Reina Efímera ©

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Mi primer regalo

Abrí los ojos, viendo con amplitud el inmenso cielo, ese maravilloso tono celeste claro y algunos nubarrones en su extensa perspectiva. Descansaba cómodamente, observando el cielo, mientras sentía avanzar. Moví la vista y observé su fornido pecho cerca de mi cara, alcé lentamente la mirada hasta encontrarme con su mandíbula apretada observando hacia el frente. 

Incliné la vista de prisa, entendiendo que me llevaba acomodada en él. A pesar de ir trepados en el caballo, descansaba cómodamente en sus fuertes brazos.

—¿Cómo se siente? Su voz me hizo volver en sí.

—Mejor, Jon— Contesté de forma arrebatada. 

Me moví despacio tratando de acomodarme fue entonces que sentí sus brazos soltarme.  

—Lamento mucho que haya presenciado un combate real, la primera vez siempre es muy fuerte y desagradable para la mente y la conciencia. No tuve mucha opción, he evitado que vea algo así todo el tiempo.

Doblé el cuello para verlo, me observaba fijamente, me encantó poder ver sus ojos añil al pendiente de mi mirada.

—No sé cómo pasó, es decir, no creí que hubiera personas rondando el bosque y menos que fueran a atacarme.

—¿No la lastimaron?

Pude notar cierta preocupación en su pregunta.

—No, Jon, creo que llegó en el momento justo.

Esbozó una sonrisa preciosa.

—Me alegra.

Aún me sentía un poco contrariada no podía creer que dejará de lado un poco toda aquella seriedad. Le sonreí más animada, de pronto observé un abrigo grueso colocado en mis hombros.

—Tuve que ponérselo, olvidó vestirse.

Su mirada se posó en mis hombros, por un momento me dejó sin palabras, al ver mi rostro contrariado, volvió su vista al frente.

—Nos detendremos aquí, supongo que ha de estar hambrienta— 

El caballo corrió velozmente a una inmensa pradera, su llanura perfecta robaba la vista, tenía varias colinas no muy empinadas, y su suelo era mejor y más fácil de transitar que los anteriores bosques espesos. El caballo se detuvo al lado de un alto cipariso. Jon fue el primero en desmontarse. En el lomo el caballo llevaba atadas varias cintas de cuero, con bolsos anchos, de uno sacó varios frutos, y de otro un vestido. Se acercó a mí y con sutileza me entregó el vestido. 

— Vístase, por favor—Ordenó amablemente.

Se lo recibí aun trepada en el caballo, me dio la mano y logré bajarme de un salto gracias a él. Rodee el caballo y me lo coloqué lo más pronto que pude, al asomarme Jon estaba allí de pie, al verme hizo que le recibiera varios frutos rojos. 

—Gracias Jon, pero de verdad me siento bien—

No me sentía hambrienta, aunque si lo hubiera estado hubiera preferido no comer aún.

—Que bien, pero es necesario que se alimente, nuestro camino aún es largo, debe comer.

Se dio la vuelta y se recostó en el tronco del aciprés. 

Estaba un poco desconcertada aún ante su repentina amabilidad, quizá trataba de distraerme de aquel horrible suceso.

Comprendí que Jon era un excelente combatiente, tenía las habilidades necesarias y mucho conocimiento. Todo tenía sentido, mi padre una vez más no se equivocaba ante una de  sus decisiones, no podía existir alguien tan bueno como él para protegerme. 

Jon tenía la vista fijada en la inmensidad del tono verde claro que se difundía hasta limitar con el espacioso y precioso horizonte. Su rostro no se veía enmarcado por aquella seriedad absoluta, lo veía más relajado y un poco pensativo.

Me acerqué a él, evitando romper aquella tranquilidad en el ambiente y en su imperturbable mirada que aún seguía inmóvil observando tan impresionante paisaje. Me senté sobre el follaje colocando los frutos en mi regazo, al alzar la vista Jon, posó su vista en mí. Rara vez Jon me veía a los ojos, pero cuando lo hacía sentía que mis mejillas se encendían, para evitar mi nerviosismo preferí conversar.

—Jon, ¿Qué son estos frutos, como se llaman?

Echó un vistazo a mi regazo, se volvió a mí con una mirada profunda y denotando su escepticismo ante mi pregunta.

—Su padre dijo que nunca se negaría a comerlas, eran sus favoritas de niña,  son manzanas.

Le clavé la vista asombrada.

—Creo que no recordaba haberlas comido antes, pero sí me gustan mucho.

Una suave sonrisa se dibujó en sus labios rojos. Aunque pareciera raro nunca antes las había comido, aunque si las veía muchas veces en los festines de comida de mi padre.

—¿Usted trabaja para la guardia, ¿verdad? — Pregunté sabiendo que su respuesta sería positiva.

Me sentía más animada a seguir conversando ante su amable actitud y su buen humor, y al notar su eficiencia en combate, entendí lo lógico que resultaba no haberlo visto antes, nunca le ponía atención a la guardia, ni a los custodios.

 El aire soplaba con suavidad, me encantó ver el aire jugueteando con sus mechones de cabello castaño ondeado. Inclinó la mirada y luego me vio fijamente.



Sunny Black

Editado: 05.06.2018

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