Relatos nocturnos

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El fin ¿justifica los medios?

—Nada es para siempre. Nada es para siempre.

Me repetía, como si al decirlo me estuviera concienciando de lo que estaba a punto de suceder. Estaba nerviosa, debía reconocerlo. Era la primera vez que hacía algo parecido, pero no sería la última. «A veces es mejor tomar estas decisiones antes de que sea demasiado tarde» y qué razón tenía mi mente al decírmelo.

Había querido a Samuel. ¡Claro que lo había querido! ¿Pero qué haces cuando conoces a otra persona con la que sientes esa conexión especial siempre buscaste? He intentado olvidar y seguir mi vida junto a Samuel, pero me resultaba imposible. Siempre que veía a David sentía ese algo especial que me hacía replantearme todo.

—Carla...

La voz de Samuel me despertó de mi ensoñación. Al parecer había conseguido llegar a nuestro punto de encuentro a pesar de mi distracción.

—Hola, Samuel.

Él me dio un beso en los labios con el que no sentí tanto como al principio de nuestra relación. ¿Estaba siendo producto de la sugestión de mi mente? No. Todo debía terminar.

—Me ha sorprendido ver tu mensaje. Debe ser importante lo que tengas que decirme para no poder esperar... ¿no?

En el fondo yo sabía que él intuía por qué lo había citado. Solo esperaba a que yo se lo confirmara.

—Sí, es muy importante, Samuel. Ya no te quiero.

Había sido demasiado tajante, pero aquel beso me había empujado a ser más brusca de lo que había planeado.

—¿Estás... hablando en serio?

—Sí. No me vuelvas a buscar, ni me llames, ¿vale?

Me giré para irme, decidida a no volver a verle. Y aunque nadie se lo creyera, ni yo misma, lo hacía para no hacerle daño. Irónico, ¿verdad? Mis palabras ya le habían tenido que romper el corazón y yo pensaba en no hacerle daño en un futuro próximo.

—Espera, Carla —Me tomó del brazo, dificultando mi clara huida—. ¿Es que hay otro en tu vida? ¿Alguien mejor que yo?

Suspiré, sintiendo como el aire mecía a algunos mechones de mi cabello.

—Sí, hay otro que me hace sentir más que tú, ¿contento? Ahora, si me lo permites...

—¡No! No te lo permito —Me tomó más fuerte del brazo, atrayéndome más hacia él. Nuestros cuerpos quedaron a escasa distancia y nuestros labios, entreabiertos, expulsaban el aire con cierta dificultad. Samuel se encontraba nervioso, conocía esa reacción perfectamente—. Déjame demostrarte que puedo seguir haciéndote feliz... —Y me besó. Al principio me pareció algo brusco debido a la situación, pero después se fue tornando dulce, e incluso apasionado. Eso me sorprendió. Las mariposas parecían haber vuelto, pero yo no me rendí tan fácilmente. Lo empujé, separándome de él. Cuando intentó acercarse de nuevo le propiné una buena bofetada que le dejó tan aturdido que pude salir huyendo al fin— ¡Te arrepentirás!

No pude oír más. Seguí corriendo hasta que llegué al parque donde siempre se encontraba David a esa hora de la tarde. Le encontré sentado en un columpio deslizándose suavemente, sin llegar a alzarse alto por el suelo. Nada más verme se levantó y se acercó a mí para abrazarme. Las lágrimas no pudieron hacer otra cosa que escaparse sin permiso y deslizarse sigilosamente por mis mejillas.

—¿Cómo se lo ha tomado? —Acarició mi espalda con dulzura.

—Fatal... ¿Cómo se lo iba a tomar? —Me separé un poco de él para mirarle a los ojos antes de continuar— Pero era necesario. Él se merece un nuevo comienzo con otra chica que le quiera más, y yo... Bueno, ya sabes.

Él solo depositó un beso sobre mis labios con esa pasión que tanto había imaginado en él. Me sentía tan feliz que había conseguido que mis lágrimas dejaran de brotar para dejar paso a una sonrisa de felicidad.



R. Crespo

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En el texto hay: microrrelatos, romance y drama, suspense

Editado: 04.02.2019

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