Relatos desde las sombras ©

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Carne seca

Leandro sabía que las tormentas de verano solían ser inesperadas y, tras un día soleado de calores extremos como aquel, podían desatarse con una fuerza increíble que le arruinaba las vacaciones a más de uno.
Aun así no pudo evitar sorprenderse por la velocidad con que el cielo antes radiante se había nublado hasta oscurecerse. Como si a un hermoso cuadro le cayera de repente un tarro de pintura grisácea. Cuando las gotas comenzaron a caer, deseó que fuera pasajero.
Tras menos de diez minutos entendió que aquella tormenta estaba lejos de detenerse, por el contrario, apenas había comenzando.
El viento soplaba y las gotas caían como frías agujas mientras Leandro corría a toda velocidad por la arena. La playa a su alrededor parecía el escenario de una catástrofe, con todos los bañistas recogiendo apresuradamente sus pertenecías y yéndose lo más rápido que podían hasta sus vehículos. Como si de repente se hubiera declarado el estado de emergencia.
La intranquilidad que provocaba una tormenta así se sentía en el aire, más pesado, casi eléctrico, y en las caras preocupadas de las personas que hasta ese momento disfrutaban del lugar y que ahora parecían más bien retraerse a sus instintos más básicos, buscando alejarse a toda costa del espectáculo de luces y sonidos que el cielo desataba.
Aquello no le gusto nada. Personas demasiado nerviosas eran el detonante de accidentes que podían haberse evitado por lo que se aseguró de apartarse con atención y cuidado, imponiéndose a sí mismo un cierto orden en la huida.
Una sombrilla pasó volando por la arena siendo arrastrada por el viento creciente. Detrás de esta Leandro pudo ver a una señora que corría sosteniéndose con una mano el sombrero de ala ancha que se agitaba intentando escapar a la libertad anárquica que brindaba la tempestad.
De repente la señora se detuvo al darse cuenta de que no lograría atraparla o quizás pensando que ya no valía la pena y se alejó siguiendo el mismo camino que todos los demás, hacia el estacionamiento o el hotel de las cercanías.
Por fin Leandro logró llegar a la protección que le ofrecía el techo de un gran edificio construido con un estilo antiguo, similar a una choza, que ahora oficiaba de parador para los turistas y que en ese momento estaba abarrotado por todas las personas que como él buscaban algún refugio donde esperar a que pasara la repentina tempestad.
El joven se hallaba empapado en una mezcla de sudor y agua de lluvia que rápidamente comenzó a enfriarse en su torso desnudo y le hizo castañear los dientes mientras se abrazaba a sí mismo intentando calentarse. Se había dejado la camisa en la arena por lo que solo contaba con sus pantalones cortos y el calzado.
Respiraba agitado y sentía los músculos tirantes.
Haber nadado tanto fue un error, se dijo, pero ya no podía hacer nada sobre eso por lo que descartó su pensamiento y se centró en analizar las opciones que le quedaban.
Destellos de luz cruzaban el cielo en forma de relámpagos y los sonidos eran una mezcla desagradable de viento potente con el roncar de los truenos. El agua caía formando pequeños huequitos en la arena, que se arremolinaba por todas partes y donde podían verse pertenencias, tanto objetos como ropa, volando por la ahora desolada playa.
Quedarse allí no era una opción, pensó Leandro. 
—Que locura —dijo una voz suave a su lado y Leandro se giró para encontrarse con un rostro joven que miraba hacia el agua donde pequeñas olas chocaban unas con otras.
—Inesperado —respondió Leandro para no ser descortés, si bien sus ganas de hablar eran pocas.
—Pareciera que cada vez se pone peor —se lamentó el joven con la mirada perdida en el cielo tormentoso. También estaba desnudo de la cintura para arriba y mostraba una postura tensa, inclinado demasiado hacia adelante. Se le notaba preocupado y nervioso, pero Leandro, decidido a no continuar esa charla, se evitó preguntarle el motivo. Quizás simplemente no le gustaban las tormentas.
—Las tormentas me alteran bastante —comentó como si le hubiera leído el pensamiento. —En casa siempre volvía locos a los animales. Y a mi hermano igual —. Sonrió, pero no pudo disimular el tono melancólico y cierta pena en su mirada.   
Leandro que no tenía interés por la historia de vida de aquel hombre respondió con un simple "ajá" y se alejó lentamente, preocupado por sus propios asuntos.
—Estás acampando ¿no? —.Leandro se detuvo ante la extraña pregunta del muchacho.
Este sonreía con apenas una mueca. El cabello húmedo, largo y rubio, se le pegaba a la cara. También había estado corriendo debajo de la tormenta.
—¿Como sabes? —preguntó, volviéndose extrañado.
—Somos cazadores. Estamos en la zona y creo que te vi armando una carpa hace dos días. Samuel, mucho gusto —respondió el muchacho estirando una mano que Leandro tomó con reticencias mientras decía su nombre. A pesar de su apariencia pequeña y el cuerpo delgado, el apretón fue firme y seguro.
—Tenia entendido que esta era zona de camping, no de caza —dijo Leandro, intentando que su tono sonara normal. La tormenta rugía sobre sus cabeza y hacía difícil la comunicación.
—Estamos de paseo. Solo mirando y recorriendo.
—¿Son muchos?
—Mi hermano, yo y mi compañero, él está por ahí —dijo Samuel y señaló a un hombre que se encontraba a varios metros de allí sentado en uno de los extremos del parador. Aparentaba ser bastante mayor y estaba vestido con un chaleco de cuero y pantalones para lluvia azulados. No parecía está mojado y por la calma con que fumaba y miraba distraídamente hacia los vehículos que se alejaban, tampoco daba la impresión de que la tormenta le molestara en lo más mínimo.
—Dos días —le dijo Leandro de repente. Se había percatado de que el muchacho le había dicho el número exacto de días que él llevaba acampando. No uno, ni tres, sino dos. ¿Porque no decirle simplemente unos días o hace un par de días atrás?
—¿Que cosa? —preguntó el joven, levantando su voz suave por encima de la tormenta.
—Nada. —Leandro le restó importancia, llamándose paranoico. —¿Ustedes acampan cerca? —preguntó, pensando que quizás tuvieran algún vehículo o forma de llegar evitando la tormenta. —Algo así. Por ahora nos vamos a quedar acá. El camino hasta la zona de camping se vuelve intransitable con lluvias como estás, hay peligro de deslizamiento de tierra y lodazales muy difíciles de ver, no te recomiendo que vayas si no se detiene. Nosotros andamos en camioneta, te podemos llevar hasta ahí —Y tras esas palabras lo miró fijamente, inclinándose aún más.
—No gracias. Espero a unos amigos que me pasan a buscar —mintió Leandro siguiendo una especie de corazonada, no le gustaban las armas de fuego, ni la de los policías ni la de los militares, mucho menos la de cazadores que se dedicaban a matar animales indefensos.
Samuel bajó la vista e hizo un gesto con los labios, como decepcionado.
—Ah bien. ¿Ya abandonan el camping? Porque fuimos a buscar lugar pero nos dijeron que estaba lleno —preguntó entonces.
Un rayo cayó a la lejanía y Samuel se estremeció y se mordió los labios cuando el sonido desapareció.
—Si, con esta tormenta no vale la pena quedarse. Seguramente hoy me marche. —Volvió a mentir Leandro, que no quería continuar la charla con aquel nervioso hombre. O eso se dijo, pero en verdad, no le gustaba que intentarán averiguar tantos datos sobre él.  
—Nosotros compramos pelo —anunció el cazador de repente— Tenes un buen pelo por cierto ¿Te interesa el negocio? Pagamos bien—. Leandro tardó en responder, sorprendido por la pregunta.
—No. Por ahora prefiero que se quede donde está. —Rechazó con toda la amabilidad de que fue capaz la oferta. —¿Cazan y además venden pelo? Estos tipos si que son raros, se dijo.
—Que lastima. Si cambias de opinión... estamos por ahí. —. A Leandro no le importo preguntar donde seria "ahí" por lo que murmuro un "Claro" y luego se alejó.
Como fuese, no parecía que quisiera hablar más porque tras una mirada hacia atrás comprobó que el joven ya no se encontraba en aquel lugar, ni tampoco su hermano.
Concluida la breve charla con el molesto cazador, Leandro se percató entonces de una joven que llamó su atención de inmediato. La había visto antes, al refugiarse de la lluvia y el viento, pero ahora que la miraba con más atención se dio cuenta de que la conocía.
Mejor dicho, recordó haberla visto, rondando por el parador y principalmente recorriendo el camino que serpenteaba entre el bosque y conectaba el campamento con la playa.
No pudo evitar pensar en que era bastante atractiva, sin llegar a ser algo del otro mundo, sus facciones jóvenes se veían animadas y las mejillas un poco abultadas junto con los labios gruesos le daban una apariencia juguetona. Además, si era del campamento, quizá tuviera forma de regresar.
Leandro se acercó a ella, haciéndose espacio por entre la gente que ocupaba el parador, pensando la mejor forma de hablarle. Cuando estuvo cerca pudo ver de forma clara que el semblante de la joven se transformaba, por un segundo y muy rápidamente. Frunció el ceño, arrugando la frente y estirando levemente el cuello hacia delante, con los ojos semicerrados como si quisiera ver algo que se hallaba demasiado lejos.
De repente los ojos se le abrieron salvajemente, de par en par, y la joven retrocedió un poco. Leandro más que pensarlo, lo sintió.
Creía que se llamaba empatía o algo por el estilo. Esa capacidad humana de poder interpretar y sentir las emociones de las otras personas. Quizás fuese por eso que también él se detuvo y desvío la mirada intentando seguir la de la joven, pues de aquella inicial sorpresa o desconcierto que había leído en su rostro, ahora veía más bien un nerviosismo y hasta cierto desagrado.
Tenía el gesto de quien ve algo que no quiere ver.
Se encontró entonces observando fijamente hacia el bosque.
La primera fila de árboles compuesta por sauces, talas y algunos pinos, separados los unos de los otros por espacios repletos de verde y algunos troncos caídos, se hallaba agitada con el viento creciente moviendo sus copas y creando una especie de silbido o rugido constante.
Hasta ese momento Leandro no se había percatado que incluso por sobre el tremendo ruido de los truenos se imponía el de los salvajes árboles. Naturaleza sobre naturaleza. 
El joven caminó hasta situarse en el lugar en que antes había estado la muchacha y pudo ver que esta se retiraba, corriendo por debajo de la lluvia hasta un auto azul que había aparecido.
Insultó para sus adentro por haber perdido la oportunidad.
Tendría que quedarse allí, mojado y siendo empujado y pisado por la multitud que lo rodeaba quizá esperando sus vehículos.
Un relámpago iluminó el cielo y Leandro sintió una punzada de malestar.
Se fijó que pocas veces había mirado hacia un bosque en plena tormenta y en verdad jamás esperó que incluso la potencia del relámpago fuese insuficiente para iluminarlo completamente. Por el contrario, las sombras provocadas por los árboles y las nubes oscuras parecieron bailar bajo el destello momentáneo, como si retrocedieran ante la aparición de alguna fuente de luz para regresar de inmediato con su fuga.
Los troncos daban la sensación de brillar por segundos mientras sus copas se sacudían y el espacio entre los árboles, que en otro momento perfectamente pudo haber sido usado como un camino, se cubría de una profunda y pesada oscuridad.
Leandro sintió que de repente no quería regresar, o al menos no caminando.
A pesar de estar frío y húmedo, el parador transmitía una cierta seguridad que se rompía en ese bosque, donde el muchacho pensó que no sería buena idea meterse.
Tendría que haber traído su celular, se reprocho mientras observaba.
Quizás sus deseos de escritor o su hábito de lector lo hicieron concentrarse en los árboles.
Pensó que la mística de aquel bosque en pleno temporal era muy diferente a la que le transmitía el resto del tiempo. Donde antes se veía tranquilidad y calma, ahora había rugientes sonidos como aullidos provenientes de sus profundidades y Leandro tuvo que recordarse que no habían bestias salvajes en aquellas zonas aptas para acampar. Aunque, los cazadores... dijo que solo observaban la zona, ¿pero porque? ¿que buscarían si allí no había animales? ¿comprar el pelo de los campistas?
Agitó la cabeza. De nuevo la paranoia que siempre lo caracterizaba.
Sin darse cuenta, su cara denotaba la misma atención que minutos antes la joven había tenido, parada en ese mismo lugar y cuando un segundo relámpago iluminó el cielo sus gestos sufrieron una transformación parecida, con la diferencia de que en ellos se reflejaron el más claro terror y entonces si, su paranoia, se apoderó de él.
En vez de retroceder se halló dando dos pasos hacia adelante, intentando ver con más claridad. Ni siquiera se le ocurrió pensar que la lluvia cubriría su campo de visión al salir de la protección que ofrecía aquel techo, haciéndole imposible mirar hacia la lejanía. Retrocedió de inmediato pasándose la mano por la cara y los ojos sin desviar la borrosa vista del lugar en el que creyó haber visto... <<Nada. Nada.>> se dijo, <<Imposible>> pensó de inmediato.
Su mente jugandole una pasada, mostrándole las sombras y los troncos antiguos agujereados que parecían semejar un cuerpo enormes y en movimiento. Sus huecos cual pequeñas lunas negras como si fuesen un rostro. Seguro que había alguien en él bosque, pensó intentando darle forma lógica a lo que creyó eran las líneas de una silueta que se movía entre los árboles, allí a la lejanía. ¿Pero quién? Parecía un hombre, pero a la vez tenía un cierto toque en su andar, que hacía pensar en otra cosa. Entonces otro relámpago iluminó las primeras filas de árboles transformándose en un potente rayo que impactó contra uno de ellos, directo en su tronco. Chispas y pedazos de madera salieron volando con el potente choque y Leandro gritó, al igual que quienes se encontraban en el parador, junto con el rayo que al caer disfrazó el sonido de sus exclamaciones.
Sin embargo, el joven se había sorprendido por otro motivo.
Por un segundo, antes de que la oscuridad volviera a tragarse el bosque, juró haber visto una figura imposible, sacada de pesadillas absurdas. Más alta que un hombre y completamente cubierta de pelo negro azabache, tenía la cara de un perro, <<No>>, se dijo, no de un perro, sino más bien de un lobo, con el hocico alargado y las orejas puntiagudas. Se encontraba allí, y entonces se había desvanecido.
El joven examinó el bosque con atención pero no logró ver nada más. El árbol impactado por el rayo se tambaleó pero no llegó a caer.
Mientras los minutos pasaban, se percató de que cada sombra en movimiento y cada destello luminoso le causaban sensaciones desagradables por lo que dejó de observar aquel bosque, convenciéndose de que dado el estado alterado de todos allí, y sus propios nervios combinados con lo tétrico de la zona, simplemente se había imaginado ver cosas donde no las había. Leandro soltó la respiración que hasta ese momento estaba conteniendo, puesto que en verdad era imposible que hubiera en aquel lugar un lobo.

Ese día había sido uno de malas decisiones, se dijo Leandro, quien si bien no creía en la suerte sí defendía el hecho de que cuando algo comenzaba a salir mal, por lo general solía empeorar mucho antes de mejorar.
Lo consideraba una verdad de la vida, y así se lo confirmaba mientras corría por el bosque intentando no resbalar al mismo tiempo que se esforzaba por no perder de vista el estrecho camino de tierra que lo llevaría hasta su carpa.
Minutos antes la tormenta veraniega se había detenido, con la misma extraña velocidad que había mostrado al comenzar. Cansado de esperar, Leandro creyó que aquello era su oportunidad y abandonó el parador donde aún se refugiaban algunas personas, lanzándose a la carrera rumbo al bosque.
El resultado de seguir tal impulso no había otro que la tormenta comenzando de nuevo a los pocos minutos, atrapándolo con su potencia de la naturaleza en pleno camino.
Leandro se debatía entre regresar y seguir esperando, o continuar lo más rápido que pudiera hasta su carpa.
Sabia que tenia que comprobar el estado de sus cosas y cuánta agua se le había metido.
El campamento no era muy grande, él no había visto a más de diez personas y quizás media docena de carpas. Como le gustaba la tranquilidad, había puesto su carpa bastante alejada de las demás, algo que había aprendido en sus pasadas experiencias como campista.
De repente resbaló y cayó con las rodillas en el barro que de inmediato cubrió sus piernas y le salpico hasta el pecho desnudo. El agua que caía sobre él comenzó a limpiarlo de inmediato.
Recordó entonces el cartel de entrada al campamento. Hacía pensar en uno de esos lugares dirigidos por católicos o adictos recuperados, "La buena vida". Lo anotó mentalmente como una de sus peores experiencias acampando.
Bueno, al menos no es tan malo como Cruz del Sur, aquello solo tenia algo peor que el estado de sus baños y era la atención a sus clientes, recordó con una sonrisa.
Siguió corriendo. Era como si a cada paso se encontrara con un nuevo charco y desde las nubes grises caían verdaderas bombas de agua acompañadas por el sonido estridente de los truenos, como cañones a la lejanía. Los árboles que rodeaban el camino se agitaban con violencia, rugiendo una melodía única para climas como aquel.
Había subestimado lo densa que sería la oscuridad dentro del bosque y a pesar de ser plena tarde, mientras se adentraba en aquel camino parecía como si fuese de noche.
Leandro intentaba calcular el tiempo pero le era difícil. Quizás ya tenía hecho medio camino o aún le faltaba más del doble. Bajo aquella tempestad, todos los árboles parecían iguales y el efecto que causaba era muy extraño, como si estuviera viviendo un deja vu constante.
Un relámpago iluminó el cielo y Leandro estuvo a punto de caer de nuevo.
Abrió los ojos de par en par pero no por el destello de luz, sino porque había creído ver una figura enorme que se movía en la fila de árboles más cercana, a su izquierda.
Desechó ese pensamiento recordando el rayo que había caído sobre el tronco y apuró el paso.
Jadeaba y sentía los músculos tensos pero el cuerpo frío, a pesar del considerable esfuerzo físico que hacía. Se arrepintió de no haberse traído más ropa y por un segundo se planteó que sucederia si caía y se lastimaba seriamente una pierna.
Quedaría solo en el medio de esa nada oscura y peligrosa, expuesto a la naturaleza destructora como un barco de papel lanzado al mar.
Al pensar en el rayo, no pudo evitar que vinieran a su mente lo que creía haber visto desde el parador, ese... lobo o lo que fuera. Oyó un sonido un par de metros a la izquierda y se preguntó desde hacia cuanto que lo venía escuchando. Era como si entre el silbido del viento y el rugir de la tempestad, se colara un ruido que no podía identificar.
¿Un jadeo? ¿Un aullido? ¿El caminar de un cuerpo contra la tierra húmeda?
Nervioso, vislumbró entre las sombras que danzaban a su alrededor una que parecía casi moverse con él. Mirando por el rabillo del ojo, sintió que había algo allí, fuera del camino, avanzando justo a su lado.
Al principio no entendió de qué se trataba, pues parecían dos pequeñas luces suspendidas en el aire, solo al verlas de esa forma entendió que eran en verdad la pupila de dos ojos rojizos que lo observaban desde la oscuridad.
>>No estoy solo en este bosque<< pensó, sin dejar de correr, sabía que el rostro se le había transformado en una mueca de espanto y un escalofrío le recorrió el cuerpo al percatarse de que la distancia entre él y aquellos ojos se reducía muy rápido. Se dio cuenta que corría mirando hacia la izquierda, y levantando su mano con cierta lentitud como si quisiera alcanzar a su perseguidor, como si su cuerpo necesitara tocarlo para comprobar que en verdad estaba allí, que era real, y no un invento de su mente asustada por el lugar en que se encontraba. La paranoia, la jodida paranoia.
Podría estirar la mano, se dijo, y tocar ¿un rostro? Que cada vez estaba más cerca.
Solo que no sería un rostro, susurró una insidiosa voz en su mente.
Sería un hocico, con sus fauces abiertas repletas de dientes y la saliva se le mezclaba con el agua que caía. Un ser con el pelaje erizado empapado por la lluvia.
Un asalto de adrenalina se extendió por su cuerpo, y experimentó el cosquilleo en las piernas como si su cuerpo le gritase "más rápido, ¡corre más rápido!".
Pero estaba asustado, y los hombres asustados eran torpes, como él bien sabía.
Tropezó sin llegar a ver con que y se fue al suelo.
Al levantar la vista encontró que sentía un dolor tremendo en el tobillo pero lo ignoró rápidamente al ver la casa que se encontraba a pocos metros de donde se hallaba.
Era la cabaña central donde se había registrado para acceder al camping y mirando con más atención pudo darse cuenta que alguien se hallaba en el exterior.
Se levantó sin pensarlo y un poco corriendo y un poco saltando en solo un pie, fue acercándose al lugar.
Lo que creía haber visto no ocupó su mente más que para darle fuerzas al seguir corriendo y se prometió a sí mismo que al menos hasta llegar a la protección de aquella cabaña no pensaría en eso.
Por un segundo tuvo la extraña sensación de que a su lado, muy cerca de él, las ramas se apartaban y una enorme sombra se desvanecía de repente, como empujada por el viento.

Estaba solo a unos metros cuando se fijó en lo que hacia aquella persona.
Supuso que sería la encargada, recordando que en el momento de pagar por un espacio en el camping solo había visto a una mujer.
Subida a una escalera, colgaba sobre las vigas del techo una tiras largas de algún material rojizo y plastificado que ondeaba agitado por el viento.
Era extraño pensó, que se preocupara tanto por eso con la tormenta rugiendo sobre sus cabezas. Corriendo, se posicionó bajo la escalera sobre la que se mantenía la encargada, intentando clavar a las vigas del techo aquella tira de un rojo oscurecido que parecía un pedazo de tela duro.
Le gritó desde abajo mientras se esforzaba por recordar su nombre, pero el rugido de la tempestad impidió que fuera escuchado pues la mujer continuó como si nada con su loca tarea. Martillaba con esfuerzo, tensa sobre los escalones de madera, pero ni siquiera el golpeteo podía ser escuchado por Leandro desde donde se hallaba.
Consideró en tocarle la pierna pero antes de que lo hiciera notó como ella bajaba la vista y entonces aunque no lo escucho pudo ver un grito formándose en la boca abierta de la sorprendida señora que subió dos escalones de un salto y dejó caer el martillo.
Leandro agitó los brazos y retrocedió, en un intento de tranquilizarla. Vio que ella se calmaba repentinamente y su gesto pasaba de la sorpresa y el miedo a la rabia.
La mujer descendió de la escalera y se puso casi cara a cara del empapado Leandro.
—¡Perdón! No quería asustarla, ¿podría ponerme bajo su techo un poco? hasta que pase la tormenta —gritó. La mujer, cuyo cabello pelirrojo se agitaba con violencia, se había inclinado para escucharlo mejor.
Ella no respondió pero hizo un gesto de asentimiento y luego señaló con su mano hacia el interior de una habitación de la casa que parecía ser una especie de galpón o quizás una despensa. La puerta de madera estaba abierta y se agitaba por la tormenta, golpeándose. Su interior oscuro se iluminaba con los destellos del cielo que parecían lombrices retorcidas de luz. Leandro pensó que aquel lugar sería un buen refugio, sonrío y se dirigió hacia allí, pero una mano firme lo detuvo agarrándolo por el brazo.
La mujer lo miró y luego señaló con un gesto de la cabeza la escalera y de nuevo hacia la habitación. Entonces Leandro entendió lo que le estaba diciendo, quería que él llevase la escalera. Dudó unos segundos pero la dura mirada de la mujer y el sonido rugiente sobre sus cabezas le hizo decidirse y se dirigió, levantando y arrastrando un poco la escalera, hacia aquella habitación.
No se preocupó mucho por ubicar bien la escalera en el viejo galpón por lo que solo la llevó y la dejó donde le pareció que podría estar bien. La mujer apareció al poco tiempo y le indicó que la siguiera. Mientras caminaba apresurado a su lado, pudo ver que colgados en una viga de madera del techo habian al menos otras cinco o seis de aquellas tiras.
Juntos se dirigieron al interior de la casa donde ella le dio una toalla y Leandro aprovechó para acercarse a la estufa encendida.
Su cuerpo estaba helado y sucio de barro y tierra, además de empapado, por lo que agradeció aquellos gestos.
Si bien nunca había sido alguien que viviera con muchas comodidades, y como profesor de literatura tampoco es que pudiera, no estaba acostumbrado a correr sobre la tierra mojada con una tormenta semejante sobre su cabeza.
—¿Tuvo algún problema con la carpa? ¿Se le voló? —preguntó la encargada, quitándose su gran campera de abrigo y unas botas para la lluvia. Con todo ese ropaje menos pareció mucho más pequeña al lado del corpulento Leandro, tanto que este pensó que si salia asi afuera, con el viento, sería ella quien saliera volando.
—No, no. Estaba en la playa y de repente se largó esta tormenta —Leandro se preguntó entonces por el estado de la carpa que había montado en una parcela cercana y de inmediato se le transformó el gesto al pensar en todas sus pertenencias, su ropa, sus libros, humedecidos y desparramados por el lugar. O quizás reducidos a cenizas, por el impacto de un rayo malintencionado.
—¿Piensa qué pudo haber aguantado? —inquirió Leandro, refregándose las manos frente a la estufa. Como si la naturaleza se riera de él, las luces del techo parpadearon y se apagaron.
—Con este temporal lo dudo. —respondió la encargada con voz sombría, haciendo un gesto hacia el cielo. —Y tampoco hubiera sido buena idea que estuviera ahí afuera —. Tras pronunciar aquellas palabras se alejó, dejándolo solo.
La casa, que se veía grande desde afuera lo era aún más desde el interior.
En el living donde se hallaba Leandro pudo ver casi cuatro habitaciones más sin contar la cocina y una escalera de madera que llevaba al segundo piso. La decoración era bastante simple, con algún cuadro ocasional o una pintura que representaba animales como leones o perros. En la entrada había una alfombra humedecida por su caminata, al igual que el piso de madera, y sobre la chimenea descansaba una escopeta que Leandro pensó sería parte de la decoración.
Como no le gustaban las armas de fuego, apartó su vista de ella.
Leandro escuchó como la mujer insultaba en voz alta.
—Parece que la tormenta es sería, si llegó a tirar alguna columna vamos a estar sin luz un buen rato —dijo al tiempo que salía de una habitación cercana con un poco de ropa en sus manos. —Esto le va a venir bien. Es de los campistas que siempre algo pierden —agregó, tendiendole una camisa seca. Leandro que no tenía la suya puesta, se lo agradeció.
—Pero si es por mí te podes quedar así —comentó divertida la mujer, guiñandole un ojo y yendo hasta la cocina.
El joven no esperaba tal comentario y antes de saber qué responder ya se había alejado.
Mientras regresaba terminó de secarse y se encontró pensando en que si bien era mayor que él no le llevaba tantos años. Quizás tuviera cuarenta y algo, mientras que Leandro se hallaba por los veinticinco, tampoco era un niño. Además era una mujer bastante simpática y no parecía fea, era más bien elegante, con unas lindas piernas y su pelo rojizo que se agitaba con los movimientos de su cabeza.
—¿No podes pensar en otra cosa? —se dijo a sí mismo. No podía creer que de verdad estuviera analizando la posibilidad de llevarse a la cama a la encargada del campamento. Como si no tuviera más prioridades que atender.
—¿Paso algo? —preguntó ella que venía desde la cocina con una bandeja donde se veían masitas y bizcochos. Leandro se sobresaltó y solo atinó a responder:
—No, nada. Me preguntaba qué hacía colgando esas tiras del techo con semejante clima.
—Ah, sí. Eso, es cosa de viejos supongo. Mi madre lo hacia y parece que lo heredé.
—Bueno, cuénteme, la verdad no tengo mucho que hacer mientras esto siga así —.Leandro hizo un gesto hacia arriba donde se escuchaba el rugir del viento y el agua impactando contra el techo.
—Esas tiras que vio eran pedazos de carne seca, dicen que en la época de los indios se usaba para que los espíritus del bosque al verla supieran que no tenían que atacar ese lugar. Así era como usaban a los espíritus para protegerse a ellos mismos y tener prosperidad —. Aclaró la mujer sentándose en uno de los sillones y colocando la bandeja en la mesa pequeña que había frente a ellos.
A Leandro lo de espíritus del bosque lo inquietó, recordando las sensaciones que había tenido antes. Como si alguien o algo lo siguiera.
—¿Como si fuese protección? —preguntó interesado.
—Básicamente si. Parece ser que los espíritus sólo aparecían en los días de tormenta, como este. Y si, solo a un fantasma se le ocurriría salir con este clima.
—Que interesante. Me atraen bastante las leyendas antiguas. Nunca había escuchado una como esa.
—Estos bosques son muy antiguos, al igual que quienes vivimos en ellos. Le sorprendería la cantidad de historias que puede escuchar uno.
—Bueno, usted no parece tan... antigua —Eso había sido estúpido. Sonrió con torpeza y desvió la mirada para intentar que el comentario pasara desapercibido. —De todos modos, lo que no entiendo es porque pedazos de carne y no de otra cosa. ¿Sería por la sal qué las tiras de carne tenían? —preguntó Leandro con rapidez.
—No, creo que era más bien porque los espíritus eran de animales carnívoros. Lobos y esas cosas —. Leandro se quedó helado. <<Lobos y esas cosas>>. Sintiéndose un poco mareado utilizó el sillón y se esforzó porque no fuese visible su malestar.
—¿Podría ser que hubiera animales en él bosque? Grandes, quiero decir —preguntó tras un momento de silencio, intentando no transmitir la incomodidad en su tono.
—No. Es zona de camping, no me dejan tener ni perros. Mucho menos un animal suelto en el bosque. —Respondió tranquilizadoramente la mujer. —¿Porque? ¿Viste algo raro? —
—No, no. Solo... la tormenta hace que uno se confunda creo. Más si estás metido en un bosque con el miedo de que te parta un rayo a cada momento.
—Me imagino que no debe ser fácil —comentó ella mientras servía en los vasos lo que pareció ser vino. —Debes estar muy cansado. En sí tu carpa no queda lejos de acá, pero con este clima...
—Después de lo de recién, prefiero esperar que pare. Si no es molestia para usted que me quede al menos un poco más claro. —Leandro esperaba que con algo de suerte la tormenta disminuyera de intensidad pronto.
—Yo no tengo problemas —dijo la mujer, sonriendo. —Solo tendremos que ver cómo matamos el tiempo —agregó, cruzándose de piernas y mirándolo fijamente a los ojos.

Leandro defendía la teoría de que el romanticismo había muerto un siglo antes, en el diecinueve, y argumentaba para ello que cada ves era más evocado en las épocas actuales, en películas, libros, series, la gente prácticamente deseaba el romanticismo, como quien desea volver a ver con vida a ese familiar que ya no está.
Que hablen mucho de tí no quiere decir que no estés bien muerto, por el contrario, puede significar que lo estas.
Aun así, pudo admirar la ironía de haber hecho el amor con Elena -recordó que así se llamaba en el momento exacto en que ella se quitaba los pantalones dejando al descubierto que no llevaba nada debajo- sobre el sofá, con la estufa encendida y ocasionalmente algún relámpago como única fuente de iluminación.
Mientras se vestía se preguntó cómo había sucedido aquello.
Otra persona debería estar con la cabeza totalmente centrada en regresar a su carpa y comprobar el estado de sus cosas, incluso él, conociéndose, se decía que tendría que estar hecho un manojo de nervios. Tendría que comprobar el estado de la carpa y alejarse de ese lugar de mala suerte. <<Las personas cambian, supongo>>, pensó entonces.
Decidió dejar un poco de lado la preocupación, que ya bastante de eso había tenido durante el dramático día.
Lo que había pasado, ya estaba, y además no podía negar que Elena sabia lo que hacia. 
—¿Te tiras a todos los campistas o solo a los que trae la tormenta? —Preguntó mientras se volteaba para verla allí, semidesnuda, recostada en uno de los brazos del sofá.
—Solo con la tormenta —dijo sin borrar esa sonrisa que cruzaba su rostro. A Leandro le gusto el gesto, a medio camino entre su edad y el buen momento que había pasado.
De repente Elena se levantó y fue hasta la cocina, mientras él terminaba de vestirse.
Al regresar traía en sus manos una cajita de madera que colocó sobre la mesa ratona y abrió enseguida.
—¿Qué te parece completarlo con esto? —preguntó, enseñándole la bolsita dentro de la cual Leandro pudo ver con cierta sorpresa que había marihuana. Dos pipas artesanales de madera se hallaban a su lado y Elena tomó una mientras le ofrecía la otra a Leandro.
Aquella mujer era una verdadera caja de sorpresas pensó para sus adentros.
No es que a Leandro le molestaran las drogas, como profesor le resultaba una situación común que de repente algún alumno de ofreciera porro en los recreos.
Pero en verdad no se lo esperó de Elena, por algún motivo. Quizás uno no se lo espera de aquellos a quienes les entrega su dinero o simplemente fuera el hecho de que ella estaba a cargo.
Pensó en decirle que no, pero luego recordó que quizás la tormenta hubiera destrozado su carpa y lo analizó de nuevo.
—No seas tímido —dijo ella acercándole la otra pipa.
Antes de ponérsela en la boca, lamió lentamente la boquilla todo a lo largo, sin quitarle los ojos de encima.
Los minutos pasaron mientras el humo entraba y salía de sus cuerpos, sombreados por las llamas de la estufa y adormecidos por el sonido ya más leve de la tormenta.
Tan leve que Leandro, de hecho, comenzó a sentirse con sueño.
Los párpados le pesaban y el cuerpo se sentía fatigado, de repente, muchas ganas de dormir lo asaltaron como si fuese el bajón después de una fiesta nocturna.
Miró a Elena, pero le fue imposible fijar la vista borrosa en ella, la veía triple. Sin embargo, le pareció ver cómo dejaba la pipa sobre la mesa.
—Te noto cansado. No te vendría mal un sueñito. Tranquilo, todo va a estar bien —dijo, simplemente, y Leandro ya no pudo resistirse al sueño. Antes de caer en la inconsciencia, juraría que alcanzó a oír cómo le susurraba un "gracias" en el oído.

Despertó sintiendo que había estado soñando algo donde caía.
Tenía un gusto desagradable en la boca, como si hubiese estado chupando un zapato.
Le dolía todo el cuerpo, principalmente la zona de las costillas y la cintura. Tenía una migraña considerable y todo le daba vueltas alrededor.
Intentó enfocarse, recordar. La playa, allí había ido hasta que la tormenta lo obligó a regresar. Corrió por el bosque y... Elena, habían hecho el amor sobre el sofá.
Y entonces se drogaron... solo que el drogado en verdad fue él, se dijo, cayendo en la cuenta de lo que había pasado.
La sensación de humedad le hizo apartar esos pensamientos de su cabeza.
Estaba oscuro, era seguramente de noche y una fina capa de gotitas de rocío, de las que no mojan pero molestan, caía a su alrededor.
Se hallaba sobre una capa de pasto mojado en lo que parecía ser un campo al descubierto, que varios metros más allá se interrumpía con filas de árboles.
Estaba en un claro del bosque, pudo ver, al mirar hacia los costados y observar que los árboles lo rodeaban en todas las direcciones.
La falta de relámpagos o agua cayendo del cielo le indicó que la tormenta había terminado o al menos se había detenido.
¿Cuánto tiempo habría pasado? ¿Minutos? ¿Horas? ¿Qué había pasado? 
Intentó incorporarse y entonces se percató de que sus prendas no eran las mismas. Tenía una camisa y un pantalón de color oscuro y tenía además, algo que le hacía peso en su bolsillo izquierdo.
Sacó entonces la carta de papel que venía acompañada de una pequeña linterna.
Elena lo había drogado y lo había dejado allí, en el medio de la nada, con aquella carta y esa linterna. Estaba claro que debía leerla.
Estaba dispuesto a hacerlo cuando el sonido de voces lo distrajo. ¿Era su imaginación? El desconcierto a sus sentidos aún no había desaparecido, y allí, en medio del bosque, se sentía como si estuviese escuchando un espectáculo de música a lo lejos. Con ecos y coros que bien podían ser los árboles agitados por el viento, o fruto de su propia imaginación.
Prestó más atención. Sí, definitivamente eran voces.
No pudo entender qué decían pero se hallaban cada vez más cerca, como si se dirigieran hacia ese lugar.
Instintivamente se levantó y comenzó a buscar en los alrededores con la mirada.
No podía estar seguro de la dirección que traían, solo que se acercaban. Mientras lo hacia, palpaba sus bolsillo deseando encontrar allí un celular. <<Claro, y un micrófono y una cámara oculta y un tipo que saliera desde los árboles diciendo que todo era una broma>> pensó con sorna.
De repente captó movimiento y allí clavó su mirada.
Aquel no era el lugar desde el que venían las voces, pero había alguien entre los árboles más cercanos.
Desde donde se encontraba, Leandro vislumbró una suerte de sombra medio iluminada por la luna llena que comenzaba a brillar con todo su esplendor mientras las nubes desaparecían del cielo como borradas.
—¿Hola? —llamó Leandro, sintiendo la intranquilidad propia de todo lo que sucedía crecer en su interior. La voz quebradiza, como ajena.
La sombra se movió.
—Disculpe, estoy perdido. Necesito usar un teléfono.
La sombra se movió.
—¿Señor? —Y entonces la sombra salió de entre los árboles.
Leandro no pudo evitar ahogar un grito y retroceder dos pasos. Sintió que a su cuerpo lo recorría electricidad como si se hubiera dado un golpe inesperado en el codo o en el dedo pequeño del pie.
Aquella cosa, bajo el brillo casi plateado de la luna, era algo imposible.
Alto como un hombre, caminaba erguido sobre dos piernas tambaleantes con los brazos pegados al cuerpo, agitándose levemente a cada paso que daba.
Leandro vislumbró con horror que el cuerpo de esa bestia estaba cubierto de pelo, pero no pudo confundirla con ningún animal salvaje cuando la miró más atentamente.
Su miedo mudo en asco al darse cuenta, mientras aquella cosa se acercaba, que en verdad no se trataba de un pelo natural, parte de su cuerpo, sino que por el contrario, pequeñas gotas de agua mezcladas con sangre salían desde muchos lugares de su cuerpo en donde retazos de pelo estaban visiblemente cosidos a la carne.
Como un puzzle cuyas piezas eran el cuero de algún animal, ese horror tenía sobre su pecho, unido desde el cuello hasta los muslos, una gran tira de pelaje corto color negro azabache. Luego había un espacio de piel vació, enrojecida y tirante, que se interrumpía por rombos, triángulos, círculos y otras formas menos geométricas cubriendo sus piernas, como los parches a una piscina. Había pelos cortos, largos, enmarañados y extrañamente lacios. Del color de la noche eran dos mechones de pelo que caían de sus hombros, pero también los había o rubios apagados y sucios. Pelirrojos que brillaban como escarlata bajo la luz que los iluminaba o bien pedazos donde claramente el cabello había sido arrancado, mezclándose con la propia piel amarillenta y sucia del hombre que llevaba aquel traje de espanto.
Leandro sintió que las piernas le temblaban y un frío brutal en el resto de su cuerpo.
Su vejiga luchaba por vaciarse al mismo tiempo que sentía como los testículos se le comprimían.
Tenía que correr, escapar.
Y entonces miró el rostro de la cosa y supo que no tendría oportunidad. Cayó al suelo sintiendo que sus sentidos afectados por la droga hacían temblar todo a su alrededor.
El detestaba las armas, pero daría cualquier cosa por tener una consigo en ese momento.
Un hocico de perro, con las fauces abiertas de forma antinatural, agitándose como si no pudiesen ser controladas, estaba unido mediante grueso hilo azulado a las mejillas perfectamente humanas de aquel rostro. Desde el cuello salían dos tiras más de pelo marrón y sobre la cabeza se notaba otra, de cabello más oscuro, cosida con un hilo más fino que alguna vez hubiera sido blanco. Incluso había, como toque final demencial, dos grandes orejas perrunas, como triángulos oscurecidos y erectos, cosidos a esa cabeza.
La cosa levantó uno de sus brazos y Leandro pudo ver con horror cómo una mano humana ensangrentada lo señalaba.
A ella estaba medio unida una tira bamboleante de ese cuero peludo que cubría completamente el otro brazo y el joven no pudo reprimir el vomito al ver como aquella tira de pelo estaba descosiendose de su brazo, apenas unida a este por dos deshilachados hilos con los que alguna mente enferma los había cosido.
Aquella fusión imposible entre un animal y un humano era lo peor de ambos y al verlo Leandro reconoció lo que creía haber observado antes en ese mismo bosque.
Su mirada, repleta de locura, reflejaba sin embargo un poco de humanidad y entonces entendió que aquel experimento demente no lo estaba señalando, sino que por el contrario, buscaba que alguien volviera a unir a su propia carne, mediante aguja e hilo, el pedazo de cuero que le colgaba del brazo.
Gimoteaba, como un perro herido, mientras se estiraba hacia Leandro.
Este no pudo hacer otra cosa más que retroceder arrastrándose por la tierra, pero estaba claro que no lo lograría. Jamás podría levantarse y escapar corriendo.
En el momento en que lo hiciera, estaba seguro, la cosa se abalanzaría sobre él y lo destrozaría como la bestia que era.
Entonces sintió como su espalda chocaba contra algo sólido.
¿Había llegado ya a los árboles? Quizás tuviera una oportunidad pensó mientras levantaba la mirada pero entonces se encontró con que lo sólido que había tocado no era el tronco de un árbol, sino la pierna de un ser humano. Vio la mirada de uno de los cazadores con los que se había encontrado en el parador. Vio la culata de su arma levantarse y entonces solo sintió un dolor muy fuerte en la cara y la sensación de que esta se calentaba muy rápido.
Tras eso todo se oscureció.

Leandro abrió los ojos. Sentía la cabeza como si tuviera un despertador metido dentro que se agitaba con violencia revolviendole los sesos. Recordaba los retazos de un sueño donde se ahogaba en una lluvia que no se detenía, sólo para descubrir al final que no era agua lo que caía desde ese cielo de su mente, sino cabello.
De inmediato intentó incorporarse y fracasó sintiendo los hombros tensos y agarrotados.
Algo fuerte lo mantenía inmóvil sobre la superficie en la que se encontraba acostado.
—Parece que nuestro amigo campista se despierta —dijo una voz casi divertida, cuyo interlocutor no pudo ver.
—¿Quien esta...—Pero no pudo terminar. El dolor de su cabeza era muy fuerte y ahora se combinaba con el de su rostro, que sentía caliente, casi vibrante, en toda la parte izquierda.
—Eres de los que solo se quedan inconscientes unos minutos. Puedo asegurarte que en los próximos momentos eso va a ser una jodida mierda para ti —. Samuel, así era como se había presentado aquel cazador que ahora tenía a su lado, con su cabello rubio y su complexión delgada, se veía mucho más amenazante que antes vestido como estaba con ropa de corte militar, pantalones caqui y un chaleco verdinegro.
Leandro pudo ver que su cuerpo estaba atado, en las muñecas y en los tobillos, a las puntas de una mesa metálica. Aquel aparato lo retrotrajo a los instrumentos de tortura de siglos atrás.
Los recuerdos comenzaron a volver, llenando su mente como si fuesen eventos de un pasado horrible, que hubiera preferido dejar atrás.
Elena, el bosque, aquella cosa, el cazador, un golpe muy fuerte en su rostro y luego un vacío, como si su mente se desconectara en esos momentos.
Con los recuerdos llegaron las lágrimas.
Aquello no era su vida, cómo era posible que las cosas estuvieran sucediendo de esa manera, se dijo.
—¿Porqué a mi?—gimoteo pensando en voz alta. Samuel lo miró, parado a su derecha, y en su rostro juvenil comenzó a formarse una sonrisa.
—Oh. No me digas que aun no lo entiendes —comentó mientras esa sonrisa se ensanchaba. —Creí que lo habías visto. A mi hermano quiero decir, en el bosque —agregó y luego señaló con la mano izquierda.
Leandro movió la cabeza para mirar en esa dirección y con la vista borrosa pudo identificar, tirado en el suelo como si fuese una especie de perro deforme y gigante, a la cosa que él había visto en el bosque.
Aquel hombre a cuya piel parecia adornada por retazos de pelo cosido.
—Sí, en verdad somos más de dos cazadores. Tres, para ser exacto. Hermanos.
Por lo general lo entiendan apenas lo ven. Al menos con los otros siempre fue así —. Samuel lo sacó de su ensimismamiento.
—Por favor, no se de que hablas, yo no hice nada, ni siquiera los conozco —Leandro repetía aquellas palabras sin detenerse a pensar en ninguna de ellas.
—Vamos, las pistas están ahí. ¿Como no te das cuenta?
—¡Ayuda! ¡Auxilio por favor! —gritó entonces sin pensárselo dos veces. La cosa cubierta de pelos se levantó de repente. Leandro no pudo gritar más pues el puño de Samuel se estrelló en su estómago como si golpeara un pedazo de carne, o un tambor.
Quedó sin aire y estuvo a punto de vomitar.
—No grites. Asustas a los animales. En fin, me gusta cuando entienden lo que va a pasar. Eso hace la cacería más divertida. Porque corren y todo eso. Pero parece que no será así en este caso. ¿De verdad no te has preguntado ni por un segundo de donde sale el pelo que adorna tan bien a mi hermano? —.Samuel seguía señalando, y Leandro, entre toses, no pudo evitar que aquella pregunta se imprimiera en su mente. Esta se esforzaba porque él sobreviviera y lo convenció de que si respondía  correctamente nada malo pasaría.
—No entiendo. ¿Qué quieren? No se que esta pasando —Leandro no podía encontrar la respuesta que se suponía debía dar, solo quería que todo aquello acabase, salir de ese bosque, volver a su casa, a su vida de enseñar alumnos e irse de vacaciones.
—Bien, te voy a dar una pista —susurró Samuel y en un veloz movimiento, fruto de una clara práctica, sacó un cuchillo, hoja larga y gruesa, de combate, desde alguna parte del muslo derecho. Sujetó con fuerza la oreja izquierda de Leandro y comenzó a cortarla, desde arriba, con intención no de mutilar, sino de separarla de su cabeza limpiamente.
La oreja no se desprendió con facilidad por lo que Samuel tuvo que serruchar esforzándose por sujetarla con la sangre que surgía a chorros intermitentes dificultando su tarea al volverla resbaladiza.
Leandro gritó y se retorció, incapaz de procesar lo que ocurría. Escupía saliva espesa, casi como si fuera espuma, mezclada con mocos y lágrimas. El gritó resonó por todo el lugar, quedándose casi impregnado en el mismo, como si lo hubiesen producido en una ciudad silenciosa por la noche. Jamás, en toda su vida, había gritado de esa forma.
Hasta que, quizás unos pocos minutos después, o solo meros segundos, Leandro ya no escuchó nada con su oído izquierdo. Por el derecho, quizás se oyó gritar un poco más, no estaba seguro. 
—Con el segundo intento aprendimos que las orejas estorban mucho la tarea. Es decir, no me molesta la dificultad, no soy de esos, pero tampoco nos interesa complicarnos tanto. —.Samuel arrojó al suelo la oreja, que parecía un pedazo de masa para modelar demasiado realista, retorcida y ensangrentada y luego secó el cuchillo con un trapo que sacó de algún lado. 
Entonces se acercó a Leandro aún más y con otro veloz movimiento le enterró la punta del cuchillo en la parte superior de la cabeza. Cuando el joven entendió lo que había ocurrido, ya un pedazo de su cuero cabelludo se le había desprendido bajo la hoja afilada.
Samuel se alejaba, con el cuchillo ensangrentado en la mano y la tira de piel flácida, muerta, agitándose como un pedazo de papel mojado, en la otra.
Leandro sabía que aquello había terminado, militares que te secuestraban, que te mataban y te borraban para siempre después de torturarte. Tu les decías todo lo que querían escuchar porque solo deseabas en el fondo que por fin aquello se acabase y ellos solo sonreían y juzgaban que aun sabías más, que ocultabas algo, que debías hablar y entonces vuelta a empezar.
Pero eso había terminado, era parte del pasado, muerto y enterrado.
Y entonces la hoja pegajosa de su propia sangre de aquel cuchillo volvió a entrar y Leandro pudo sentir como le separaban un nuevo pedazo de su cuero cabelludo, como si le fuesen arrancadas de un tirón todas las uñas de los dedos pero mil veces peor y supo que nada había terminado.
El horror aún existía, incluso el más repugnante y doloroso de todos.
Fue entonces cuando Leandro entendió, entre el dolor inenarrable que sentía y el deseo de morirse allí no más, que la pregunta que le habían hecho tenía una sola respuesta.
¿No entiendes que pasa? había dicho el cazador y reía.
"Compramos pelo", recordó, "somos cazadores", recordó. ¿En un área sin animales salvajes? ¿Cómo sabían cuánto tiempo había estado él acampando?
"Tu tienes un buen pelo", recordó.
Aquella cosa, a la que Samuel había llamado "hermano", aquel hombre-perro o lo que fuera, cuya apariencia bestial y enferma se la confería el pelaje unido mediante aguja e hilo y grapas de metal, a su retorcido cuerpo, era fruto del trabajo de una mente demasiado perdida en la locura.
De cazadores que no se encargaban de animales cuyo pelaje extraían.
Ellos perseguían a otros seres humanos y les arrancaban el cuero cabelludo para de esa manera dar forma al horror que en ese momento se daba vuelta y se ponía de rodillas para que su hermano comenzara a coserle, unos centímetros por encima de la frente, el nuevo pedazo de pelo que cubriría su cuerpo.

Samuel hizo una pelota con la ropa y las arrojó a las llamas.
Había terminado su tarea bastante antes, pero su hermano, Franco, aún no había llegado con la carpa y las cosas del tal Leandro.
Ya las tenian marcadas desde antes, por lo que quizás se había detenido a mear algún árbol y por eso demoraba, le gustaba mucho hacer sus necesidad al aire libre, principalmente en bosques.
Era como una bestia. En cierta forma los tres hermanos tenían algún rasgo de animal.
No era casualidad que él amara la cacería como un reto, o desafío, sin el cual no podía vivir. Casi como si una suerte de necesidad inexplicable lo empujara a ello. 
Y Josuel, su otro hermano, ¿que decir de él? Era por lejos, y visiblemente, el más bestial de los tres. Licantropía clínica, lo llamaba la ciencia. Monstruo imbécil, lo llamaba la sociedad, o sus propios padres. Deforme, bestia, enfermo. Siempre jodiendo, siempre metiendo más y más presión y arrojando una piedra más en ese estanque.
<<¿Por qué nos tratan de esa manera? ¿Por qué hay que ocultarse?>> había preguntado a su padre, años atrás, en uno de los pocos momentos en que se había sentido con la confianza suficiente como para al menos dirigirle más que un "sí señor" o un "no señor".
Recordaba como el viejo Rolando le había dado un buen trago a la botella.
"Si alguna vez te responden, van a decir que algunas personas son malas. Pero en la vida real, la mayoría son una mierda y algunos un poco peor".
Palabra de padre, amen y que en paz descanse el maldito.
Pero ninguno era tan valiente cuando estaba desarmado, corriendo por un bosque o en medio de un camino desolado. Ninguno era valiente cuando veían a Josuel y solo lloraban y corrían meados en los pantalones.
Ninguno era valiente cuando pasaban a formar parte de Josuel.
Esa era la broma máxima. Sin duda alguna, Samuel estaba consciente de ser un buen hermano, de ayudar a los suyos, de que sin brindarse apoyo entre ellos, jamás saldrian adelante. Y si su hermano quería aullarle a la luna y gruñirle a la gente, ¿porqué no podía hacerlo? Usar de los mismos que trataban a su hermano como un monstruo el cabello que luego le convertiría más y más en ese monstruo que ellos temían. Ingenioso, sin duda.
Samuel estaba como una puta cabra, muy loco. Aunque claro, de esto era menos consciente.
Apagó su quinto cigarrillo y lo pisó con las gruesas botas. Franco se estaba tardando bastante. El procedimiento era el mismo de siempre, terminar el trabajo, reunir las cosas y quemarlas, no era bueno dejar rastros, no había diferencia entre ellos y los cabos sueltos. Así como tampoco entre estos últimos y ellos presos, o muertos.
Se permitió detenerse a pensar desde qué momento había comenzado a pensar en término de "ellos" y no simplemente "yo". ¿Desde que habian huido los tres, tras su primera presa? No, incluso antes. Cuando por fin había entendido que sus ancestros habian logrado sobrevivir como cazadores, juntos, unidos.
Sin pagar facturas y depender de prestamistas, sin depender de nadie que no fueran ellos mismos trabajando en hermandad. 
Sí, ese era el gran sueño.
Lograr la hermandad, no depender de nadie, ser ellos contra el mundo y ganar. Escupirle en la cara.
Y siempre que pudieran confiar los unos en los otros, entonces el sueño estaba siendo cumplido día a día.
Un sonido lo distrajo. Su hermano Franco había regresado y traia consigo grandes bolsas que cargaba con esfuerzo pero sin quejarse. Como todo un hombre.
Las fue llevando de a poco hasta otra de las piezas de aquella cabaña abandonaba y luego, mientras su hermano miraba, las roció con gasolina. El piso de la cabaña era de cemento sucio y repleto de hojarasca y barro, y el techo parecia ser zinc. Se hallaba derruido pero ellos no dejarían que demasiado humo surgiera y delatara su posición.
Tenían los extintores siempre a mano, y la carpa, la ropa, los libros, todo ardía muy rápidamente.
No les fue difícil descubrir que lo más complicado era, en verdad, deshacerse del cuerpo y no tanto de sus pertenencias en vida.
Las otras ocasiones en que habian matado, siempre gente solitaria, siempre prejuiciosos o presas claras, les había enseñado muchas cosas que ahora aprovechaban para evitar dejar pistas.
La última parte vendria despues que dejaran el cuerpo bien cubierto bajo tierra. Tomar las llaves y pirarse del lugar. Se habian asegurado de no llamar la atencion, pasando desapercibidos como ellos sabían hacerlo.
Y solo ese día, el último que permanecerian allí, habian dejado libre a Josuel para que paseara por el bosque y pudiera rastrear por sí mismo al muchacho que ya habian elegido.
Samuel tomó uno de los libros que Franco había traído en otras bolsas, que estaba arrojando al fuego en ese mismo momento, tras revisarla y asegurarse que no tuviera nada útil o de valor.
"Frankenstein", de Mary Shelley.
Samuel sonrió, y arrojó el libro junto con su cigarrillo al fuego creciente.

El lugar para enterrar el cuerpo lo habían elegido con antelación, en los mismos días que usaron para vigilar los movimientos de Leandro.
Era una zona profunda del bosque, apartada por unos cuantos metros de la cabaña abandonada donde se habían refugiado, por lo que para llegar hasta allí tuvieron que usar la carretilla.
La tenían exclusivamente para ese propósito por lo que Samuel y Franco cargaron el cuerpo y fueron llevándolo sobre ella por el terreno desparejo y húmedo del bosque.
Samuel llevaba la carretilla mientras Franco, con la linterna en una mano y la pala en la otra, alumbraba el camino.
Caminaban en silencio. Samuel sonrió ante la idea. Caminaba en silencio con su hermano mudo. Y sin embargo, no podía evitar sentir que ese silencio molesto, denso, flotaba en el aire.
Su hermano podía comunicarse de otras manera, pero prefería no hacerlo, eso era lo que transmitía aquel silencio.
Tampoco él quería hablar mucho, con el esfuerzo físico que realizaba. Pero no podía además dejar de lado la intranquilidad que le producían los destellos sobre sus cabezas.
Caminando bajo los árboles que lo rodeaba se hacía imposible saber si había comenzado a llover, o eran gotas que se habían acumulado con la tormenta anterior y caían ahora desde sus hojas, pero una fina capa de agua sin dudas estaba cayendo sobre ellos en ese momento.
Si la tormenta comenzaba, no podrían irse de ese lugar. Y era indispensable que lo hicieran antes de que alguien comenzara a preguntar por un campista desaparecido.
Estaban seguros de no haber dejado pruebas, de no haber llamado la atención, pero nunca se estaba ciento por ciento seguro.
Finalmente llegaron al lugar que habian elegido y comenzaron a cavar.
La tierra húmeda hacia que el trabajo fuera más sencillo pero mucho más sucio.
Ambos metían la pala y tiraban la tierra en una montaña que se iba volviendo cada vez más grande. Luego la utilizarían para rellenar el agujero.
En el bosque la luz de la luna iluminaba con destellos ciertas zonas y oscurecía ciertas otras. El olor a tierra mojada y a tronco húmedo le daba un toque familiar al lugar, haciendo que uno ni siquiera se percatara del chirrido de algunos pájaros o pequeños depredadores nocturnos.
El humor se Samuel había mejorado, trabajar siempre lo ponía de buen humor, como si tuviera dentro de sí una gran energía que pugnaba por salir y que cuando lograba encauzar le volvía dócil y calmado. También su hermano parecía más relajado, pero quién sabía que pasa por esa cabecita, pensó Samuel.
Igualmente, todo parecía indicar que sus preocupaciones sobre la tormenta eran fundadas y podrían deshacerse del cuerpo con facilidad.
La fosa tenía casi un metro cuando aquello que más temían sucedió.
Un relámpago solitario cruzó el cielo y las zonas iluminadas por la luna se oscurecieron por efecto de las nubes tormentosas. Como si la naturaleza se riera de su tranquilidad, la lluvia comenzó. No fue de a poco y con un par de gotas suaves, como sucedía normalmente. Por el contrario, parecía como si la tormenta de aquella tarde jamás se hubiera detenido, pues caía con una potencia brutal y la inclemencia propia de una tormenta que encuentra a dos hombres apartados de cualquier posibilidad de refugio. De inmediato la fosa que habían cavado comenzó a llenarse de agua, mientras la montaña de tierra se iba deshaciendo.
Franco intentó cavar un poco para sacar el agua, para agrandar la fosa, pero Samuel le puso una mano en el hombro y le hizo un enérgico gesto negativo.
Moviendo las manos se comunicó que lo mejor seria regresar a la cabaña y esperar a que la tormenta se detuviera, con un temporal como aquel no podían cavar más pero al menos era seguro que nadie andaría caminando por esa zona.
Solo un loco saldría con aquella tempestad repentina. Con reticencias, Franco aceptó, pero solo por si acaso levantó con esfuerzo el cuerpo frío y muerto de Leandro y lo arrojó a la fosa. Esperaba que quizás la lluvia provocara un desliz de tierra que lo cubriera. Juntos se fueron corriendo por donde habían llegado mientras el cielo rugía sobre sus cabezas.
Esta vez, fue Franco quien notó que su hermano estaba tenso y preocupado, sin embargo no le dio mucha importancia, pues conocía su miedo a las tormentas.
Samuel sin embargo, tenía otros pensamientos en mente. Podía jurar que justo antes de que ese relámpago cruzara el cielo y la tormenta comenzara, un sonido había llegado a sus oídos. Claro, nítido, penetrante como la hoja de un cuchillo.
Un sonido que no podía ser otra cosa que el aullido de un lobo.

Estaba húmedo. El lugar transmitia una calidez extraña, pues al mismo tiempo que estaba caliente en el exterior sentía como su cuerpo se enfriaba poco a poco desde adentro, como si sus órganos hubieran sido reemplazados por pedazos de hielo.
Le ardia mucho la cabeza y le dolía todo el cuerpo, y a su alrededor todo estaba húmedo y pegajoso. Sucio. Muerto.
Y entonces Leandro despertó.
Lo habian arrojado a la fosa y el agua y la tierra negra lo cubrían, como si buscaran abrigarlo de la tormenta que rugía sobre él.
La noche y la tormenta se alzaban en plenitud, sin piedad incluso para su cuerpo moribundo. La tierra misma de hecho, le daba su abrazo, como si reconociera que allí había un ser que ya no viviría mucho más.
Tenía cierta lógica, pensó Leandro. Si a fin de cuentas cuando morías te enterraban, y él estaba más muerto que vivo, no era extraño entonces que la tierra lo cubriera.
Que buscara hacer eso que durante siglos los hombres habian hecho con sus muertos. 
Deliraba, con la mente sacudida por las sustancias químicas que liberaba para intentar aplacar el dolor.
Veía imágenes de su juventud, jugando en el parque o corriendo por las calles y de repente allí aparecia el rostro de Samuel, sonriente, con un cuchillo ensangrentado en la mano derecha. Y veía imágenes de su casa, de su abuelo, de sus alumnos y entonces aparecia la retorcida bestia que había visto en el bosque.
Y el horror era reemplazado por la cotidianeidad y esta por el horror hasta que ya no estuvo seguro de cual era cual. Entonces el dolor comenzaba de nuevo y él estaba seguro de que aquello no importaba pues el horror había ganado.
Leandro, apenas media vida, un agonizante cuerpo con el cráneo limpio de piel y sangre aun goteando, mezclandose con la tierra y el agua que caía a su alrededor, deseo con todas sus fuerzas la muerte.
"El sacrificio ha sido negado. El ritual ha sido deshonrado".
La voz, si es que así podía llamarse, surgió de entre los árboles a la par que en su mente.
Leandro ya no veía, con la muerte casi tomando lo que quedaba de él, pero aun así pudo sentir, de una forma que no lograba explicar, como una forma se hacía presente sobre la fosa.
"El deshonor debe pagarse. El ritual debe vengarse".
Dijo la voz, más antigua que aquellos árboles. Leandro sintió por primera vez que el dolor desaparecia y el frío de su interior era reemplazado por una calidez que superaba a la de cualquier cosa. Frente a sus ojos vio destellos de luces y fuegos artificiales ¿habría enloquecido por el dolor? se preguntó.
Entonces la voz volvió a repetir su frase y esta vez los destellos fueron visibles. Como humo que de repente aparecia y bailaba sobre sí mismo, tomando formas cambiantes, frente a sus ojos apareció la inconfundible forma de una loba.
Leandro no sabia porque, pero estaba seguro que era una loba.
"El ritual será vengado. Un nuevo pacto debe ser hecho".
La loba, más bien una silueta humeante y azulada, se halla parada sobre sus cuatro patas en el borde de aquella fosa. Era enorme y la lluvia atravesaba su cuerpo fantasmal como si se tratara de una figura hecha exclusivamente de luz.
"El pacto debe ser aceptado. Debe haber retribución"
Dijo la voz que surgía de la loba. Profunda, pesada, antigua.
Leandro no sabia que ocurria. Vio como si las decisiones de su vida pasaran frente a sus ojos. Con aquella prédica del pacifismo y las enseñanzas de que la violencia no era la respuesta. "Las armas nunca defienden, solo matan" decían otros y él lo repitió hasta que se volvió su mantra.
Y ahora le faltaba una parte de la cabeza.
Pensó en los días previos a irse de campamento, en las cosas que había dejado inconclusas para cuando regresara, los libros por leer, su novela por escribir. Eran solo unos días, descanso y tranquilidad en la buena vida, menuda mierda.
Así era la vida, defendías que las armas solo traen muerte y un día despiertas atado a una mesa donde un psicópata te corta partes de la cabeza mientras tararea una estúpida canción de ascensor o de centro comercial, y tú ruegas que te mate el dolor o un infarto o lo que sea que te mata cuando el daño y el dolor son tan grandes pero no lo suficiente como para detener tu corazón por si mismos.
Así era la vida, te jodía y tu solo buscabas defenderla, protegerla.
Y allí estaba la oportunidad de al menos llevarse un poco de retribución consigo.
¿Que si iba a aceptar? Puta madre, claro que iba a hacerlo.
Con sus labios húmedos por el agua que bajaba por su frente, susurró solo una palabra.
—Acepto.

La tormenta no se detenía y los aullidos tampoco. Samuel lanzó con violencia la lata de cerveza que estaba tomando. El repiqueteo contra la pared fue acallado por el ruido rugiente del exterior.
Sin embargo eran los aullidos lo que más hacía aumentar su furia. Se levantó y avanzó dos pasos, decidido. Pero se detuvo. Se dio media vuelta y volvió a sentarse en el suelo, dejándose caer con un suspiro de hastío.
Recostado contra la pared su hermano Franco descansaba con los ojos cerrados. Quizá fuese por cuestiones de su mutismo, o algo de su carácter que Samuel no entendía, pero el sonido que a él le crispaba los nervios, no parecia molestarle en lo más mínimo.
Ni la tormenta, ni los aullidos de su hermano Joshua que no paraba de hacerlos desde que habian regresado a la cabaña.
Parecia en verdad una boya flotando tranquila en aguas turbulentas.
Samuel en cambio, apretaba los puños y cerraba los ojos respirando pesadamente.
Su paciencia se había superado hacía mucho y la furia que sentía no hacía más que aumentar a cada nuevo aullido o trueno que caía.
Ya dos veces había decidido ir a darle la paliza que se merecía, una que lo hiciera callar o al menos le diera motivos válidos para chillar de esa manera, pero las dos veces se detuvo y regresó sobre sus pasos. Simplemente no podía, aquello estaba mal. Iba en contra de todo lo que él respetaba y defendía.
No la mierda religiosa de la familia es lo único que importa, sino lo que había aprendido desde niño, lo que sabía que era correcto.
Sus ancestros habian cazado juntos en epocas pasadas, viviendo como una comunidad, soportando las penurias como un solo individuo. Eran un grupo más que unido, eran una hermandad. Lograban alimentarse, vestirse, protegerse, sin necesidad de subsidios del estado o préstamos de usureros. Y era así como ellos sobrevivirian también.
No, Jesús no estaba con los tipos como ellos. Y más le valía mantenerse alejado, con el cabello largo y bien cuidado que tenía.
<<Sí, un poco de pelo Divino no te sentaria mal, ¿eh Josu?>> pensó en silencio.
Además ya le había gritado a su hermano y aun ni siquiera le había perdido perdón.
Ya lo haría cuando las cosas estuvieran más calmas. Por el momento, su única preocupación era la tormenta, que le ponía los nervios de punta.
Y que se detuviera cuanto antes para poder salir de alli lo mas rapido posible.
Metió su mano en el bolsillo y sacó el pedazo de papel.
No se había percatado, pero entre las cosas del tal Leandro se encontraba ese pedazo de papel. Lo tenía en el bolsillo, junto a una linterna pequeña, y quizás cuando lo trasladaron desde el bosque hasta la cabaña, se le había caído sin que se percataran.
Franco lo había encontrado al regresar y se lo había alcanzado a Samuel para que pudiera leerlo.
Este repaso en silencio de nuevo la enigmática carta:

Querido Leandro, espero que no lo tomes como algo personal.
Sabras ha esta altura, lo he visto en tus ojos, que los espíritus del bosque son mucho más que un cuento de viejos. Ellos son reales y también lo es su poder.
Cada cierto tiempo, en los días de tormenta, es necesario que el ritual sea realizado.
Es antiguo, mucho. Requiere honrar a los espíritus entregándoles un desafío, una presa digna de ser cazada.
¿Me entiendes verdad? No creas que llegaste a mi cabaña por casualidad, o que me entregue a tí solo porque deseaba un buen momento. Los espíritus siempre interceden para que su ritual sea llevado a cabo. Cada paso es crucial, y debe respetarse.
Eres el elegido para ser entregado. El bosque es su territorio y tu, mi salvación.
Veras, no solo eran usados por los antiguos habitantes de esas tierras para tener prosperidad, sino que también para vivir muchos más años de los que cualquier otro ser humano podría. ¿Cuántos años crees que tengo? Te sorprenderia la respuesta.
Informare a tu familia que moriste como un héroe o de forma noble.
Tu sacrificio es mi nueva vida, y por eso te agradezco y te amo.
Tuya, Elena Shun'alak, de la tribu de los Lobos Humeantes.

La carta tenía un algo que a Samuel le provocaba incomodidad. Aquella mezcla entre su falta de sentido y la mención a los espíritus del bosque y los días de tormenta, como aquel, despertaba en él sentimientos de fatalidad.
Era normal se dijo finalmente, lo incomprensible siempre causaba ciertas sensaciones de rechazo como él bien lo sabía. Su hermano Joshua las había padecido en carne propia al igual que Franco.
En ocasiones la gente solía ser muy cruel, pensaba, hasta que descubrió que solo en ocasiones, en muy contadas y pocas ocasiones, la gente era otra cosa que no fuese cruel. También él había padecido los duros tratos solo por ser el hermano de aquellos dos blancos de todas las bromas. Solo juntos habian logrado superar esa etapa de sus vidas. Yendo hasta los extremos que fuesen necesarios para protegerse. Incluso matando. Entonces una silueta apareció cruzando el umbral donde antes había existido una puerta. Era Joshuel, que caminaba a paso ligero, medio encorvado y se dirigió hasta su hermano.
—¿Tampoco a tí te gusta esta tormenta eh? —. Samuel extendió la mano y acarició su cabeza. Su hermano le respondió con sonidos ahogados, como "uhm, uhm".
Entonces extendió su brazo y señaló en la dirección por la que había venido.
Una de las habitaciones de aquella cabaña abandonada.
—Tranquilo, tranquilo —decía Samuel, acariciando su cabeza con cuidado de madre. Joshuel señalaba, insistente mientras emitía aquellos sonidos y se acurrucaba cada vez más hasta que finalmente dejó de señalar y se quedó acostado al lado de su hermano. Entonces fue Franco quien se levantó. Le hizo señas a Samuel para comunicarle que iba a utilizar el baño, es decir, alguna parte de la cabaña que eligiera como tal, y que pronto volvería. Este asintió y lo observó alejarse.
Desde las grietas en el techo y los huecos que antes habian tenido vidrios y cortinas entraban gotas de agua helada y el rugiente sonido del viento. Aquella vieja cabaña en algún momento habría pertenecido a alguien, pero ahora se estaba cayendo a pedazos. Las copas de los árboles parecían parlantes que amplificaban la potencia del viento y su silbido constante. En el cielo, repleto de luces intermitentes, ocurría de vez en cuando que alguna se hacía más luminosa y duradera, y entonces Samuel se llevaba las manos a los oídos y cerraba los ojos, para protegerse de la posible caída de un rayo.
Fue entonces cuando lo escuchó.
Filtrándose por entre el sonido de la naturaleza desbocada. Un aullido bestial, que no provenía de ninguna ventisca. Y luego un ruido indescifrable. Apagado y lejano. Fugaz. Se levantó de improviso y corrió buscando a su hermano, sin saber muy bien porqué, pero sintiendo como si de repente su cuerpo pesara mucho más. Como si en vez de tragar saliva tuviera que tragar rocas.
Allí estaba su hermano Franco, de espaldas a él, recostado sobre la pared húmeda y descascarada.
Samuel se acercó apoyándole una mano en el hombro.
—Eh, ¿todo bien? —preguntó, buscándole el rostro con la mirada.
Su hermano le sujetó la muñeca con una fuerza considerable y lo miró directo a los ojos. Samuel vio algo que nunca antes creyó posible en alguien con la personalidad de Franco. Miedo puro.
Sus ojos abiertos de par en par, desencajados.
La mandíbula entrechocando causando un temblor en sus labios.
Fue allí que se percató, al bajar la mirada, que su hermano lo sujetaba con la mano derecha, porque la izquierda ya no estaba en su lugar.
Había en cambio un muñón sangrante al que parecían haberle arrancado el resto como si fuese un pedazo de chicle. Partes de piel y venas goteantes aún colgaban de su brazo cercenado.
—¿Hermano, qué pasó? —preguntó Samuel sin dar crédito a lo que veía. —La camioneta, hay que ir, está el botiquín en la camioneta —dijo enseguida, a pesar de saber qué gasas y un poco de agua oxigenada no arreglarían aquella terrible herida.
La mano de su hermano apretó con más fuerza y Samuel levantó la vista.
Lo que se encontraba frente a ellos era, en solo una palabra, bestial.
Una criatura enorme, más alta que un hombre, ocupaba todo el pasillo y bloqueaba el camino hacia la camioneta. Sostenida sobre cuatro grandes patas y con su cuerpo cubierto de un largo pelaje parecía rodeada de un vaho azulado apenas visible. 
Samuel pensó por un segundo en una bola de pelos gigante.
Pero entonces la cosa abrió las fauces dejando salir un aliento que se volvió vapor al instante y de las cuales cayó el brazo cercenado de su hermano. De la mano muerta se desprendió un objeto que al principio no supo descifrar pero que de inmediato reconoció cuando su mente proceso lo que era. Se trataba del pene de su hermano.
Quizás se lo había arrancado junto con el brazo al tomarlo desprevenido.
En su cabeza no aparecía la explicación a aquel suceso con la criatura que tenía delante.
Su inmovilidad fue rota cuando la bestia, que ahora reconoció como un perro gigante, o un lobo, saltó de improviso, rugiendo por encima de la tormenta.
Samuel salió despedido cuando el cuerpo de aquella cosa lo golpeó y solo se detuvo al chocar contra el frío suelo de la cabaña. Se le escapó el aire y un quejido que quería simular un grito, la vista se le nubló.
Se levantó lo más rápido que pudo y entonces los ojos se le llenaron de lágrimas.
Franco se retorcía, pataleando en el aire como si fuese una marioneta controlada por un demente. Chorros de sangre dibujaban las paredes, el piso, el techo y se mezclaban con el agua que caía por las grietas del techo.
Su hermano mudo no podía gritar por ayuda o siquiera por piedad, pero los frenéticos movimientos que realizaba y sus quejidos sordos eran una muestra del dolor que sentía.
Entonces se escuchó un ruido seco, como si una rama gruesa se partiera, y los pedazos de su hermano salieron despedidos por el aire cuando la mandíbula enorme se cerró totalmente en un choque de afilados dientes.
La pierna izquierda cayó de inmediato al suelo, mientras que la derecha impactaba contra la pared izquierda. El brazo restante, aún pegado al torso, fue lanzado por el aire y descendió pesadamente tras rebotar contra el techo bajo.
Solo la cabeza y parte del cuello de Franco permanecieron colgando, sujetos por lo que quedaba de la columna vertebral y los restos de su camisa, como si fuese la correa de un perro. Samuel las vio desde el suelo donde aún permanecía caído y sintió que la furia, el miedo, lo absurdo de la situación, lo desbordaban.
Entonces las fauces se abrieron y cerraron en un bocado y los restos muertos de su hermano desaparecieron devorados. Su amado hermano, la única familia que le quedaba.
—¡Hijo de puta! —rugió Samuel y se lanzó a la carrera sin pensarlo. Sin importarle que aquello era correr hacia una muerte segura.
La bestia se movió rápidamente y Samuel volvió a volar por los aires, despedido por la fuerza del impacto.
Entonces escuchó un rugido familiar. Se incorporó y pudo ver cómo Joshuel se lanzaba contra la bestia.
El hombre con la piel de seres humanos cosidos a la suya y la bestia lobuna se trenzaron en un choque bestial. Joshuel rugía y gritaba como si rasgara su garganta mientras intentaba aferrarse a la gran cabeza de la bestia. Esta también rugía y lo zarandeaba por todas partes como un toro enfurecido. Estaba claro cuál de las dos iba a ganar.
Samuel no lo dudó, se levantó y fue corriendo hasta la habitación donde minutos antes habían estado los tres hermanos en silencio. Allí estaba uno de los rifles de caza que utilizaban, cargado y listo para ser usado.
A cada paso que daba el sonido de la pelea aumentaba y disminuía a tiempos iguales.
Su mente parecía más bien una máquina en la que cada tarea aparecía luego de la otra. Llegar a la habitación. Tomar el rifle. Franco está muerto. Joshuel está muerto. La tormenta. Hay que salir de este lugar.
—Mierda, mierda, mierda —dijo sin escucharse.
Había llegado a la habitación, tenía el rifle en las manos temblorosas y entonces el sonido de la lucha, así como el de la tormenta, cesó.
Samuel apuntaba a la abertura en la pared, sin saber cuál debería ser su próximo movimiento. Sudaba y tenía que esforzarse por no temblar.
Desde la lejanía le llegó el sonido de las gotas cayendo nuevamente. Era el hueco golpeteo del agua contra el techo derruido de aquella cabaña.
Desde la habitación donde había visto al lobo no llegaba ningún sonido.
¿O si? Samuel agudizó el oído pero la tormenta hacía imposible distinguir algo con seguridad.
Su dedo se pegó al gatillo, solo por si acaso.
El lugar estaba muy oscuro. La abertura en la pared parecía la boca de una cueva con aquella falta de luz.
Samuel se esforzaba por concentrarse en apuntar y nada más. Habiendo visto la velocidad de aquella cosa, sabía que necesitaría toda su concentración para matarla.
Y entonces recordó los buenos momentos. Las charlas con sus hermanos, las horas pasadas en carreteras o moteles de mala muerte. Las discusiones, las palabras de cariño sincero. Recordó todo lo que había pensando en decirles y nunca había mencionado.
Y ya nunca podría mencionar. Dos lágrimas se derramaron de sus ojos, como si gotas del techo le hubieran caído en las mejillas, recorriendo su rostro hasta caer al sucio suelo.
Sus hermanos eran todo para el y ahora estaban muertos. Aquella oscuridad que lo rodeaba no era nada comparado con lo que sentía en su interior, donde dos fuegos se habían apagado de repente, dejándolo vacío. Hueco.
La negrura se hacía más pesada a cada instante.
Las habitaciones a oscuras y la muerte reciente eran la peor combinación pues su mente no para de ir hacia los recuerdos una y otra vez.
El lobo era una amenaza mucho mayor pero en vez de sentirse amenazado Samuel sentía pena, odio, arrepentimiento. En cierta forma sabía que por lo hecho a sus hermanos, también él estaba ya muerto.
Un destello lo distrajo. No provenía desde el cielo, sino desde la habitación donde la criatura se encontraba. El pasillo brilló de azul, tenue, como una vela que se apagaba rápidamente.
Samuel apuntó con más atención intentando acallar sus pensamientos.
Otro destello, más claro y cercano. Tan efímero como el anterior, desapareció dejando el pasillo totalmente a oscuras, pero Samuel pudo ver una enorme sombra lobuna justo antes de eso.
El dedo se apretó en el gatillo y fue como si una voz en su cabeza le susurrara el momento exacto en que el destello siguiente aparecería.
Samuel disparó.

Joshuel atravesó el umbral, caminando a paso lento.
En su pecho tenía una herida de buen tamaño que no paraba de sangrar. Cayó de rodillos ahogando un quejido entre toses donde escupió sangre y Samuel entendió que su disparo había fallado.
Ya estaba corriendo hacia su hermano y logró sujetarlo Justo antes de que este cayera de espaldas.
–Josu, Josu, aguanta, te voy a sacar de acá —le dijo sintiendo como su corazón se aceleraba. El pecho de su hermano parecía hundido y la sangre había detenido de salir. Solo pequeñas gotas caían hasta su estómago y hasta el suelo.
—Josu, vamos a salir de esta, tienes que resistir un poco más—. Samuel dejó a un lado su arma y se echó el cuerpo moribundo de su hermano al hombro. Sacando fuerzas de flaqueza se dirigió hacia el pasillo desde donde este había venido sin preocuparse por el lobo que era en escénica culpable de aquella situación. Lo único en lo que podía pensar era en la vida de su hermano que se agotaba a cada momento.
La bestia que los había atacado no se hallaba allí y tuvo que reprimir una arcada al pasar sobre los pedazos de su hermano Franco, aún desperdigados por allí.
Luego sería el momento de darle una correcta sepultura.
Llegó hasta su camioneta estacionada a pocos metros de allí.
Cargó el cuerpo frío de su hermano en el asiento trasero y buscando las llaves de la guantera encendió el vehículo.
Mientras los rayos y la lluvia los cubrían, salió de allí con una patinada a toda velocidad.
El camino que los había llevado hasta allí era sinuoso, cubierto por maleza en algunos tramos pues se hallaba claramente abandonado. Con la tormenta sin embargo la tierra era barro y la camioneta resbalaba hacia los costados allí donde no se empantanan. La lluvia no menguaba y hacia casi imposible distinguir lo que tenía delante. Samuel iba con un pie en el acelerador y otro en el freno, intercambiando alta velocidad por quietud casi total para intentar evitar un accidente.
No paraba de pensar en su hermano. ¿Donde conseguiría a un médico? Además era probable que tuviera que amenazar a cualquiera para que lograra que atendieran su hermano. Por otro lado, aquella bestia, el lobo, ¿porque había desaparecido de esa manera y los había dejado marchar?
Samuel intentaba encajar todos estos pensamientos mientras conducía evitando matarse juntos a Joshuel.
Recordaba que la cabaña no quedaba muy alejada de una salida clausurada del campamento, la misma que ellos había utilizado para entrar, pero con la casi completa oscuridad, era imposible saber dónde se encontraba.
Se percató entonces de que con el apuro y los nervios ni siquiera había encendido los focos de la camioneta. <<Estúpido>> se dijo mientras los accionaba.
Fue Justo a tiempo para alumbrar a la bestia que se hallaba casi a un metro de su vehículo. Era el lobo, tan grande como le había parecido en el pasillo o más, con sus ojos rojizos y las fauces abiertas en un rugido desafiante.
—No esta vez —clamó Samuel pisando el acelerador.
Vio Justo a tiempo que la bestia saltaba con sus poderosas patas y se elevaba por encima del vehículo que la embestía. El techo sobre su cabeza se abolló mientras la camioneta vibraba por un segundo, con el peso de aquella cosa que se había enganchado de alguna manera y ahora estaba sobre ellos.
De repente un sonido chirriante se elevó por sobre el de la tormenta y el techo fue casi atravesado por un potente brazo de pelaje húmedo y negruzco que se metió hasta el asiento trasero y luego volvió a salir.
Samuel observó por el asiento retrovisor como el brazo sujetaba con firmeza el cuello y parte del pecho de su hermano y cinchaba de su cuerpo hasta sacar una parte por el agujero del techo. 
Un segundo después, sin que pudiera atinar a hacer nada, el cuerpo cayó liberado de la presa que lo sujetaba. Su cabeza ya no estaba en el lugar y el cadáver de Joshuel se quedó sentado casi graciosamente por un segundo antes de que el pataleo incontrolable que tenía lo hiciera deslizarse hasta el suelo de la camioneta.
Samuel gritó y maldijo a tiempos iguales mientras lloraba y se agitaba loco de rabia. Sin importarle nada dio un volantazo hacia la izquierda al tiempo que presionaba el freno con sus pies.
La camioneta pareció elevarse y sostenerse por un segundo flotando en el aire.
Entonces cayó con violencia y dio dos grandes vueltas rodando sobre el suelo y abollándole en todas partes.
Samuel salió volando casi un metro por el techo con la primera vuelta y fue a parar de cara al camino de barro mojado.
Las cuatro ruedas del vehículo eran lo único que parecía sano y giraban aún a pesar de que este se hallaba dado vuelta. Las gotas de agua cambiaron el sonido que producían al caer sobre aquella cantidad fierros y metal retorcidos.
Samuel despertó. Le dolía todo el cuerpo y principalmente su brazo izquierdo. El agua que caía a su alrededor le pareció de repente demasiado agua . Tosió, y respiro con esfuerzo, temiendo ahogarse.
Entonces se percató de que a su alrededor no había casi ningún árbol.
Al observar con mayor atención pudo ver que de hecho se hallaba fuera del bosque. Había alcanzado la salida. O había sido despedido hasta ella.
Intentó incorporarse pero no pudo hacerlo. El cuerpo lo dolía demasiado. Se esforzó para apoyarse al menos un poco en los codos y levantar la vista hacia el bosque, donde necesitaba comprobar si la criatura estaba muerta.
Entonces, quizá por efecto de su dolor, vio algo que era imposible.
Allí estás el tipo, Leandro o Lucrecio, ese campista al que había asesinado.
No tenía camisa y su cráneo estaba tan carente de cuero cabelludo como lo había estado después de que ellos lo encontraran. Sin embargo, a pesar de que debería estar muerto, no era así.
La visión se le nubló y ya no pudo pensar en más nada que en el cuerpo de aquel muerto vivo mirándole. Era absurdo, se dijo, era absurdo que sus hermanos estuvieran muertos y aquel tipo, al que él mismo había asesinado, todavía se dignara de aparecerse por allí, como si quisiera decirle que al final él había perdido.

La tormenta rugía como lo había hecho durante todo aquel día.
Bajo los árboles que ya no querían más agua, una enorme figura animal se agitaba y su cuerpo parecía oscilar de tamaño.
Antes se desplazaba a cuatro patas, pero ahora, se elevaba sobre dos como si lo hubiera hecho siempre de aquella manera.
El elegido por los espíritus del bosque se detuvo.
Ya no podía abandonar el bosque, jamás podría salir de aquel lugar.
Inmortal, sí. Poderoso, si. Pero siempre dentro de los límites de aquella tierra antigua y generosa.
Observó con los ojos del hombre, aquel que antes había sido conocido como Leandro, al cazador que levantaba su cabeza, apoyándose en los codos para incorporarse un poco, y lo miraba fijamente a los ojos.
El espíritu del bosque rugió en el interior de aquel no,breve al que ahora estaba unido por un nuevo pacto. Clamaba por venganza. Por honrar con la sangre de aquel hombre el ritual que le había sido negado.
Sin embargo, el espíritu del hombre lo apaciguó. Ya habían tenido una merecida venganza le dijo. Y a veces no era necesario asesinar a un hombre para que sufriera, pues mucho más conveniente era quitarle todo, el amor, la esperanza, y cualquier posibilidad de retribución.
Ya volverá, dijo el espíritu del hombre, seguro de que tarde o temprano aquel cazador regresaría y entonces su venganza estaría completa.
La furia ancestral del espíritu del bosque disminuyó.
Hay otra, murmuró en su lengua etérea. Aquella antigua descendiente que nos invocó para cumplir con el ritual pero no pudo asegurar que este se llevará a cabo.
Aquella que pidió nuestro favor y vivió más años de los que un mortal puede.
También allí, la venganza debe ser aplicaba, pues el ritual tiene que respetarse y el nuevo pacto, hecho con Leandro, era uno de venganza.
El espíritu del hombre se regocijó ante aquella mención.
También él estaba de acuerdo en que Elena debía recibir una visita.
Y de hecho, tenía muchas ganas de volver a verla.
Mientras el cielo tormentoso rugía y se iluminaba, regando los bosques con la lluvia que parecía la furia de un dios antiguo, el espíritu del hombre y el espíritu del bosque se alejaron, caminando en aquel cuadro que ahora compartían, dispuestos a cumplir su pacto de venganza.



Randax

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En el texto hay: misterio, suspenso, fantasia oscura

Editado: 30.07.2019

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