Relatos de Muerte con Sabor a Vida

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EN LOS OJOS DE LA MUERTE (primera parte)

Este segundo relato esta dedicado para una gran amiga: ana. 

Espero les guste y descifren los pequeños detalles dentro de las historias y que los mensajes que estas poseen se transmitan a su alma. 

 

1

 

Casi al unísono retumbaron los tic-tac de relojes que recordaban al mundo una hora más cerca de su fin. Las cinco en punto de la tarde y las calles que hace poco se aburrían de su soledad se atiborraban de personas cansadas y distraídas, personas que bajaban de enormes edificios para descansar un poco y regresar al día siguiente para continuar vendiendo su tiempo.

De entre todas esas personas una llamaba más la atención, no por discutir a gritos por el celular y tropezar a empujones con la gente por su rápido paso, sino por su elegante saco rojo que le llegaba a los talones y le protegía del viento en ese crudo invierno. En un mundo donde la mayoría de personas  usaban trajes finos en negro y plomo, él se atrevía a desfilar con su saco rojo por las frías calles mientras robaba algunas miradas de gentes curiosas.

La discusión que mantenía por el celular se acaloraba a cada paso prestando total atención a la voz detrás de la línea. De reojo vio que faltaban cinco segundos de vía libre en el semáforo y se arriesgó a cruzar; quería llegar cuanto antes a casa y arreglar sus asuntos personalmente.

Sintió un fuerte jalón en la parte posterior de su saco cuando unas luces entre blancas y amarillas destellabaron en su rostro.

Escullaba un fuerte pitido y parecía que el mundo lo aislaba, lo único que vio desde el suelo fue como un vagabundo serpenteaba y desaparecía entre la gente. Un chico con una estridente camiseta fosforescente y enormes audífonos colgados del cuello lo ayudo a ponerse de pie.

— vaya susto tío, el camión casi te deja como una tortilla, de la que te has salvado. ¿Estás bien?

Tocándose la cabeza y palpando la zona que más le dolía se recompuso lentamente mientras sentía que de a poco recuperaba la audición.

— gracias ¿Qué decías?

— ¿Qué si estabas bien? Si no fuera por ese vagabundo no estaríamos teniendo esta conversación

— sí, no pasa nada. Tengo que irme.

Con pasos dubitativos reanimo su marcha pero a pocas cuadras tuvo que parar y apoyarse contra una blancuzca pared. Sus ojos lagrimeaban y el punzón en la cabeza atizaba a perforársela. Transcurrieron más de veinte minutos antes de que pudiera abrir los ojos nuevamente y aunque las imágenes eran neblinosas al inicio, su visión se fue aclarando hasta volver a la normalidad.

Una arreglada y sonriente jovencita paso junto a él y al notar como el hombre la devoraba con los ojos le dejo un guiño entre coqueto y divertido. Isaiah tuvo que frotarse con fuerza los ojos casi involuntariamente para saber que no estaba soñando. La jovencita no era para nada su tipo pero ahí estaban, bamboleándose con su marcha y sobre la cabeza de la muchacha, unos números en tono rojo; tan rojo como el saco que tenía puesto.

“debo de estar muy cansado, creo que el pequeño accidente me afecto más de lo que podría imaginar”

Pensó con una sonrisa divertida, aunque en su tez ya se intuía una pizca de preocupación.

Llego a una avenida transitada y callo de bruces sobre el negruzco asfalto. Una fría gota de sudor recorrió todo su descompuesto rostro hasta morir en su rojo abrigo.

— ¿Qué significa todo esto? ¿Qué significan estos números?— susurro tratando se comprender la situación

Las personas a su alrededor lo miraban como un bicho raro e incluso algunos lo ignoraban totalmente pasando casi por encima de él.

Los números que veía Isaiah sobre las cabezas de las personas cambiaban con el tiempo pero seguían el mismo patrón; colocadas en una recta horizontal se distinguían seis casillas, la última era la que más rápido transcurría. Como las alarmas que ponía en su móvil e incluso más complejas; marcaban los años, meses, días, horas, minutos y segundos

“¿un temporizador? No, es imposible. Esto debe ser un sueño o alguna alucinación”

Se puso de pie y con la vista en el suelo tratando de evitar mirar a la gente llego a un parque cercano, se tumbó en una de las bancas y poso sus ojos en el cielo gris pálido, un color que siempre le había desagrado pero que ese día le ofrecía una extraña paz.

— debió de ser un día difícil



fenix azabache

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En el texto hay: desamor, amor, esperanza y conflictos

Editado: 30.09.2019

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