Reina Efímera ©

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Noche de Fiesta

Jon solía ser muy educado, atento, pero siempre distante, frío. Estaba al pendiente de mí sin comprometer mucho su presencia. Me ayudaba siempre incluso cuando ni siquiera recordaba haberlo visto, él parecía saberlo todo. Así se fueron pasando los días, mostrándome como hacer cada una de las labores, estar cerca de él me hacía sentir segura tanto que me fui adaptando a pesar de haberme dicho que nos iríamos, pasaron varios días. 

Escuchaba las murmuraciones de Inés todo el tiempo, parloteando sin parar sobre la Fiesta de Acción de Gracias al Príncipe. 

En particular, sentía mucha curiosidad por esa celebración, quería asistir, pero no podía escaparme, sin remedio alguno debía esperar a ver que me traería el destino.

― ¿Necesita que le traiga agua? ― Preguntó antes de marcharse de la habitación.

―No, gracias Jon. Ya traje un poco.

―Bien, descanse― Mencionó abriendo la puerta.

Odiaba las tareas domésticas, pero Jon permanecía siempre atento. Ya sabíamos que tareas hacíamos cada uno, y a mí se me había vuelto hábito llevar una jarra con agua a la habitación.

― ¿Jon?

Se volvió a mí amablemente. 

―Hoy es la celebración de Acción de Gracias al Príncipe, ¿verdad?

―Sí, princesa. 

― ¿Usted no irá?

Respiró profundamente. Se quedó a un lado de la puerta, la cual estaba cerrada, tenía puesta una camisa de lino, floja, se enmarcaba su buen cuerpo, aunque tratara de ocultarlo, pantalones ajustados y botas altas. Parecía pensativo o mortificado.

―No, es mejor que no. Puede ser peligroso, no puedo dejarla.
Enseguida tocaron la puerta impacientemente. Jon abrió la puerta.

―Hijo, no me digas que no irán a la celebración.

―Doña Marcela, es mejor que nos quedemos. Pero pueden ir ustedes yo me encargaré de cuidar la casa mientras no están, Ana se quedará conmigo.

―Claro que no, hijo tú no eres un criado. Hoy es un día especial, es un día para dejar de lado lo que hacemos siempre, te hará bien divertirte un momento y sé que a Ana le gustará. Estoy segura de que ella, no ha ido antes.
Se me iluminó la vista, que agradecida me sentía al destino. Al instante entró Inés y Joaquín.

― ¡Vamos, Jon. ¡Siempre íbamos, no podremos ir sin usted! Vamos― Exclamó Inés animándolo.
Jon no se hizo de rogar más, inclinó su vista pensativo.

―Bien, pero regresaremos a una hora prudente, no nos quedaremos hasta tarde. 
Inés aplaudió felizmente. 

―Ven, sé que puedes usar― Mencionó Joaquín sonriendo dirigiéndose a Jon.

Doña Marcela se acercó a mí. Entregándome un hermoso vestido. 

―Todos espérennos afuera, ayudaré a Ana a vestirse. 
Antes de que todos salieran de la habitación, Jon se mostró de acuerdo, asintiendo con la cabeza positivamente, luego todos se marcharon.

―Creo que se te verá muy bien― Mencionó amistosamente sentándose sobre la cama.

―Se lo agradezco mucho, es muy lindo.

Me sonrió muy complacida. Se dio la vuelta para que yo pudiera colocarme el vestido. Me lo puse sintiéndome de un modo distinto, era un vestido muy bello, de un color celeste, podía saber que me lo había dado con mucho cariño.

― ¡Creo que me queda perfecto! ― Susurré en cuanto lo tuve puesto.

Ella se volvió a mí, ayudándome a acomodarlo.

―Te ves muy bien. Creo que Jon tiene una hermana muy linda.
Le sonreí apenada.

―Jon es una persona buena, tiene un corazón muy grande, es generoso y nunca se abstiene de hacer el bien, me pareció más que un detalle, es una muestra del inmenso agradecimiento que le tengo. Él es más que un hijo para mí, es alguien muy querido. Sé que tiene sus razones con respecto a ti, pero créeme sé que te aprecia y mucho. 

Sus palabras me dejaron pasmada, era como si intentará decirme o darme a entender algo más. Me quedé fascinada, Jon, al parecer era más que una buena persona, en especial conmigo.

Casi siempre me recogía el cabello en una coleta. Doña Marcela desató mi cabello cepillándolo dulcemente, por un momento hizo que recordara a mi querida Sarbelia, sentí una gran nostalgia. Tomó mi cabello y me hizo un hermoso peinado, con una trenza de varios mechones, adornándolo en el inicio con flores de color amarillo.

―Bien, estás lista― 

Con dulzura me abrazó.

Su abrazo me hizo sentir muy vulnerable, pude sentir el calor de una madre en ella.  Mis ojos parecían pocitos llenos de agua. Cuando ella notó en mi cierta fragilidad me abrazó más fuerte, no pude quedarme así, la abracé del mismo modo.

―Se lo agradezco mucho, gracias por todo. 

Ella me sonrió dulcemente, y salimos de la habitación. Cuando llegamos a la sala de estar, todos estaban allí sonriendo y conversando alegremente. Al verme se pusieron de pie. 

―Bien ya podemos irnos― Indicó Doña Marcela, llevándome del brazo.



Sunny Black

Editado: 05.06.2018

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