequeño anaquel vi el cesto. Lo tomé y me dirigí a la granja. Di la vuelta del lado del cercado para no ensuciarme los zapatos con el fango, estaba por ingresar, pero oí una voz hablar, me quedé detrás del pórtico, no sabía qué hacer, no sabía si irme o entrar. 

― ¿Otra vez Inés? 

Claramente podía saber que se trataba de Joaquín, se escuchaba un tanto irritado al hablar.

―No sé de qué hablas. 

―No puedo creer que sigas con eso, si no cambias de actitud Inés, no me queda más que pedirle a Jon que interceda.
Con cautela me asomé a la entrada de modo que pude verlos.

La cara de Inés de pronto palideció, hablaba con ella.

― ¿De qué hablas?

―Es que ya no sé cómo hacer para que lo entiendas. ¿No has pensado que eso puede volverse contra ti? Quiero evitarte algo grave, así que…

― ¡No! Sé que a ti no te agrada, Joaquín, te juro que no es nada malo solo intento protegernos.
Joaquín apretaba la mandíbula muy inconforme.

― No, Inés, no te creo. Lo siento, pero no encubriré más algo tan…

Ella se acercó a él y lo abrazó.

―Lo siento, Joaquín. Por favor, no le digas nada a él, no seguiré más con esto.

Su voz suplicante de algún modo afectaba a Joaquín. La rodeó con sus brazos y le dio un beso en la frente.

―De acuerdo, Inés, pero te recuerdo que, si se da una próxima vez, no me tomaré la molestia de consultártelo. 

Era increíble ver realmente cuanto se apoyaban el uno al otro. Un profundo sentimiento de melancolía me abrazó también.

 

― ¿No le han dicho que es de muy mal gusto escuchar conversaciones ajenas? ―

Me estremecí de pies a cabeza al escuchar en murmullos su voz.

―No escuchaba nada, solo vine por algo que me pidieron, pero creo que no podré― Respondí, lo más quedito que pude.
Observó la canasta en mis manos. 

―Necesito que me acompañe.

Me desconcertó tanto que una vez más no alegué en lo absoluto, solo lo seguí. Fuimos del otro lado, y había un pequeño granero. Tomó un puñado de semillas de maíz en un saco. Volvimos a la granja y cuando Jon entró Inés y Joaquín ya no estaban. Nos acercamos a los corrales de las gallinas. 

―No es complicado, le mostraré― Dijo llevando unos granos de maíz en las manos.

Dio los granos de maíz a la gallina mientras tomaba los huevos, y repitió el mismo proceso con todas las gallinas hasta terminar. Lo vi con desconcierto, pero él me dio el cesto con todos los huevos recolectados.

―Ahora, ya sabe cómo―

Se la recibí con los ojos muy abiertos. 

―A, por cierto, espero no encontrarla espiando, ¡Qué manías las suyas! ― Agregó.

Lo veía mientras se alejaba. Fui imposible contener una pequeña sonrisa. Le agradecía profundamente su ayuda, sin él seguramente Joaquín e Inés habían notado mi presencia y me habría metido en tremendo lío.  Una vez más me dejó en claro que sabía más de la cuenta, en ningún momento él vio lo ocurrido con Inés y la recolección de huevos, pero igual se lo agradecía.

Fui a la cocina y dejé el cesto sobre la mesa con los huevos recolectados. Allí ya estaba Inés, ayudando con el desayuno a Doña Marcela. Ella me sonrió amablemente. 



Sunny Black

Editado: 05.06.2018

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