Relatos de Muerte con Sabor a Vida

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LANZANDO PIEDRAS (PRIMERA PARTE)

ESTE RELATO TIENE UN LUGAR MUY ESPECIAL DENTRO DE TODOS LOS QUE ESCRIBI. SI ERES UN AMANTE DE LA ESTETICA LITERARIA NO PUEDES PERDERTE ESTA HISTORIA. 

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SIN NADA MAS COMENSEMOS...

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Tantas palabras, tantos diagnósticos, tantos problemas…

Otro día laboral llega a su fin cuando el señor Petkins cierra la puerta, aun no entiendo su afán por ser siempre el ultimo paciente siendo el primero en llegar. Contándome en todas las sesiones el mismo problema: los traumas en la niñez por el divorcio de sus padres y como siente que estos repercuten en su matrimonio.

Sé que mi trabajo me obliga a escucharlo pero hay días ofuscados donde apenas lo oigo. Las luces se apagan y dejo el estudio tan pulcro como lo encontré por la mañana. Ester sigue trabajando reprogramando algunas sesiones; aligerando mi agenda e incluso se da tiempo para leer algunos diagnósticos, la pequeña licenciada en psicología se toma el trabajo muy enserio, es una verdadera apasionada de la carrera. Somos demasiados diferentes.

— Hasta mañana doctor Eduardo. Si no le importa puedo seguir leyendo algunos expedientes me serviría mucho cuando establezca mi propia clínica, yo me ocupare de limpiar y cerrar. ¡Por favor! ¡Por favor!...

— No sé ni por qué me lo preguntas si todos los días haces lo mismo. Solo no te quedes hasta muy tarde, las calles hoy en día son peligrosas.

— habla como un anciano. Igualito a mi papa.

— Lo que digas niña, saludos para tu padre. Ten cuidado con no dormir aquí como la última vez.

De reojo observo como levanta la mano levemente antes de perderse en el enorme bloque de expedientes. Pasará horas leyéndolos y aunque piensa que no me doy cuenta, sé que ella corregía algunos.

La tarde era hermosa, el ocaso desprendía matices naranjas y estas se fusionaban con el oscuro azulado de un cielo moribundo.

“que bello cuadro se podría pintar con esta imagen”

Pensé algo nostálgico sin dejar de contemplar el paisaje.

Cuando el sol murió adentrándose entre las montañas y el cielo oscureció con su velo lleno de estrellas continúe mi camino. Las calles suspiraban un frio seco. El otoño ya nos había abandonado dando paso a mi estación favorita: el invierno.

Adentrándome en la prematura noche seguí las luces de los antiguos faroles de la ciudad. Apenas iluminaban el sendero, pero las piernas no vacilaban, después de ir a aquel lugar tantas veces llegarían solas si se las propusiesen.

Vacío. Como cada noche.

Deje caer el cuerpo sobre la dura banca de madera, cerré los ojos y aspire con fuerza. Débilmente aún se percibía su perfume en el aire. Una sonrisa se escapó de mis labios, la primera sonrisa no fingida del día.

Una vez terminado el ritual de cada noche, espere hasta que el frio se colara en los huesos y con sus filudos dientes comenzaran a morder. Después de sentir el primer estremecimiento sabía que era hora de irme.

Bordee el oscuro parque por la ribera donde se era capaz de ver al Manzo rio perderse en el infinito, la vista seria preciosa pero las bolsas de basura desparramadas por doquier menguaban el atractivo.

—“sueño con el día en el que pueda ver fluir a estas aguas en paz. Sin tanta basura de por medio”

Había dicho ella hace ya tanto tiempo. ¿Cuatro o cinco años atrás? Ya no soy capaz de recordarlo. Algunos días incluso me era difícil recordar su rostro. La angustia terminaba al ver el enorme lienzo pintado en la sala, la pinte en una noche fría, cuando ella aún era feliz.

El viento de la ribera se volvía cada vez más helado. Todo era tan idéntico, la misma luna, la misma brisa, el mismo suave olor a hojas muertas en el aire. Solo en ese sitio el tiempo parecía detenerse, todo era tan idéntico al día en el que la conocí.

Un encuentro casual hace veinte años influiría para siempre en mi vida. Llegando de casualidad a un lejano parque con la cabeza nublada de alcohol, sentándome en una banca sin sentir la presencia de una bella chica.

“que bella noche, casi dan ganas de pintarla”

Quizá fueron sus palabras, o los grandes ojos que encontré al girar la cabeza, quizá fue todo y nada, pero la única certeza fue que caí perdidamente enamorado de esa muchacha. El resto fue la clásica historia con una única excepción. No se cumplió el vivieron felices para siempre.

Sin detenerme y con el paso más rápido de lo habitual llegue al pequeño departamento el cual alquilaba desde hace algunos años, cerré la puerta con fuerza y sin quitarme la ropa de trabajo me enfunde en las sabanas. Trataba de no pensar en nada sin embargo era imposible. Se avecinaba otra noche sin dormir, dando fin a otro día cualquiera.

2



fenix azabache

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En el texto hay: desamor, amor, esperanza y conflictos

Editado: 30.09.2019

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