Relatos desde las sombras ©

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Mientras tanto en Madrid I

Hay un árbol.
Inconmensurable es su tamaño.
Sus grandes raíces se unen profundo en la realidad.
Su tronco es imperecedero
Sus frutos, verdaderos guardianes del Todo.
Creciendo en la existencia y junto a ella
Hay un árbol.
¿Quieres verlo?

Raro, pensaba Artua, él no solía retrasarse tanto. Desvió la mirada de su reloj de muñeca y suspiró, antes de observar por la ventana hacia la calle, se estiró la manga del saco para cubrirlo, era un tic que había adquirido con el tiempo sin recordar ya como.
Le dió un sorbo a su café y reflexionó de nuevo sobre la idea de marcharse. Llamar al mozo, pagar y alejarse de aquel bar demasiado gris para su gusto. A fin de cuentas, era lo que hubiera hecho Abel si él mismo se hubiera retrasado tanto, Artua estaba seguro de que incluso lo había hecho en alguna de las tantas reuniones que habían tenido antes y a las cuales no estaba seguro de haber asistido. Al menos no a todas.
Sus ojos fueron de la enorme ventana que daba al exterior hasta el reloj sobre la pared, justo encima de los cuadros. Se percató de lo que estaba haciendo y desvió la vista antes de fijarse la hora. Ya era la cuarta vez que lo miraba y no pudo evitar morderse el labio inferior mientras agitaba la cabeza, sintiéndose molesto por la situación.
Abel llevaba casi veinte minutos de retraso, lo cual Artua creía recordar era la primera vez que ocurría.
—Paciencia Artua... —musitó, sabiendo que si se marchaba, aquella oportunidad unica lo haría con él. Notó que la señora de la mesa frente a la suya lo miraba de reojo y fijó su mirada en la suya. La anciana la desvió inmediatamente y la centró en su plato de tortilla que atacó mientras aún humeaba.
Artua se pregunto que seria, si su ropa oscura y desaliñada, o la cicatriz que le cruzaba desde la ceja derecha hasta casi la nuca, abriendo un surco de piel clara por sobre su cráneo cubierto de pelo corto. Sin poder contenerse se pasó la mano por ahí, cuidándose de tocar la cicatriz.
—Metida —murmuró deseando que la vieja esta vez si lo escuchara y volvió a centrar la atención en la ventana que le permitía ver a las afueras del bar. Lo hacía porque deseaba ver el rostro de Abel en alguno de los tantos que pasaban caminando por la vereda o los pocos que de tanto en tanto se detenían y entraban al bar. Su mirada iba a de una cara a otra, entrecerrando los ojos para ver a quienes se hallaban más lejos y sintiendo que las ganas de levantarse e irse crecían.
Fue entonces cuando la vió.
Surgió desde la derecha y el efecto fue el mismo que si hubiera aparecido alguien volando por sobre la acera, algo que sin duda hubiera llamado su atención. El cabello rubio se agitaba suelto a su lado y un vestido rojo cubría y se ajustaba de manera ideal a su cuerpo. El mismo estaba abierto a los costados por lo que podía ver sus piernas firmes que le daban la sensación de ser esbelta y alta. No llegaba a ver su calzado pero se imaginó de inmediato unos tacos de aguja azulados o quizás rojizos como el vestido, fue inevitable, la imagen completa de esa mujer se formó en su mente, incontrolable. Artau pensó incluso desde esa distancia que sería más alta que él. De repente se sintió embotado, cubierto, por aquella aparición. Era como si de su piel pálida se desprendiera un brillo, un aura de luz que hiciera mirarla toda sin detenerse en ningún lugar concreto. Como admirar una pintura que de verdad pudiera ser consideraba una obra de arte. Se daba cuenta, pero solo de forma semiconsciente que todos sus sentidos se habían centrado en aquella mujer espectacular y no podía ya desviar la vista de sus pasos seguros y firmes. Le costó incluso percatarse del momento exacto en que ella se detenía, de repente y giraba su cuerpo con delicadeza hasta ponerse justo frente a la enorme ventana. Entonces levantó la mano derecha y posó sus delgados dedos uno a uno en la ventana. Artua experimentó una especie de taquicardia antes de sentir una extraña mezcla de nerviosismo recorrerle el cuerpo. Como el observador descubierto sintió que se ruborizaba. ¿Lo estaba mirando? ¿Podía ver a través de ese vidrio oscurecido? Artua estaba convencido de que aquellos ventanales enormes evitaban que pudiera verse desde afuera. La situación le pareció extraña, ¿que hacía aquella mujer? De repente una palabra se formó en su mente. Fugaz e incomprensible, era un amasijo de letras sin sentido e impronunciables, tan veloz como apareció, el pensamiento se fue.
—¿Le gustó algo?— preguntó una voz a su lado.
—Si... ¿Qué?— la pregunta lo había sacado de su ensimismamiento. Girando la cabeza de forma instintiva perdió de vista aquella mujer para encontrarse con la sonrisa de un mozo de edad avanzada que lo miraba algo confundido esperando una respuesta.
—La carta, digo que si quiere algo —aclaró el hombre vestido con un delantal negro manchado, mirando hacia el pedazo de papel plastificado que Artua sostenía en sus manos. <<¿Cuando había llegado eso allí?>> se preguntó el joven.
—Eh, no, no. Estoy bien así, espero a un amigo —respondió Artua dejando la carta sobre la mesa sin ojearla.
—Ah, como acaba de llamarme —le comentó el mozo arqueando las cejas grises. Lo miraba y sonreía, pero por algún motivo esa risa no se transmitía en su mirada.
—¿Llamarlo? ¿Cuándo? —le preguntó el muchacho, extrañado.
—Ahora, me llamó. Hará unos segundos —le respondió el hombre y Artua notó su acento ¿Portugués? ¿Había hablado siempre así? se preguntó entonces.
—No, yo no lo llamé, creo que se confundió —
—No, yo no me confundo.
—Bueno pero hay bastante gente, si lo llamó alguien de...
—No, yo no me confundo, señor.—lo cortó, tajante aquel mozo de cabellos grisáceos y Artua se sorprendió al escuchar en su tono de voz, además de una fuerza y seguridad que antes no tenía, un acento muy distinto al Portugués que había creído antes escuchar. Ahora le sonaba ruso, o algo parecido. "Señorr" había dicho.
—Disculpe, pero no quiero nada. Ya le dije, espero a un amigo. —dijo Artua, que de repente quería deshacerse de la presencia de aquel mozo insistente.
—Todos quieren algo —respondió el hombre, mientras una sonrisa se formaba en sus labios demasiado finos. —Quizas aun no sabe lo que desea — prosiguió. Se ajustó el delantal y Artua se percató de que las manchas del mismo le resultaban desagradables a la vista, parecían una especie de jugo de tomate seco, o alguna especie de jarabe rojizo y pegajoso.
—¿Perdone? Le digo que no deseo nada—respondió mirándolo fijamente Artua, a quien la presencia del hombre y sus insistentes preguntas le molestaba por alguna razón que se le escapaba. Ese tono meloso en su voz y la imposibilidad de discernir de qué país era aquella persona le resultaban características intolerables. Como si escuchara música de la que menos le gustaba.
—Oh, no, no. Yo no perdono. No es ese mi... campo. No creo en tales mentiras —respondió el mozo, sosteniendole la mirada y acercándose a su mesa. De repente su altura, su mirada, algo en él le pareció al muchacho demasiado amplio, grande, como si en ves de un mozo se encontrase frente a un hombre demasiado poderoso como para temerle a las opiniones de los demás. Un rey antiguo, un príncipe.
—Ah, veo que me conoce —dijo el hombre, de repente y Araud retrocedió en su asiento sin poder evitarlo. —Pero veo también que en verdad usted tenía razón. No me ha llamado. O no lo hace ahora, al menos. Verá, para llamarme necesita saber mi nombre, pero solo pudo pensarlo por unos breves instantes. Buena suerte la suya, o quizás no —sentenció. Artua pensó en que responder, aquella figura fuerte, sin sombra, se elevaba por delante de su mesa y le parecia que decia locuras, pero al mismo tiempo una voz en su mente le susurraba que escuchara, que no dijera nada. Como si estuviera frente a un juez contra el que cualquier palabra podía ser usada en su contra.
Abrió la boca para responder y balbuceó algunas palabras, pero entonces la silla frente a él fue ocupada y su atención se centró en quien acababa de llegar. Levantando las cejas contempló a la mujer, la rubia de la acera, que ahora lo miraba fijamente sentada en la mesa junto a él. Artua pudo comprobar la tristeza, la pena que inundaba aquella mirada y de algún modo pensó que parecia estar llorando sin lágrimas.
—Oh, creí que esperaba a un invitado, no a... esta persona —dijo el mozo, que por algún motivo se había alejado de la mesa, apartándose de la mujer y acercándose más hacia Artua.
—Silencio, lengua negra, traidor de los traidores, vuelve a tu nido, a tu fábula, no se te necesita aquí, no se te ha convocado —respondió la mujer, sin mirarlo a los ojos. Su rostro, antes bello y algo triste se había transformado, con los pómulos enrojecidos y la frente arrugada por la rabia, sus labios parecían apretados con cada nueva palabra y la furia que transmitía hizo que incluso el sorprendido Artua se viera atravesado por ella, como si fuese un niño contemplando una discusión de mayores.
—Si, él me ha llamado— respondió el mozo, su acento de nuevo transformado, señalando con una mano huesuda cubierta de anillos al muchacho. Artua comprobó que tenía las facciones tensas, el puño apretado en su otra mano y ahora había retrocedido aún más.
—Solo ha pensado, no ha pronunciado el nombre imposible que te dieron, ser maldito—
—Oh, pero si eres descarada... además, ¿No lo sabías? No es necesario pronunciar mi nombre, verás, no se puede ser muy exigente cuando tienes uno que pocos pueden pronunciar. Si logra pensarlo, está a un paso de la realidad—
—Siempre un tramposo, pero esta vez no. Lo que sucede, lo que sucederá, escapa a tus planes, lengua de todos los países. Hay cosas en juego más grandes de las que podrías soñar en tus peores pesadillas —. Al escuchar esto el mozo retrocedió emitiendo una especie de quejido en el que Artua pudo sentir, por un segundo, verdadero temor. La gente a su alrededor, ocupando las distintas mesas del bar, no parecía percatarse de ellos, como si de repente fueran invisibles.
—Sí, lo sé. Tus miedos nocturnos, tus terrores. Tú, el más terrible de todos. Tú también los tienes, ¡tú, el más humano de todos! —frente a esto el mozo intentó retroceder y tropezó, cayendo de espaldas. La voz de aquella mujer no parecia en nada a lo que Artua se imaginaba mirando su delgado cuerpo, esa potencia, esa seguridad, se dio cuenta de que si él miraba sin decir palabra era precisamente por la fuerza que aquella voz le transmitía. Como si un eco estallara después de cada afirmación, como si estuvieran gritando en las montañas. Sabía que debería simplemente pararse e irse pero a pesar de que las cosas estaban resultando demasiado raras, sentía, estaba convencido, de que si lo hacia todo podría empeorar. A pesar de que ella no lo miraba a los ojos al hablar, estaba claro que el mozo sentía lo mismo que el muchacho.
—Escapa, cobarde, vete de aquí, porque yo he visto a la cara de los que temes, de los únicos que pueblan tus pesadillas, y les he dicho ¡sí! —. Frente a esto el mozo intentó levantarse y, medio tropezando, se encaminó hacia la puerta que conducía al baño. Entrando a toda carrera, sin mirar atrás. Artua lo siguió con la vista, sorprendido y sin saber que hacer realmente y luego se dijo que su mente le había jugado una mala pasada cuando al ver la puerta cerrarse tras ese hombre le pareció que aquello no era para nada un baño de hombres. Parecían oxidadas y sucias las paredes interiores, manchado el piso cubierto de mugre y cosas que no supo definir bien. Hasta un olor se le instaló en la nariz viendo al mozo desaparecer, un olor putrefacto como a quemado.
—¿Que coño? —Fue lo primero que se le escapó, mientras las preguntas seguían amontonándose en su mente.
—Ya se, es una de esas cámaras ocultas —dijo, mirando hacia los costados, intentando ver a los camarógrafos, sin éxito. 
La mujer frente a él no respondió, parecía cansada y Artua comprobó que sudaba. Seguía siendo bella, pero ahora le transmitía una sensación distinta, muy cercana desde siempre a la belleza. Pena y algo de tristeza. Sus ojos cansados, su cuerpo delgado, demasiado, y un par de labios que no parecían reír en mucho tiempo.
—Oh, mi pobre, pobre Artua. No culpes al destino ni a tus dioses. Nada tienen que ver en esto, si es que están ahí. Fue el azar, fue... oh, pobre de ti —dijo y esta vez derramó lágrimas que surcaron sus mejillas sonrosadas y se detuvieron unos segundos en las comisuras de su cara, antes de caer sobre el vestido rojo.
—No entiendo que... No se que pasa, yo no te conozco, no...—Artua sopesaba las posibilidades, ¿preguntar y averiguar que pasaba? ¿pararse e irse? ¿llamar a la policía?
—Es lo que es, y punto. Siempre es la parte más terrible de aceptar. Como hoy eliges venir aqui, asi eligen otros, que deciden sobre los destinos. Soñaras Artua, soñaras con paisajes imposibles y cabañas. No se lo que verás, no quiero saberlo pues es terrible. Pero si al final bajas la cabeza, si solo olvidas, si solo te permites olvidar, te esperaré —Y dicho eso se levantó y comenzó a caminar rumbo a la salida. Artua se paró tras ella e intentó sujetarla para evitar que se marchara.
—Eh, Artua —dijo una voz conocida a su espalda y el muchacho no pudo evitar girar la cabeza cuando el sonido conocido apareció.
—Artua, te estuve buscando, ¿como pasé por ahí y no te vi? Pensé que te habías marchado. Tuve mil problemas con el auto. —dijo Abel, mientras extendía los brazos en un gesto que era mitad disculpas por llegar tarde y mitad reclamo por no haberlo visto antes.
Artua le restó importancia, girando rápidamente para detener a la mujer pero al hacerlo se encontró con lo que, en cierta forma, ya sabía que vería. Absolutamente nada. La mujer rubia del vestido rojo había desaparecido, dejando en su cabeza un montón de preguntas y una sensación en su pecho que no le gustaba en lo más mínimo.

Caminaba descalzo por un suelo húmedo que, a pesar de mojarle la planta de los pies, no se hallaba resbaloso. La piel de sus dedos era blanquecina y su textura tenía una apariencia cuarteada y desagradable a la vista, igual que si hubiesen estado pisando aquella agua durante mucho tiempo. En cierta forma sabía que así había sido.
A su alrededor no podía ver nada más que un gran terreno, enorme en verdad, tan vasto que no había a la vista otra cosa, cubierto por aquella poco profunda capa de agua sobre la que él marchaba sin estar seguro desde hacia cuanto tiempo. <<Aquí sí que el tiempo es relativo Albert>>, pensó y deseó poder hablar.
Llorar y hablar, dos cosas que no podría realizar al mismo tiempo y que sin embargo anhelaba con todas sus fuerzas.
Bajó la mirada y comprobó que su ropa estaba salpicada por gotas de agua que ascendían desde el suelo grisáceo con cada nuevo paso. Era muy extraña aquella superficie sobre la que apoyaba sus pies, mezcla de arcilla pegajosa y sólido plástico.
También extraño era el estado de sus ropas, pensó, percatándose de que la camisa blanca no tenía botones y el pantalón vaquero era poco más que tiras desgarradas, azuladas y sucias unidas a su cintura, ajustado solo por un cinturón de cuero gastado que parecía mantenerse en un estado relativamente bueno. 
Sintió que gemía, o quizás pronunciaba un lamento sin palabras al pensar en la terrible desorientación que lo asaltaba e intentar expresarla. Girando su cabeza a la derecha obtenía el mismo resultado que girándola hacia la izquierda o hacia arriba, era como si estuviese siempre en el mismo lugar a pesar de que llevaba caminando sin detenerse desde el momento en que abrió los ojos en ese extraño lugar.
Era como avanzar en un camino rodeado de espejos que se reflejaban los unos a los otros.
Allí no había arriba o abajo, no existía el horizonte. Allí no había realidad.
Era el mundo de los imposibles, el mundo de los sueños.
<<Tiene que serlo, o...>>. Pero la idea fue demasiado hasta para ser pronunciada sólo en su mente.
Aquello debía ser un sueño se decía Artua, una pesadilla de esas en que todo parece absolutamente real, producto de un cansancio extremo del día anterior o quizás el recuerdo de alguna película de horror ya olvidada que se refugiaba en lo profundo de su inconsciente.
No podía ser otra cosa, y sin embargo ¿porqué no se despertaba? Había soñado cosas muy reales otras veces, pero en el momento en que lograba obtener cierta consciencia de que se trataba de un producto de su mente, el sueño terminaba y él despertaba sin más.
<<Así es como funciona. Sueñas, lo sientes, y si te das cuenta de que es un sueño, despiertas. ¡Así es como debe ser!>>
Había algo que no estaba del todo bien, y aunque su mente intentaba traerle las respuestas, fallaba en el intento, en cierta forma se decía que si estaba en un producto de su mente, tenía sentido que esta no pudiera ayudarlo como si de un problema más se tratase.
¿Y si en verdad ya no despertaba? La idea lo asaltó, después de haber rondado por su mente sin llegar a formarse. Los recuerdos del día anterior estaban borrosos, pero aun así pudo verlos, sentirlos, al decirse a si mismo que aquello no podía de ninguna manera ser real.
La reunión con Abel, los intercambios de chistes y la propuesta, si, le habían propuesto algo pero antes de eso otra cosa había pasado. ¿la cena con Clara? ¿Acostarse y hacer el amor con ella? No, eso había ocurrido después, ¿o no?. Era imposible estar seguro.
Sí podía recordar levantarse de madrugada, prender la computadora, preparar el té para los nervios, sentirse extrañado por el silencio de la casa, su oscuridad, sentirse observado.
El insomnio, el mismo y jodido insomnio. Leer, redactar algunos textos y ver las horas pasar con el deseo de poder dormirse de una vez. Claro que no recordaba el momento en que lo había hecho, nadie lo hacia nunca, no sabia si estaría tendido todavía sobre el escritorio, con la taza vacía y los papeles desparramados por ahí.
<<Quizás es por eso>>, murmuró en su mente, donde aún podía escuchar las palabras.
<<No, tiene que ser por eso. Me cansé demasiado. Seguro que me pase y por eso este sueño es...>> Pero de nuevo se cortó. ¿Un sueño dentro del que podías tener consciencia de que era un sueño y aun así no despertar? Jamás había escuchado nada como eso. No le gustaba para nada la forma en que podía pensar dentro del sueño, eso tampoco se le hacía normal y no creía que lo fuera. ¿Acaso la libertad de poder hacer tal cosa implicaba penetrar más profundamente en su propia mente al soñar? Quizás demasiado profundo.
Y el agua que lo rodeaba todo eran sus recuerdos y por eso no recordamos nada al soñar, pues no ahogamos en recuerdos y pensamientos y... <<que estupidez>>.
Pensó en dejar de caminar, pero no pudo detenerse, era esa, la parte que le hacía estar seguro de que aquello era un sueño y a la vez sentirse intranquilo, pues él no tenía completo control sobre su cuerpo.
Lo que estuviera ocurriendo, sucedería de una forma u otra y él sería solo un espectador.
Las dudas comenzaron de nuevo.
¿Acaso era la vigilia y la vida consciente sólo una forma imperfecta de interrumpir, de evitar, la verdadera... vida humana? ¿Se trataba acaso ese mundo del mundo real? Todos esos casos de personas que morían al dormir, ¿eran como el suyo? ¿Por qué tenía que descubrirlo él?
<<Despertá>> se dijo a sí mismo con la frente arrugada por la concentración, intentando que eso funcionara de algo. Estaba seguro de que así era con todas las otras personas. Ahora, a pesar de tener esa certeza, sus ojos no se abrían lentamente al mundo de la realidad, donde brillaba el tenue rayo de luz entrando por la ventana en una mañana tranquila y normal, de la cama grande con sábanas finas por el calor.
Con cada paso que daba, y había dado muchos, podía sentir como aquella extraña pesadilla no se modificaba en lo más mínimo.
Sudaba y se quejaba en suspiros largos.
Frunciendo el ceño se concentró en pensar en gente, otros, al menos alguien que apareciese de repente caminando por ese solitario lugar, con ese cielo tan absurdo que mirarlo era como ver hacia delante o hacia los lados.
Deseaba que desapareciera ese cielo, que todo desapareciera y terminara de una vez. <<¡Es mi sueño! Puedo hacer lo que quiera>> se dijo, y lo absurdo de esa idea casi le provoca una risa que tuvo que contener por miedo a que exteriorizarla en aquel lugar demencial significase reconocer que en verdad él había perdido la cordura.
Distraído, tropezó y sus manos tocaron el agua con las palmas, al caer de rodillas.
Estaba tibia, le sorprendió no haberse dado cuenta antes y allí se quedó, atrapado por la dualidad de sensaciones pues sus pies, también sumergidos, estaban fríos, helados, mientras que sus manos, tocando la misma fina capa de agua, las sentía cada vez más calientes.
Miró entonces hacia abajo, captada su atención por lo que le provocase la caída.
Una raíz gruesa, trenzada sobre sí misma y con pedazos de una extraña... <<¿tierra?>> asomaba desde ese suelo tan carente de objetos, de cualquier cosa, como el propio cielo. El mirar la tierra, o lo que fuera, que colgaba en pequeños pedazos de la rama experimentó un deja vú, y se vió a sí mismo mirando hacia el cielo, en las noches de luna llena, de hecho la tierra brillaba aquí y allí con pequeños destellos de luz, como si fuese en verdad pedazos oscuros de ese espacio exterior, de ese vacío cósmico pigmentado por luminosas estrellas que él conocía y admiraba desde abajo.
<<Caliente>>, de repente las manos estaban más calientes, en verdad ardían sus palmas y el gesto de sorpresa por la caída mudó en un grito silencioso de dolor al sentir ese calor recorriéndole los brazos. Intentó levantarse pero no podía, era como si su cuerpo estuviese inmóvil y entonces todo se oscureció.
Fue esa la mejor descripción en que pudo pensar, cuando tras pestañear el lugar que lo rodeaba se vio cubierto por una imposible negrura, como si de la nada hubiesen puesto una venda en sus ojos.
El cielo gris, vacío, se torno negro como la noche más cerrada al mismo tiempo que el suelo, que aun sentía bajo su cuerpo, y esa absoluta oscuridad le provocó una sensación que hasta ese momento lo había estado merodeando sin hacerse presente del todo.
Miedo.
A pesar de estar en un sueño, de no poder hablar, juró que sudaba y que el corazón le latía  desbocado.
<<Que es...>> pensó y se interrumpió, al percatarse de que en la oscuridad completa que lo rodeaba todo, había algo. ¿Una silueta? Algo vivo, que se movía. Abrió y cerró la boca, como un pez fuera del agua, cuando el pánico se hizo presente. Le costaba respirar, y su mente no podía pensar en nada al sentir la proximidad de aquella cosa, fuese lo que fuese.
<<¡Como quema!>>, quiso gritar, torciendo el gesto y bajando la mirada. Se hallaba de rodillas y pudo ver como columnas de vapor surgían desde la capa de agua donde estaban sumergidas sus manos, como niebla en la noche, abrió sus ojos con horror cuando la misma comenzó a burbujear, estallando y salpicando su rostro con frías gotas, pero aún más los abrió al sentir como su propia piel se cubría de burbujas cuando la sangre, como cualquier líquido, comenzó a hervirle dentro de las venas. Las uñas se cubrían de manchas negruzcas y, comprobó con desesperación, se levantaban de la punta de sus dedos como si estuvieran despegándose de ellos, unidas solo por minúsculos hilillos de sangre y carne que eran evaporados de inmediato. Como si tuviera cientos de pequeños insectos correteando bajo su piel, vió como sus manos parecían agitarse bajo la cantidad de burbujas pequeñas que se formaban mientras sus dedos se movían desesperados, como si quisieran escaparse de la mano que los aprisionaba y evitar ese dolor.
Deseó con todas sus fuerzas, como no lo había hecho antes, poder despertar, cuando su sangre comenzaron a estallar, poco a poco, cubriéndole los brazos de un líquido ardiente y rojo.
<<¿Mi sangre?>> llegó a pensar, momentos antes de ver que allí donde explotaban se formaba una verruga y manchas rojizas que rápidamente se ennegrecían.
Toda el agua brillaba, y a pesar de que a su alrededor no había nada más que oscuridad él no podía hacer otra cosa que sufrir y contemplar con horror y asco aquella escena.
<<Hay algo allí>> volvió a pensar, sin poder dejar de relacionar esa tortura con la aparición repentina de ese ser que le causaba pavor.
<<En la oscuridad, ¡Hay algo allí!>> se dijo, pero ¡Las manos!, se les desprendía la piel y sentía como si se la separasen del hueso con navajas de afeitar. No podía levantar la cabeza para ver lo que había más adelante, lo que moraba en esa tremenda oscuridad que se había tragado el mundo de su pesadilla, si es que lo era, pero estaba seguro de que en verdad necesitaba levantar la cabeza, observar... la cosa.
Gotas comenzaron a caer entonces desde la oscuridad del cielo, gotas de la misma negrura que lo conformaba y el agua comenzó a ascender a velocidad de vértigo, mientra su temperatura parecía, <<¡Que alguien me ayude! ¡¿Que hice?! ¡¿Que hice?!>>, parecía subir, quemando sus destrozadas ropas y entrando en contacto con su piel, cociéndolo, asandolo aún en vida.
Sintió como los músculos de sus brazos se deformaban mientras la piel se le deshacía al tiempo que las venas se hinchaban y explotaban en sangre hervida, todos los pelos de su cuerpo desaparecieron y enormes manchas negras reemplazaron sus pectorales, dejando entrar agua al interior de su cuerpo a medida que la piel se quemaba y se convertía en algo repulsivo, deshaciéndose como pegajosa goma.
Iba a morir. La idea lo alegró, pues representaba la única oportunidad de escapar de aquel dolor atroz, y pensó por un momento que si al hacerlo despertaba, jamás volvería a dormir.
Fue entonces, en un último esfuerzo por escapar de la tortura, quizás en un movimiento involuntario, levantó la cabeza mientras el agua llegaba hasta su cuello, y ascendía, y miró la oscuridad.
Vió el árbol, la única fuente de luz entre tanta nada, creciendo con firmeza a la orilla de aquella enorme playa de arena blanca a una distancia imposible de calcular, rodeado de sus propias ramas sobre las que otros arbustos y plantas crecían.
Contempló sus frutos, inmensos, cuya visión alivio al menos por un segundo el terrible tormento que padecía mientras sus labios se partían y su propia lengua se cocía en el interior de su boca y entonces observo más allá.
Lo que moraba en la oscuridad.
No fue más que un destello, la silueta, apenas una sombra, del horror supremo.
Y pudo sentir en su mente, en su alma y en su cuerpo, como aquello posaba un ojo indescriptible sobre él, como se percataba de su existencia en ese reino de los sueños que creía hasta ese momento era de su mente y entendió así lo egocéntrico y estúpido que había sido al pensar tal cosa.
Se dió cuenta entonces de que en verdad el soñado era él, y que toda su existencia, su ser, no se trataba más que de un producto de la mera imaginación de aquello que ahora abría los ojos y despertaba. Del abismo informe, el vació consciente.
Contempló que significaba ser el producto de un sueño ajeno y lloró.
Supo así que en los sueños siempre hay cosas que te atrapan. Y que sin duda alguna allí, en su aparente inexistencia, los monstruos eran muy reales.



Randax

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En el texto hay: misterio, suspenso, fantasia oscura

Editado: 30.07.2019

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