Relatos desde las sombras ©

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Observaciones sobre un niño que miraba hacia el mar

En honor al gran maestro H.P Lovecraft

Ahí estaba el niño, vestido con unos cortos shorts de color rojo chillón y una remera amarilla con un Spiderman dibujado en su pecho y que se agitaba en su cuerpo regordete, mientras corría por la arena. Al llegar había traído un gorro marrón en su cabeza pero luego de que se le volara varias veces optó por dejar de usarlo y que rodara libremente por la playa. Así, su cabello negruzco parecía brillar un poco por efecto de la luz solar. 
Desde mi posición de observador privilegiado pude seguir sus movimientos tomando nota con atención acerca de todo lo que hacía. No sabía lo que buscaba con exactitud, por lo que me había propuesto anotar todo lo que pudiera y mi mano recorría la hoja de manera casi inconsciente a la máxima velocidad de que era capaz. Ya había ocupado dos hojas en la libreta pero hasta el momento no tenía nada que juzgar relevante. Todas sus acciones eran triviales, típicas y no hacían pensar en alguien relacionado a la muerte de tantas personas sino solamente en un niño pequeño jugando en la arena. "Las apariencias no son espejos", recordé la frase que solía decir mi antiguo editor cuando se presentaba alguien nuevo. "Céntrate en lo que conoces" solía decirme también. 
Desde este lugar, sentado sobre unas piedras y con la espalda recostada en uno de los viejos postes de madera que sostenían el muelle, nadie se fijaba en mí y podía captar con facilidad los movimientos del muchacho.
Lo primero que recordé mirando al niño era lo que un conocido, viejo guardavidas, me había comentado años atrás. Charlábamos acerca de la cantidad de muertes por ahogamiento y como estas solían aumentar en las fechas de verano o vacaciones y entonces él me reveló un dato que mi memoria guardó de forma imborrable como algo que sería valioso si es que algún día decidía tener hijos.
La cuestión con los niños pequeños, había dicho mi conocido, es que si caen de espaldas, así sea en la orilla, por su edad no logran conseguir la fuerza necesaria para levantarse. Se asustan, intentan respirar o gritar y entonces tragan agua. A partir de ahí ya no hay vuelta atrás. Por algún motivo no pude evitar imaginarme la situación poniéndome en el papel de un niño que de repente resbala o pisa un pequeño hueco en la arena y cae bajo las aguas. Su mente de infante asustado sin saber con qué peligro acaba de toparse, sin entender como la tranquilidad de su juego en el agua pudo haberse convertido en eso. El miedo inmediato, los gritos por mamá silenciados por el líquido frío e implacable metiéndose en su boca, sus ojos, su nariz, sus pulmones. Padres o abuelos gritando "¡estaba en la orilla!" "¡en la orilla!" Y los guardavidas intentando vislumbrar algo, una mano o un chapaleo, incluso apenas un montón de burbujas.
El drama. Y todo por nada más que un descuido.
En cierta forma la vida se terminaba un poco con cada nuevo descuido, pensé, añorando un cigarro.
Y allí estaba el niño. Solo.
Corría desde el lugar en que se encontraba hasta la orilla de la playa y cargaba agua en un baldecito plástico de color violeta. Se incorporaba entonces con el balde repleto de agua y miraba en dirección al lugar desde donde caería ese sol que daba unos espectaculares atardeceres. La línea azul del mar solo se interrumpía ocasionalmente por los barcos pesqueros y la ensombrecida presencia de la isla que existía a lo lejos con sus bosques aún vírgenes. Allí se quedaba el niño, parado inmóvil y mirando en esa dirección como si esperara ver de repente un barco de pasajeros o quizá un animal marino apareciendo desde el horizonte. 
Regresaba entonces con el balde y volcaba todo su contenido en la arena para humedecerla y comenzar a moldearla con sus manitos. Luego con otros de sus juguetes playeros, una palita y un rastrillo, intentaba construir paredes y murallas. Quería hacer un castillo de arena.
Los adultos a su alrededor no se fijaban en sus movimientos. De hecho la playa no se encontraba muy transitada en esa ventosa tarde y de las quince o veinte personas qué, desparramadas por aquí y por allá, ocupaban algún lugar, ninguno parecía fijarse mucho en los demás. Aquello tenía sentido tomando en cuenta que era un viernes a la tarde y los que asistían al lugar solo querían ver el atardecer y disfrutar del paisaje en paz y sin molestarse. 
Las costumbres y hábitos de la vida de ciudad no se terminaban en un lugar como aquel. 
No te metas, no digas nada, no busques problemas. Arena o cemento, lo mismo daba para ciertas actitudes.
Volví sobre el último punto y lo subrayé en mi libreta. El niño estaba solo.
-Pregunta: Que hacía solo en la playa?
-Pregunta: Donde estaban los padres?
De repente pude ver un juguete que salía volando por el aire rebotando en la arena. Era su balde violeta y el muchacho corría detrás de él agitando sus cortas piernas y estirando los brazos en un intento de atraparlo. Tropezó con su propio andar y se incorporó rápidamente para retomar la corrida. A su alrededor nadie parecía darse cuenta de su periplo. El sonido de sus pisadas no me llegaba pues la calle transitada mezclaba sus rugires con el arrullo del agua por momentos calma y por momentos embravecida, sin embargo pude escucharle dar pequeños grititos mientras se tambaleaba intentando agarrarlo.
Esperé por si en ese momento aparecía una figura adulta que lo ayudara, como habría hecho un padre o un hermano mayor, como sucedería si alguien más le hubiera acompañado a la playa y lo estuviera vigilando desde lejos, pero aquello no sucedió. Había llegado solo y así es como permanecía. Me molestaba tal cosa y en mi mente el adulto se rebelaba contra tal irresponsabilidad, al mismo tiempo que el periodista me decía que algo de aquello no estaba bien. El viento soplaba con más fuerza y me recorrió un escalofrío pasajero. Aún había sol en el cielo apagado pero la sombra en la que me encontraba escondido seguía siendo tan fría como siempre.
Miré al pequeño mientras anotaba lo que ocurría. Le había dado alcance a su juguete y ya regresaba con él bien sujeto por la manija de plástico. Caminaba hundiéndose un poco en la suave arena hasta que se acercaba a la orilla y nuevamente miraba con atención hacia el horizonte. ¿Qué buscaba? ¿Que esperaba? Seguí su mirada pero allí no había nada fuera de lo común. El niño volvió a cargar agua en su balde mientras el viento amainaba. "Una vez que cae de espaldas..." recordé. Solo un descuido y no importa si en el lugar hay veinte o treinta personas. Sin un responsable al final solo son veinte o treinta gritando y estorbando.
Influido por esos pensamientos dejé de anotar en mi libreta y le eché una rápida ojeada a las páginas anteriores, donde estaban los casos. Había elegido la palabra sucesos al principio pero cierta connotación sobrenatural me hizo cambiarla. No tenía nada en contra de los creyentes pero un periodista no podía permitirse tales muestras de ignorancia.
Los casos eran, a falta de explicaciones claras y pruebas contundentes, la serie de eventos que me habían llevado hasta ese lugar y momento. Hasta aquel niño.
Busqué en la libreta el primer caso, un recorte de periódico fechado tres meses atrás y con palabras subrayadas. No había imagen en la página blanca y negra pues al principio se había creído que era algo aislado, un ajuste de cuentas o un robo que salía mal y por ese motivo no se le había dado más que un pequeño espacio en la crónica periodística.
La víctima se llamaba Ramón Alvear y era un indigente, uno de los tanto sin-techo que pululan por ahí. Solía caminar por las tardes o las noches en la playa y según declararon los vecinos jamás molestaba a nadie "aunque vivía en la calle". No fue eso lo que consideró la policía sin embargo cuando fue reportado el cadáver mutilado, con sus tripas manchadas de arena saliendole por el vientre rajado, casi como si alguien hubiera dejado caer un rojizo y largo caramelo pegajosos a la arena -así me lo había descrito Saúl quien llegó a cubrir el caso antes de que retiraran todas las..., partes del cadáver-.
Ramón había sido reportado por unos vecinos de la zona, sin embargo el detalle por el cual la noticia llegó a segunda plana era que un "pobre e inocente" niño había encontrado originalmente el cuerpo y dado aviso luego a los mayores. De este niño no se mencionaba nada por cuestiones legales y apenas se daba a conocer que se trataba de un menor de edad de entre seis y cinco años. Ningún periodista o investigador había buscado sobre el más datos y en verdad cuando comencé a investigar por mi propia cuenta pude comprobar que incluso aquellos que lo intentaron no obtuvieron resultados. Sucedió que tras reportar la muerte nadie pudo dar con el paradero del joven.
Un mes después, apareció en circunstancias similares a las de Ramón una joven estudiante de veterinaria cuyo trabajo de medio tiempo consistía en pasear perros. La playa era un lugar al que le gustaba llevarlos pero debido a que estaba prohibido bajar con animales solo lo hacía cerca del atardecer. Laura Galea era su nombre. Las circunstancias, como dije, fueron similares. La diferencia radicó en que su mano derecha no ha sido encontrada hasta hoy y sus tripas no estaban adornando el cadáver despatarrado cuando la encontraron, puesto que sus perros, aquellos que siempre paseaba, se habían dado un festín con ellas. Tuvieron que sacrificarlos y abrirlos para intentar buscar alguna pista, sin encontrar nada de utilidad más que los pedazos de la muchacha descomponiéndose en sus estómagos. El hecho de que sucediera en otra playa no impidió que la policía se pusiera alerta y los medios comenzarán ya a nombrar con tibieza las posibilidades de una conexión entre ambos crímenes. Claro que ninguno de ellos, extrañamente, mencionó el hecho de que al igual que en la ocasión anterior, si bien los vecinos habían reportado el cadáver, era un niño quien lo había encontrado primero y los había alertado a ellos. Un niño de quien nadie sabía nada. Un niño que había aparecido en plena mañana, antes de que cualquiera pudiera ver a los cuerpos, y se había quedado ahí hasta que alguien había aparecido tras ver un bulto extraño en la arena. Luego el muchacho simplemente se esfumaba como si nunca hubiera estado allí.
"Antecedentes" escribí en uno de los márgenes superiores mientras recordaba los dos homicidios que habían sucedido de forma muy similar aproximadamente unos treinta años antes. No había podido conseguir de ellos más que el reporte policial y tras analizarlo hasta casi memorizarlos estaba seguro de que mantenían alguna relación. También dos cadáveres pertenecientes el primero a un hombre y el segundo a una joven mujer, cuya mano se hallaba igualmente desaparecida. Tenía incluso el componente mórbido agregado puesto que la mujer se hallaba embarazada y entre sus tripas salidas habían encontrado el cuerpo muerto del... en fin, eran similares. Demasiado. La única y crucial diferencia consistía en que habían atrapado al culpable de aquello crímenes. Un francés loco que aparentemente había llegado al país en un barco ilegal. Estaba a punto de cobrarse una tercera víctima cuando uno de los policías que vigilaba la zona vio algo sospechoso. "Las cosas que habían sucedió eran demasiado terribles", declaró aquel policía, "y por ese motivo decidí que no podían arriesgarse más vidas. Dispare y luego me acerque a comprobar si era nuestro hombre. Así fue, y no me arrepiento de nada." Dos tiros para cerrar el caso y treinta años para olvidarlo. Dos muertes nuevamente para que el caso fuera abierto, al menos, para un periodista con el suficiente olfato de noticias. 
Niño solo en la playa jugando cerca de la orilla podía no significar mucho más nadie, pero para mi era como la pieza extraña del rompecabezas. Simplemente algo que no encajaba. 
Ahora ya habían asesinado a dos personas y si todo seguía su curso una tercer muerte estaba próxima. Todos los casos, reportados por el mismo niño que ahora se hallaba allí jugando inocentemente. Un niño que se escapa cual Houdini de las narices de la propia policía.
-Pregunta: ¿Quién es el niño?



Randax

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En el texto hay: misterio, suspenso, fantasia oscura

Editado: 30.07.2019

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