Relatos de Guerra

Tamaño de fuente: - +

Capitulo 8: “Un vistazo no me matará”

Capitulo 8

“Un vistazo no me matará”

 

El agua está un poco turbulenta cuando llego al rio, no he decidido que hacer ¿Qué pasaría si alguien viene? ¿Y si los chicos se encuentran por algún lugar cerca de aquí? No toleraría desnudarme pensando que alguien está observando. Casi sin pensarlo, camino rio arriba, por minutos aguzo el oído y la vista en busca de algo que me parezca sospechoso y cuando creo que estoy segura me detengo.

En esta parte del rio hay bastantes rocas, y me parece perfecto, pues puedo aprovechar para restregar mis ropas en ellas. Dejo la mochila y la manta sobre el suelo, demorándome solo cuando saco la pequeña barra de jabón de uno de los bolsillos; parece increíble, pero no se ha roto en todo el tiempo que lleva ahí dentro ¿Quién hubiera pensado que un jabón duraría tanto tiempo? Después de todo, es un trozo de jabón que robé de la basura cuando seguíamos en la nueva Rusia.

Me quito los desgastados zapatos, dejándolos junto a mis cosas y, finalmente, me acerco al agua. Conforme camino mis medias se humedecen, al menos las partes en las que aún hay tela. Doy un respingo cuando meto el pie dentro y camino, sintiendo las piedrecillas bajo las plantas de mis pies, y empapando mi uniforme; me hundo cada vez más en el agua conforme avanzo. Mis pies se empiezan a entumirse y cuando mi espalda se impregna de las gélidas aguas mi cuerpo tiembla y se sacude espasmódicamente. Lo peor es que no puedo hacer nada, más que esperar a que mi cuerpo se acostumbre un poco a la temperatura.

Levanto los brazos y los dirijo hacia los broches que mantienen mi cabello sujeto, desenlazo la trenza y la deshago con los dedos. Lentamente los espasmos disminuyen, al igual que los temblores, hasta que estos se convierten en pequeñas sacudidas y temblores cada minuto. Tomo aire antes de zambullirme en el agua, sujetándome de las rocas más cercanas; por curiosidad, entreabro los ojos. Veo la superficie, el sol que no calienta en absoluto, las burbujas que escapan hacia arriba, llevando mí oxigeno consigo. Mi cabello parece una cortina castaña de tentáculos, envolviéndome en el agua.  El uniforme de servidumbre se extiende a mi alrededor y flota, haciendo que mi cabello parezca más oscuro comparado con el deslavado color azul.

Me permito, por un momento, olvidarlo todo: la inminente desnutrición, la supervivencia del grupo, el grupo de fugitivos en el lago, incluso lo helada que está el agua… imagino que estoy flotando en el aire, en una nube azul y castaña, alejándome más y más. pienso en mis padres, intento recordar la cálida mano de mamá acariciando mi rostro o los brazos de papá cargándome cuando me quedaba dormida, incluso la mirada inocente de mi hermanita… pero todo me conduce al mismo fin: ¿las manos de mamá? ¿Las mismas que aferraban a mi hermana aquella noche? ¿Los brazos de papá? ¿Los que me cubrieron antes de que lo asesinaran? ¿Los ojos de mi hermana? ¿Aquellos que vi, por última vez, rojizos y lacrimosos?

Salgo a la superficie, cuando noto que el cuerpo se me entume y el aire me falta, tomando grandes bocanadas de aire. Dejo el jabón sobre la roca más alta que encuentro, mientras me recuerdo que este momento es mío, que debo olvidarlo todo.

Desabotono el vestido por la parte del frente, la ropa está adherida a mi cuerpo a causa del agua, además la corriente se ha llevado una de mis medias. Mientras mi ropa va desapareciendo la voy dejando sobre las rocas. Observo mis prendas zarrapastrosas y me detengo en mi ropa interior, mirándola casi con reverencia; estas nos son otorgadas—nos eran otorgadas—una por año a los sirvientes, son térmicas, frescas y—gracias al cielo—sumamente resistentes.

Una vez que lavo las prendas y las cuelgo de las ramas de un árbol—que me ha costado tener que volver a meterme de inmediato—, comienzo por restregar el jabón en mi cabello y, aunque me lleva un rato, casi logro dejarlo decente. La piel pálida y desnuda queda a la vista conforme enjuago el jabón de mi cuerpo. Cuando lavo mi brazo me detengo a ver la serie numérica escrita en este «A150131».

Recuerdo el día que nos marcaron, yo tenía diez años, apenas dos años después del ataque ruso. Fuimos muchos los niños que se quedaron, y fueron pocos los adultos que sobrevivieron. La mayoría buscaba la manera de escapar y siempre terminaban siendo atravesados por las balas, mientras que los más jóvenes estábamos demasiado asustados como para desobedecer a los Traductores, soldados rusos que hablaban los idiomas de sus prisioneros.

Me envuelvo en la manta a la espera de que mi ropa se seque. Es muy temprano como para pensar en la comida del día. Aún tengo tiempo para mí.

Tomo la punta de mi cabellera y comienzo a desenredarla con los dedos a sabiendas de que tomará un largo rato, por tenerlo tan largo. Cuando era pequeña solía llevarlo por encima de los hombros, demasiado corto para una niña de mi edad. Todas mis compañeras de la escuela llevaban el cabello largo y brillante, por más que yo lo deseara no podía hacer nada para hacerlo crecer. «Ten paciencia—me decía mi madre—ya llegará el momento». Aunque tenía el cabello demasiado corto, mamá solía hacerme trenzas pequeñas en el cabello, podía pasar horas haciendo y deshaciendo las diminutas trenzas; A mí me gustaba que lo hiciera, era el momento del día en el que yo le contaba cómo me había ido en la escuela o en el que ella me contaba lo que le había sucedido en el transcurso del día.



Lina Cadania

Editado: 03.10.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar