Reinos de Niebla y Sombra

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Capítulo 2 - Una sola cortada

12 de Yultem, año 567

14 años después…

Al filo de un edificio, la silueta de un asesino se erguía en la oscuridad de la noche, inmóvil y sereno,  como un fantasma que espera a que las almas del mundo se entreguen a la muerte.

A sus pies, la ciudad capital en calma, silenciosa como una tumba, como un río de sombras observándolo desde la lejanía. Pero la mirada cortante del asesino estaba puesta en la mansión de torres encuadradas que se alzaban frente a él, ciñéndose por encima de un barrio acogido por una borrasca de nieve y jirones blancos bailando en espiral a lo largo de las calles negras. La había observado mucho tiempo, conociendo casi a la perfección lo que había dentro de sus muros.

Las luces se habían extinguido, los últimos murmullos de la ciudad habían muerto, entonces, Gillean Gremor tomó la noche para hacerla suya.

Su cabello, castaño y ligeramente ondulado, le orlaba la frente, y sus ojos, como dos trozos de esmeralda, brillaron inquietos al saber que la hora había llegado. Deslizó la capucha negra sobre su cabeza y cubrió la mitad de su rostro, ocultando sus rasgos finos y las orejas ligeramente puntiagudas que delataban lo que era: un semielfo.

De pronto, su alma estaba sedienta de sangre y muerte y, sin demorarse más, se encaminó rápido y sigiloso por el filo de los edificios atestados de nieve, hacia la modesta mansión de Lord Vanjeys, por solicitud del duque Wethgroy.

Gillean cruzó el muro de la mansión y se escabulló con prisa a través de la plazoleta que se anteponía a ella, bañada de una luz espectral que la hacía ver como un antiguo sepulcro. El viento azotó, gélido y cortante como una cuchilla, envolviendo la oscuridad y desapareciendo. Impasible y con una agilidad devastadora, Gillean trepó el robusto árbol de roble que crecía al lado de una de las torres de la mansión, con la amplia copa blanca elevándose más alto que los tres pisos de la vivienda del noble. El asesino se detuvo frente a una de las ventanas del último piso, rodeó una rama con ambas piernas y se sujetó con fuerza mientras forzaba la ventana sin mayor dificultad. La abrió despacio, lo suficiente como para introducir su cuerpo entre las hojas de vidrio, y solo se escuchó el leve crujir de los goznes al batirse. El viento de invierno se escabulló con él, y luego se extinguió en la habitación como una llama.

Se encontraba en el ala oeste, justamente en la biblioteca, una amplia y surtida biblioteca. Gillean se sintió tentado de lanzarse sobre los libros. Lord Vanjeys de seguro poseía libros que nunca podría encontrar en las librerías de la ciudad. Quiso hojearlos, o al menos deslizar la mano sobre las cubiertas, porque la estancia apenas ofrecía las débiles luces de la luna que atravesaban la ventana. Pero se contuvo; tenía trabajo que hacer y la noche seguía avanzando.

Se deslizó hacia la puerta del extremo y agudizó el oído; al otro lado había silencio, un silencio acogedor, tal como le gustaba. Cogió el pestillo y empujo la puerta con cuidado.

Al otro lado apareció un pequeño comedor parcialmente iluminado por un candelabro que se consumía en el centro de la mesa ornamentada, atestada de platos a medio acabar, botellas de vino, cuencos de pan y frutas… Las luces de las velas creaban sombras difusas que se escurrían por las paredes decoradas con cuadros y soportes para armas.

Gillean siguió caminando con pies de plomo. Su cuerpo estaba relajado, la respiración apacible… Su mano enguantada ansiosa por coger el puñal.

La siguiente puerta estaba entreabierta. La luz de la luna surcaba la ventana y descubría la ancha cama con dosel en la que Lord Vanjeys dormía, envuelto en un remolino de sábanas, sin siquiera soñar que un miembro de La Orden de los Asesinos deambulaba como una sombra mortífera a su alrededor.

Gillean avanzó silencioso, y por fin, con un deseo largo tiempo acogido, su mano rodeó el puñal, alzándolo por encima del viejo noble. Una sola cortada bastaría y el trabajo estaría hecho. Pero Gillean se encontró con algo que no contaba: descubrió que los bultos que formaban las sabanas estaban… vacíos.

Se le contrajeron los dedos y su frente se marcó en una arruga. No lo entendía; había vigilado la mansión parte de la noche y nadie había entrado ni salido de ella. La había vigilado varios días, aprendiéndose de memoria la aburrida rutina de Lord Vanjeys. Siempre estaba en la mansión durante la noche, nunca salía, pero la mente de Gillean resolvió una serie de posibilidades. A lo mejor se había ido a algún burdel como el viejo depravado que era, aunque había visto a menudo que las mujeres le brindaban sus servicios a domicilio. Gillean se espantó la idea, aquello no tenía sentido. No era posible que el viejo hubiese salido sin que él se diera cuenta.

Decidió revisar el resto de la mansión. No había un fin diferente para el viejo noble, debía morir esa noche tal y como el duque Wethgroy lo había pedido, de lo contrario, las cosas tendrían un fin diferente, sí, pero para Gillean.



Katie J. Santos

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Editado: 12.01.2019

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