Relatos desde las sombras ©

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Mientras tanto, en Madrid (III)

Las guirnaldas de varios colores cruzaban de lado a lado los espacios sobre las transitadas calles Madrileñas. Allí, en la calle de toledo donde los edificios se encontraban pegados los unos a los otros como si se amontonarán para hacer más espacio a nuevas edificaciones, decenas de miles de personas caminaban recorriendo la línea de la procesión. 
Era época de las fiestas de la Paloma y el calor del verano se veía aumentado por la enorme cantidad de personas que habian asistido y que no parecian molestos por aquello. De hecho se podía ver a mujeres de distintas edades con largos y bellos vestidos largos que bailaban acompañadas de hombres con finos y elegantes trajes en cada esquina de la ciudad. 
Cada tanto se alzaban carpas con sus colores rojizos y amarillentos chillones, debajo de las cuales se comerciaba una enorme cantidad de cosas que iba desde comida tradicional hasta pequeños souvenires de la virgen y los santos. 
La música sonaba desde los parlantes instalados en las columnas y se iniciaba desde la plaza de la Cebada que era el lugar hacia donde la procesión se dirigía y el grueso de la celebración se llevaría a cabo. 
El señor Tomahawk nacido en inglaterra pero residente español desde hacía más de veinte años, se acercó agitando su cámara fotográfica al escaparate de aquella pequeña carpa donde su esposa Marcia y su hija Juliette se estaban abrazando para ser retratadas en una fotografía. La chica, que por cosas de la vida vivía en Inglaterra donde se había casado y tendría un futuro hijo, había viajado hasta Madrid a sorprender a sus padres. Sin embargo, tras dejar sus bolsos y valijas en casa de sus padres supuso que estos estaban en la procesión de la Paloma por lo que decidió ir en su búsqueda. Allí, caminando casualmente, se los había encontrado y la sorpresa había sido de los tres. 
—Sonrían —gritó el señor Tomahawk con su acento medio inglés medio español, imponiéndose entre el sonido del gentío. Entonces tomó la fotografía. 
En el instante se quedó como paralizado, observándola fijamente. Su esposa y su hija que llegaron de inmediato a su lado charlando animadamente no quisieron esperar y hojearon junto al hombre la imagen donde deberían estar ellas. 
Y en efecto, estaban. Madre e hija lucian muy hermosas abrazadas bajo el escaparate de aquella carpa, pero mucho más llamativo era el cielo celeste que tras ella y por encima se elevaba siendo retratado en ese mismo instante en la fotografía. 
Ninguna pudo explicar bien porqué, pero aquel cielo las dejaba sin palabras. 
Curioso, el señor Tomahawk levantó la vista para ver si aquello estaba allí pero se encontró con un cielo celeste de sol radiante, como todos los días. Al volver a mirar la cámara sin embargo, pudo ver como en la fotografía las nubes blancas se arremolinaban de forma imposible, hacia arriba, como si fueran un tronco grueso de puro cielo. Más arriba entonces se mezclaban entre sí formando ramas que cruzaban todo el cielo perdiéndose de la cámara. 
—It's a tree —dijo Juliette sin poder evitar usar su lengua actual. 
—No —respondió el señor Tomahawk. —Es El Árbol. 
Pronto ninguno recordaria aquel evento pues su mente consciente no podía aferrarse a cosas que no podía comprender y juntos, como una familia feliz, se alejaron charlando animadamente siguiendo a la procesión. 

Artuá no abrió los ojos. En cierta forma, no estaba dormido ni los tenia cerrados. O quizá sí, pero ya no le importó, pues lo que ahora veia le había aparecido de manera repentina y la oscuridad que antes lo rodeaba solo permanecia en el recuerdo de su mente y aun de allí desaparecia con rapidez. 
Miró hacía los costados y luego hacía arriba. 
No sabía qué esperaba encontrar en tanto que tampoco podía estar seguro de su cordura. Después de todo lo que había pasado en esos... ¿días?, ya no podía estar muy seguro de nada. 
Cuando bajó la vista, repitió el mismo proceso, solo para convencerse. En efecto, el lugar en que se encontraba era... por mucho que se esforzó no logró encontrar forma de describirlo. 
Miraba hacia la derecha y su propia mente le decía que estaba mirando hacia la izquierda, o hacia adelante. Lo mismo sucedia cuando levantaba la mirada y la sensación de náuseas que aquello le provocaba era aún mayor cuando la bajaba y observaba el piso de incipiente hierba sobre el que se encontraba. 
—Donde... —sin hacer nada para evitarlo, comenzó a llorar —donde... estoy... —. Artua se abrazó a sí mismo como un niño pequeño envuelto en llanto. 
Su pantalón negro y su camisa descolorida lucian desarreglados, al igual que su cabello castaño que ya se estaba manchando de tierra y suciedad. 
El llanto aunque potente, fue fugaz, y Artuá se incorporó cuando la brisa comenzó a soplar con más fuerza. Poco a poco, fue como si el aire mismo lo estuviera levantando del suelo y cuando quiso darse cuenta ya se hallaba en pie, descalzo sobre la tierra húmeda, admirando lo que tenía frente a su vista. 
Se trataba de un amplio camino de tierra que ascendía hasta perderse de vista. A pocos metros de Artuá, los árboles se elevaban siendo agitados por el aire y sus sombras danzaban aquí y allá fruto de la luz que provenía de algún lado más no de ese cielo violáceo y por momentos negruzco que Artuá no pudo mirar por mucho tiempo sin sentir otra ves las nausea atacando. 
Indeciso, comenzó a caminar hacia el bosque, subiendo por la cuesta paso a paso, seguro de que quedarse llorando y abrazándose a si mismo no seria una forma mejor de encontrar alguna explicación. 
No había llegado todavía al bosque cuando un repentino sonido captó su atención. De entre los primeros árboles surgió veloz lo que Artua reconoció como un águila, de brillante lomo y pico dorado. El pájaro sobrevoló la figura de Artuá girando como en un remolino y luego se adentró en el bosque un poco, sin perderse de vista. El joven no supo qué, pero algo lo obligó a seguir a la criatura y así se lanzó a caminar tras ella. 
El águila volaba esquivando fácilmente las ramas entrelazadas o elevándose por momentos y perdiéndose de vista cuando el camino se volvia demasiado dificultoso. Tarde o temprano siempre reaparecia y si Artuá no había logrado verla, emitía su fuerte chillido y este posaba de nuevo sus ojos sobre ella y corría en su dirección. 
Así el joven cayó una y mil veces, tropezando con las ramas y los pozos. Impactando de lleno contra los troncos y quedando atrapado por los ramales espinosos. Una y mil veces también se levantó para seguir su águila que volaba plácidamente siempre lejos de él pero no lo suficiente como para perderse de vista. Cada tanto el pájaro se posaba sobre una rama y descansaba unos minutos. Cuando el agotado Artuá se le acercaba demasiado, emprendía el vuelo nuevamente y este tenía que seguirla pues temía que se alejara del todo y lo dejara solo en aquel bosque desconocido y oscuro. 
No supo cuánto tiempo había pasado siguiendo al animal pero su corazón palpitaba con fuerza y apenas podía tenerse en pie cuando se detuvo pues vio que su aguila tambien se habia quedado parada sobre una rama alta. De repente Artua escuchó un tremendo rugido y donde antes había estado el pájaro, montones de pluma y un líquido azul como la sangre surgieron manchando las grandes hojas y las ramas retorcidas. 
Un enorme animal, que parecia al mismo tiempo un híbrido entre un lobo y un león, cayó frente a Artua y cerrando sus fieras mandíbulas despedazó en dos al pájaro que ahora ya no parecia tan elegante y altivo sino más bien lastimero y patético. 
—OTRO COMO TÚ —rugió el lobo o león, entrecerrando sus ojos negros recubiertos de largo pelaje. —HE VISTO MILLONES DE USTEDES SIGUIENDO A LAS ÁGUILAS —chilló entre un gruñido y un rugido salvaje. 
Artuá retrocedió.
—¿Por qué la devoraste? —preguntó sin estar seguro de que hablar con aquella criatura salvaje fuera buena idea. Al menos no era algo muy cuerdo, de eso podía estar seguro. 
—PREGUNTAS —dijo el animal con tono burlón —¿CÓMO ES QUE NO TE PREGUNTAS A TI MISMO, POR QUÉ LA SEGUIAS CIEGAMENTE? 
—¿Como que por qué? Ella me guiaba —gritó Artua pero su agotamiento apenas le permitió protestar débilmente. 
—TE VEO, ARTUÁ DE LOS HOMBRES, AGOTADO Y HERIDO. PERSEGUISTE AL PRIMER ANIMAL QUE TE OFRECIÓ GUIA SIN SABER QUE ESTABAS RECORRIENDO EL CAMINO QUE SU INTELIGENCIA QUISO. LLEVAS HORAS DANDO VUELTAS ALREDEDOR DE ESTE BOSQUE, CORRIENDO TRAS UN SER AL QUE NUNCA IBAS A PODER ATRAPAR. POR TU TERQUEDAD Y TU MIEDO A SEGUIR SOLO CAÍSTE EN CUANTO POZO HABÍA, LASTIMASTE TU CUERPO Y QUEBRASTE TU ESPÍRITU. —mientras decía todo esto, el enorme lobo rodeaba al agotado Artuá, sin quitarle sus depredadores ojos de encima. —NUNCA DEJASTE DE SER UN MERO JUGUETE DEL ÁGUILA QUE HUBIERA ESPERADO A QUE ESTUVIERAS AGOTADO PARA DEVORARTE.
Artuá no tenía más fuerzas para protestar, pues tampoco estaba seguro de que el lobo estuviera equivocado. Se lanzó entonces de improviso a la carrera, retrocediendo en el camino pues estaba seguro de que aquella criatura no dudaría en devorarlo. 
El lobo o león, sin embargo, permaneció inmóvil y mientras Artuá se alejaba siguiendo una senda desconocida la criatura no paraba de pensar en lo tonto que eran aquellos hombres que seguían a sus ídolos mirando al cielo y escapaban huyendo cuando aparecían bestias en la tierra.  



Randax

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En el texto hay: misterio, suspenso, fantasia oscura

Editado: 30.07.2019

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