Relatos de Muerte con Sabor a Vida

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FLOR DEL TIEMPO (TERCERA PARTE)

3

 

— Si no puedes dejar totalmente blanca una sotana no me sirves como ayudante. ¡Vuélvelas a lavar!

Conteniendo su enojo Ana Calfaccio regreso a la lavandería de la iglesia. Reprimió un grito continuando con su labor, en apenas unos días su mundo había cambiado completamente, ya no disponía de sirvientes y el mismo tiempo de ocio, sin embargo aún conservaba su libertad.

El padre Alemán despertaba a todos los ayudantes de madrugada y daba la misa de las seis cada día sin importarle la poca concurrencia de su iglesia. Pasando medio día y en compañía de Ana Calfaccio salían al campo y predicaba el nombre de dios a los campesinos. Pero eso no era todo, tenía un objetivo más grande y al cual ocupaba toda su tarde, la formación de la primera biblioteca en el pueblo para todo público.

Los hacendados se opusieron a la idea. “—los indios solo necesitan mover las manos, no es necesario que aprendan a leer”

A lo que el padre les respondió “— la biblia debe ser leído por todas las almas, no lo hago solo por los indios, sus hijos serán los que más la utilizaran”

Dejaron en paz el proyecto del padre siguiéndolo muy de cerca. Abriendo sus puertas algunos meses después siendo Ana Calfaccio la responsable de esta. Al inicio las personas merodeaban tímidamente los alrededores temiendo entrar, Ana aprovechaba el tiempo para devorarse todo tipo de, novelas, estudios, ensayos, bibliografías. A cada libro terminado su pensamiento volvía a cambiar.

Una tarde cuando regresaba de hacer las compras de víveres, encontró la puerta de la biblioteca abierta, cogió una gruesa rama del jardín y se acercó a pasos sigilosos. La voz del padre alemán resonaba junto con los improperios acostumbrados.

— ¡nunca serás capaz de leer si no te sabes el alfabeto!

Ana Calfaccio metió la cabeza entre el resquicio de la puerta observando como el cura daba lecciones al capataz de su antigua casa.

— Ermendio Quispe — susurro con un hilillo de odio en su voz

Tiro la puerta entrando a la sala a paso raudo.

— ¡él no puede estar aquí, es un mal hombre! Siempre azotando a las indias, un ser tan despreciable no puede pisar la casa de dios.

El padre alemán la miro con rudeza, la tez de Ermendio había cambiado a uno completamente de odio.

— Todos los pecadores son bienvenidos a la casa de dios. ¡Tú no tienes autoridad para negar cualquier visita, ahora vete que interrumpes nuestra lección!

— Pero, padre…

La mirada del padre callaron sus protestas. En silencio abandono la sala.

Odiaba a ese hombre, tenía la idea del machismo arraigado en sus venas. Las mujeres no eran para el más que sacos de reproducción o moneda de intercambio. Tuvo varios enfrentamientos al proteger a las esclavas de su maltrato, sin embargo su padre se negaba a despedirlo.

Ermendio asistió todas las noches a la biblioteca donde recibía clases del padre. Le tomo unas semanas aprender a leer y otras más en terminar su primer libro, la biblia. Las visitas a la biblioteca fueron en aumento, ingresaba incluso en los turnos de Ana Calfaccio dirigiéndose una dura mirada para perderse luego en sus libros.

Al ser los únicos en la biblioteca de soslayo se estudiaban. Algo cambiaba en los ojos de Ermendio, ya no mostraban ese orgullo y machismo común de la sociedad, a veces se le escapaba una lágrima o una risilla con alguna novela.

Una tarde donde la lluvia azotaba el pueblo, las puertas de la biblioteca se abrieron con fuerza dando paso a un enfurecido Fernando Vela. Ana Calfaccio se puso de pie instintivamente.

— he tenido paciencia todos estos meses, he dejado que pruebes el amargo sabor de vivir con la plebe. Pero eres tan terca como una mula, esta vez las cosas se harán a mi manera.

Dio una orden a sus hombres y estos se abalanzaron a una Ana que emprendía la huida. Daba patadas e improperios a los cuatro vientos.

— Pero… debías casarte con mi hermana.

— Esa estúpida no me satisfizo en nada, sin embargo la hermana mayor si lo hará. Llévenla a la casa del campo, primero tenemos que entrenarla.

Fernando Vela cayó como una hoja oscilante tras el golpe en su nuca. Los hombres dejaron de lado a Ana Calfaccio para socorrer a su amo. Fueron apaleados por el mismo tronco.

— no sabes con quien te has metido maldito indio, te buscare y te hare matar.



fenix azabache

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En el texto hay: desamor, amor, esperanza y conflictos

Editado: 30.09.2019

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