Relatos de Muerte con Sabor a Vida

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Pasos en la arena (priemera parte)

Esta historia es un poco fuerte. En ella quiero retratar los peores males que aquejan la sociedad. Es tu deber encontrarlos. 

 

 

1

Hoy es luna llena.

Muchas personas van de camino a casa, marchan en dirección contraria a la mía. El autobús avanza lentamente.

Puede verse la playa a la distancia, sus bellas aguas plateadas se mecen al ritmo de la soledad mientras su brisa cuenta secretos de sueños perdidos. Es difícil desprender la atención de tan bello paisaje, aunque a varios les parezca deprimente, me roba una sonrisa.

Cuando se está al borde del abismo, ese infame agujero del cual es difícil escapar ya que esta hecho a medida, tratamos de refugiarnos en una pisca de felicidad, un beso del ser amado, el abrazo de los padres, la risa de los hijos, o buscar lugares que recuerden a la mente que por un ínfimo momento fueron felices. Solo así somos capaces de renacer.

El autobús me abandona en la última estación. Siento como la salada brisa choca contra mi piel y cierro los ojos para dejarla penetrar en mi alma. Después de caminar por algunos minutos me siento sobre una roca cualquiera lo suficientemente cómoda como para no cambiarla. Pasan las horas, suspiros del tiempo. Algunos pensamientos se arremolinan en mi cabeza, recuerdos chocan contra las olas rugiendo con todas sus fuerzas. Pasan las horas y por fin llega la paz.

Ante la soledad la presencia es un intruso, una pieza que quiebra todo el equilibrio y se hace sentir incluso a lo lejos. Los ojos se acostumbran fácilmente a la oscuridad y en su nueva luz son capaces de tener todo tipo de perspectivas. Lentamente la nueva figura se acerca, tiene la mirada perdida en el suelo que seguirán sus pasos. Parece concentrada en sus pensamientos.

Ya está cerca, el brillo de la luna le da un aura especial a su cuerpo, algunos dirían que parece brillar pero la verdad es que la luna siempre opaca los entes. Nos separan algunos metros pero ella pasa de largo, aun es demasiada joven y despreocupada para tener miedo a las sombras y a la luz que se esconden detrás de ellas. Parece triste, sus pasos dejan una estela de inseguridad.

Apenas pude ver su rostro pero sigue gravada en mi mente, una cara cualquiera que se encuentra por montones en las multitudes, sin embargo sus ojos están embriagados de tristeza y una pisca de resintiendo. Mira en línea recta, no le importa su alrededor. Una típica sobreviviente tan común por estas épocas, ruego que su alma aun siga intacta.

Es un punto en la distancia, sus pasos menudos avanzan con rapidez. Al levantarme sacudo la arena de los pantalones y espero un poco. Un nombre aparece de entre los pensamientos más profundos.

“La chica tiene cara de Gabriela”

Me digo en voz baja antes de seguir los pasos que de a poco la arena va borrando. Ojala y los recuerdos se borraran tan fácilmente.

Cuando el sol es apenas una tímida línea incandescente en la distancia llego a una casa perteneciente al barrio de los pescadores. La vi saltar la verja y trepar por una escalera al segundo nivel de la vivienda. Es de las pocas en tener un jardín medianamente cuidado, las casas circundantes apenas son paredes juntadas con un precario techo para proteger a sus habitantes. El frio de la madrugada es el peor de todos los helares, es capaz de morder los huesos y hacer tiritar la carne, aprieto los dientes mientras espero pacientemente en una de las pocas sombras que el sol no puede alcanzar.

Es difícil saber cuánto tiempo paso, sin un reloj es imposible saber la hora pero odio aquellos artilugios símbolos de la soberbia humana al querer medir algo tan incontrolable como el tiempo. La puerta se abre con un rechinar producto del óxido que la brisa deja sobre el metal, la veo alejarse una vez más, esta vez mis piernas se mueven por su cuenta guiadas por una triste mirada.

Entra en un colegio que más parece una prisión por la altitud de los muros que la esconden. Mi mente quiere dejarla ahí y ocuparse de la vida que apenas puede cargar pero el sentimiento de curiosidad arde con fuerza. Una peligrosa sensación que puede herirte mortalmente.

Tomo de aliada a las sombras mientras espero pacientemente la distracción del auxiliar, aprovecho la mínima oportunidad escabulléndome por los pasillos. Tenía razón, este lugar es una prisión. Los alumnos permanecen formados, los alumnos escuchan y obedecen sin rechistar, los alumnos permanecen sentados y somnolientos. Una prisión de la creatividad, me digo antes de seguir avanzando.

Unos ojos escrutan mi alma, la persona a la que autonombre Gabriela me observa mientras el cuerpo se mantiene helado e inexpresivo, al no encontrar nada interesante sigue su camino.

Los pasadizos están despejados, las piernas agarrotadas se vuelven ligeras y comienzan a correr hasta llegar a los baños. Las pintas y dibujos obscenos me entretienen por algunas horas, se puede saber mucho de una sociedad por lo que encuentras escrito en ese sucio lugar. Algunas chirriantes voces se escuchan a lo lejos.

Tres siluetas femeninas interactúan a lo lejos, una de ellas es conocida, como un animal indefenso y asustadizo dejo mi escondite a paso lento, trato de mimetizarme con un andar cabizbajo y pensante de profesor hasta llegar a una columna. Un lugar privilegiado donde escucho claramente la conversación. En resumen, las dos chicas intimidan a una tercera para que deje copiar su trabajo y les de todo su dinero junto a algunos favores futuros de los cuales es mejor no nombrar. Un ruido seco produce la bofetada que le dan a Gabriela cuando protesta una orden.



fenix azabache

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En el texto hay: desamor, amor, esperanza y conflictos

Editado: 30.09.2019

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