Renacer (luz de Medianoche)

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Mis memorias

Capítulo 27: Mis memorias

 

La negrura del bosque me desorienta, no hay luna esta noche, no sé dónde me encuentro. A parte de la cabaña solo hay árboles, no he visto sus rostros pero la voz de uno de ellos se me es familiar, hace bastante tiempo los perdí. He perdido mis zapatos, y el frío carcome mis huesos, solo llevo el uniforme del colegio: una falta azul marino y una camisa beis.

Me muerdo el labio para reprimir un grito, algo se ha encajado en mi pie, contengo las lágrimas que han intentado salir desde que me encontré en un lugar desconocido, tengo que ser silenciosa o me encontraran. Una rama encajada sobre la piel, cerca del tobillo, la tomo y duele, muerdo más fuerte el labio, una lágrima se escapa y corre por mi mejilla, tomo dos respiros y la halo con fuerza.

Continuo sin poder afincar mucho el pie herido, mi corazón se acelera cuando escucho unas ramas quebrarse no muy lejos de donde me encuentro, entonces corro. No hay nada donde pueda ocultarme, intento no pensar en el dolor del pie, y sigo hasta ver un arbusto, me escondo tras él.

El terror se apodera de mí, la respiración agitada, y mis pies arden, estoy oculta detrás de unos arbustos en completo silencio e intentando respirar, mi cuerpo entero tiembla y no es por el frío de la oscura noche, mis ojos anegados en lágrimas, tengo que huir, es lo único que grita mi mente.

Dejo de respirar cuando siento pasos acercándose, y una voz gruesa me llama por mi nombre.

—Dessire—esa voz es tan familiar, pero el miedo no me deja dar con la persona. Solo sé que la conozco.

Cuando lo siento más cerca salgo de mi escondite, y corro.

Mis pies descalzos se hincan con cada piedra o pedazo de madera que se atraviesa en mi camino, miro por encima del hombro y ese hombre me persigue, no distingo su rostro, pero sé que le conozco. Sigo adelante, esforzando mi cuerpo a que continúe, pero casi no puedo respirar y mis fuerzas cada vez menguan más de mi cuerpo. Sin darme cuenta tropiezo, meto mis manos y me las raspo al tocar el suelo, desesperada me pongo en pie, entonces él ya está detrás de mí.

Grito desde el fondo de mi alma, pero en este lugar nadie podrá oírme.

Sus manos están sobre mi grito e intento zafarme de su agarre, pero él es muy fuerte y me alza sobre el suelo. Camina a grandes zancadas devuelta por el camino que pensé dejar atrás.

Después de tanto batallar solo puedo llorar. Vamos devuelta a la cabaña, siento una desesperación al sentir sus manos sobre mi cuerpo.

Escucho el crujir de la madera al ser la puerta abierta, aun sobre su hombro observo con la vista empañada el lugar, es una especie de habitación de madera, solo hay una cama con sabanas amarillentas, en la cual desperté.

Me lanza sobre ella, y se monta sobre mí.

Ya no encuentro mi voz, pero aun así me obligo a gritar y luchar. Sus manos se apoderan de mi camisa, y los botones salen disparados por la habitación, ya mi voz es solo un gemido de terror, me he quedado afónica de tanto gritar, y sus asquerosas manos recorren mi cuerpo.

La puerta es abierta, y el otro hombre está allí. Sus ojos oscuros se fijan en mí, una sonrisa vanidosa se dibuja en sus labios, es delgado, cabello oscuro

—Es hora —anuncia.

Él, se aleja de mí, y puedo ver por completo su rostro. Le conozco, le he conocido desde niña, somos vecinos, es un par de años mayor que yo, y asiste a la misma universidad que mi hermana mayor. Su nombre es Arnold.

—Tú—susurro entre dientes.                                        

—No queremos lastimarte Dess—dice mientras se acerca a mí, me alejo, hasta que mi espalda choca contra la pared de madera.

—No es lo que parece —digo en respuesta.

—No tenemos tiempo para esto Arnold, ella tiene que decidir, y tiene que ser ahora —dice el otro hombre con voz gruesa.

—Pero aún no se lo explico —replica Arnold, sin alejar la mirada.

¿Qué se supone que tengo que decidir?, ¿Qué es lo que él no me ha explicado?

—Pues ya no hay tiempo, Leila quiere verla —insiste el otro hombre. Arnold se aleja, con el ceño fruncido pero se aleja, entonces ese desconocido se acerca al borde de la cama y tiende su mano.

—Ven por las buenas, y no te haremos daño —dice. Su voz suave me ínsita a ir, me ofrece confianza pero es algo que destruyen sus ojos, su mirada fiereza y sin compasión, me hacen pensar que sea cual sea la decisión que tome, el resultado no me beneficiara. Aun así, tomo su mano. Estando nuevamente en pie, arreglo mi camisa, y sigo a ese hombre fuera de la cabaña. Arnold, nos sigue a cierta distancia.



Nomi Saez

Editado: 26.03.2018

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