Reina Efímera ©

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Todo cambia

Todo en la comida transcurrió con normalidad. Comimos, aunque en verdad, mi mente aun meditaba aquella conversación, la misma de Inés y Joaquín en la granja. Quizá por primera vez desde que habíamos llegado ya no le ponía atención a lo que parloteaban en la mesa.

Después de comer, todos nos apartamos de la mesa. Me quedé al lado de Doña Marcela quién con gran cariño me ayudó con el aseo de la pequeña cocina, yo solo sostenía un trapo viejo con el cual intentaba sacudir las migas de la comida sobre la mesa, recordaba que así lo hacían las muchachas de aseo en el comedor, en el inmenso comedor del castillo. El resto lo hizo ella muy bien, quizá por su manera de hacerlo o su manera de sonreírme, puse mucha atención a lo que hacía, supe que en otro momento podría ayudarla con más esmero. 

―Ana, ¿alguna vez has preparado pan de maíz?

Me alarmó su pregunta, a duras penas conocía los granos de maíz, de hecho, los había conocido momentos antes gracias a la intercesión de Jon en los corrales con las gallinas.
Sacudí la cabeza en señal de mi poco conocimiento en las destrezas de la cocina. Ella sonrió parecía adivinarlo todo por la cara que tenía en ese momento.

―No te preocupes, hoy lo haremos juntas, si te sientes con ánimo de aprender.

Hubo una mezcla de asombro y de curiosidad en mí semblante en cuanto me habló en un tono amable.

―Sí, me parece bien.

―Me alegra. Ana siempre que quieras cocinar, no olvides que se debe hacer con dedicación y con amor, solo de esta manera todo lo que inicies será un triunfo, te darás cuenta que la práctica te dará la perfección al hacerlo.

Logró tomar toda mi atención.  Con gran dedicación me explicaba cómo hacer ciertas cosas al cocinar. Fue de mi entero gusto aprender y escucharla. Toda aquella aversión que le sentía al hecho de ayudar fue disminuyendo, no parecía tan complicado cocinar, hasta sentí cierta alegría y convencimiento que ayudar era tan placentero como ser servido. Me ensimismé completamente en lo que hacíamos.

Pasamos juntas hasta la comida de medio día, que cuando volvimos a comer por la tarde, sentí como si el tiempo jamás hubiera pasado tan deprisa. 

Me sentía satisfecha con lo que estaba aprendiendo, en verdad me convencí de lo divertido y hermoso que era cocinar. Nunca me hubiera imaginado lo mucho que me encantaba.
Joaquín no dejó de alabar la comida, mientras que Inés parecía indiferente a los cumplidos de su hermano. Jon siempre con esa ataraxia, parecía exento a cualquier cosa o comentario. Podía ver un cierto resentimiento en Inés hacia mí, no estaba acostumbrada a lidiar con ese tipo de comportamientos. Una vez más comieron y a cómo llegaron nos dejaron de nuevo en la cocina a mí y Doña Marcela, por lo que se me ocurrió mejor ir a dar un paseo afuera al lado de la cerca que dividía la casa con el bosque.

Me encaminé hasta la granja, llegué en poco al cercado y me recosté sobre las anchas sucesiones de madera.
Todo en el castillo era refinado, ostentoso, elegante, muy opuesto a lo que veía ahora a mi alrededor, pero había cierta belleza y simpleza que era imposible de no contemplar, no tenía un batallón tras de mí, sirviéndome o la presión de mí padre, por lo que resultaba hermoso y muy placentero apreciar lo que tenía a mi alrededor. Por un instante me puse a pensar, ¿qué hubiera sido de mí, si mi padre no hubiera sido un Rey? Quizá viviría así. La idea resultó agradable. Solté una sonrisa, que fue más un síntoma de mi aceptación ante a esa posible realidad. 

Mi tranquilidad pasó de lado, en cuanto escuché un relinchido escandaloso. Al volverme atrás, vi a Inés trepándose en el corral donde estaba el caballo que le pertenecía a Jon. Inés parecía muy decidida a montarlo. Estaba más loca de lo que yo misma pensaba. El inmenso caballo, evadía su presencia, se arrinconó a una esquina, pero Inés seguía en el intento. Podía entender lo incómodo y lo asustado que se sentía el fuliginoso caballo, pero a Inés parecía no importarle, se acercó hasta acorralarlo en una esquina. 

―Tranquilo, por favor no te haré daño―
 

Oía su voz intentando calmarlo, con sus manos alzadas.
Jon salió de la granja, con el ceño fruncido. Y al verla avanzó a toda prisa corriendo, trepó el corral con una sagacidad increíble. 

―Señorita Inés no insista, no está acostumbrado a que nadie más que yo lo monte, podría lastimarla. 
Se encontraba a unos pasos detrás de su flacucha figura.

―No Jon, no es verdad. Sé que puedo hacerlo. 

Jon se acercó lentamente, hasta que logró treparse en su precioso caballo. Le sobaba el lomo, y le susurraba a la oreja, parecía ser más amable y cariñoso con un caballo que con una persona. En instantes todo volvió a la calma. Inés estaba como yo, sorprendida ante la labor de Jon. 

No satisfecha con lo que había hecho, se aproximó hacia a Jon, y alzó la mano queriendo tocar al caballo. Jon se lo permitió, pero en cuanto ella dejó de acariciarlo, lo apartó de ella. Hizo que el caballo diera la vuelta, hasta entonces la ayudó a subir a su lado. Una furia indescriptible se encendió dentro de mí al verla sonreír a su lado, Jon la paseaba por todo el corral, pero él se mantenía serio y evasivo todo el tiempo. La bajó del caballo con cuidado.



Sunny Black

Editado: 05.06.2018

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