Relatos de Muerte con Sabor a Vida

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Corazon de plastico (primera parte)

AQUI COMIENZA LA AVENTURA. ESTE RELATO TIENE UN GALARDON EN UN CONCURSO EN MI PAIS (PERU) SIENDO FINALISTA EN LOS PREMIOS COUPE 2017. ESPERO QUE LO DISFRUTEN. 

1

 

La luz blanca y todas las pantallas que cubren las paredes fueron apagadas por una única orden — silenciar — la dulce voz de la pequeña niña retumba en la oscuridad y solo una leve luz amarillenta resplandece lo suficientemente fuerte como para descubrir una silueta cansada acurrucada sobre un sillón de cuero.

— ¿Qué historia me contaras hoy abuelo?

Se acomoda en su regazo esperando el confort de una mano acariciándole la cabeza. Cuando siente el primer contacto una sonrisilla se forma en sus labios.

— hoy comenzaremos con una nueva lectura, Moby-Dick de Herman Melville, la historia sobre la gran ballena y un capitán empecinado en atraparla.

— ¡Las ballenas eran enormes! hace poco vi una en un museo. Es una pena que se hayan extinguido hace ya tanto tiempo. ¿Alguna vez viste una con vida?

Una lágrima merodea entre sus mejillas, el triste anciano da gracias al velo de la oscuridad.

— no tuve tanta suerte, se extinguieron cuando yo tenía diez años, pude ver algunas focas, pingüinos y pelicanos antes de que todos ellos se extinguieran. Pero al menos pude disfrutar el sabor de algunos peses... Lo que no daría por probar un buen pescado.

— ¿por eso odias tanto el plástico?

La pequeña esperaba impaciente la respuesta, una respuesta que jamás llego. Viendo los ojos podrido en vida de su abuelo juro para si nunca más mencionar aquella interrogante.

— comencemos con la lectura, quiero saber qué pasa con la ballena.

Acompañados de una tenue luz y el silencio tan singular que vaga en la oscuridad, se perdieron en un mundo de letras y fantasías. De tiempos en los que el mar servía de musa e inspiración para dramaturgos y poetas, por su energía, la vida dentro de ella y la inmensidad que la llenaba de misterio. La pequeña Aurora escuchaba atentamente la descripción de su abuelo, no podía creer aun que un mar así pudo haber existido, quizá en sus sueños vería lo que un día su abuelo pudo observar, hace ya tanto tiempo.

Las luces blancas y las enormes pantallas se encendieron con la orden de dos palmadas, una pareja interrumpió en la casa dirigiéndose sin siquiera mirarlos hacia la cocina.

— Femilia actívate— se esparció un agudo pitido — reproduce la lista uno de música y actualiza las notificaciones de mis redes sociales

Con dificultad el anciano se puso de pie apartando a su nieta y arrojando el libro sobre el sillón.

— tiene noventa notificaciones, treinta mensajes y diez eventos para hoy, señor.

La voz estaba personalizada para sonar como una dulce chica pero Gustavo Espinoza la odiaba, se colocó los tapones cuando comenzo una extraña percusion, un ruido que asemejaba a rayar vidrios y pizarras, o gritos agonizantes.

“eso no es, ni nunca será música”

Pensó observando con agrado como su pequeña nieta, una dulce niña de diez años, lo imitaba y se colocaba también unos pequeños tapones.

Sentados en la fría mesa (parecía a una pantalla gigante mirando al techo), esperaban la cena. Sobre unos platos de acero, los únicos que habían en la casa, se amontonaban muchas píldoras y pastillas de diferentes colores, con hastió Gustavo tomo un puñado y las paso de un solo trago. Beso la frente de su nieta antes de irse.

Su habitación olía a antaño, un olor que mesclaba polvo, su perfume de toda la vida y un poco de vodka. Con pasos lentos llego a la enorme cama matrimonial y al sentarse un crujido invadió el cuarto, no está seguro si fue el mueble o su cuerpo, deja escapar un risilla mientras se saca los tapones de los oídos y los reemplaza inmediatamente por unos audífonos. Sube el volumen hasta el tope de su móvil (una reliquia según su hija y yerno), la primera lista comienza a reproducirse.

Con los ojos cerrados, el sonido del mar en sus oídos, casi puede sentir la salada brisa del puerto donde se crio por más de treinta años. Recuerda también el sabor de un buen ceviche y su estómago inmediatamente comienza a estremecerse.

“Lo que no daría por un lenguado, ella sabía prepararlo como me gusta”

Abre los ojos levemente girando la cabeza hasta que sus ojos se topan con la almohada vacía. Así ha permanecido por casi diez años y aún puede sentir un poco del aroma de la esposa que tanto amo, de la madre de su única hija, de la mujer que conoció en un puerto aquel veintidós de abril de dos mil veinticinco.

— Hemos creado una autónoma— susurra con un hilo de voz— no reconocerías a nuestra feliz pequeña, ya ni siquiera recuerdo cuando fue la última vez que la vi sonreír. Es casi una maquina con los implantes tecnológicos en todo su cuerpo; pero Aurora es diferente, me recuerda mucho a ti y es por ella que aun vale la pena vivir en este mundo al cual destruimos. Buenas noches querida, espera un poquito más.

Cierra de nuevo los ojos tratando de contener las lágrimas, un mar de arrepentimientos se desbordan en su cabeza. Las imágenes de titulares en periódicos y televisión donde advertían sobre el daño del plástico hacia los mares se hacen presentes. Se ha repetido el error más grande del ser humano: no hacer nada cuando se está a tiempo y tratar de arreglarlo todo cuando ya es demasiado tarde.



fenix azabache

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En el texto hay: desamor, amor, esperanza y conflictos

Editado: 30.09.2019

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