Residentes Eternos © (libro 3 Reina Efímera)

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Maldecida

Me adentré al bosque lo más que pude. Estaba indefensa había mucho frío, ya estaba amaneciendo. Era tan raro ver caer nieve, eso tan solo había ocurrido una vez hacía mucho, tanto que ya lo había dejado en un lugar de mi recóndita memoria. Eso había ocurrido, el día en que mi madre había fallecido, Sarbelia me lo había relatado.

Lloraba no por mi segura muerte, sino por no haber podido ser mejor. Quizá si había desperdiciado mi vida en cosas absurdas. Jamás volvería a ver a nadie en mi familia, y eso incluía a Jon, y a Nigromante.

— ¿Qué haces tan lejos de él? — Preguntó una voz que me hizo volver en sí.

Frente a mi apareció una jovencita, la reconocí inmediatamente, era la misma que custodiaba la Flor mágica. Me quedé en silencio observándola.

—Tú no deberías estar aquí, te hallaran pronto. Debes volver—. Alertó preocupada al verme.

—No puedo volver, ya no puedo—. Respondí entristecida.

—Podría ayudarte.

—¿Cómo lo sabes?

—Todos sabemos quién eres. No eres invisible para nosotros. Tu corazón es bueno, y en ti hay luz, eso es imposible no notarlo, pero a pesar de todo, tu luz brilla, aunque sé que estás triste. Tu madre era la heredera, pero al partir te lo cedió a ti. Debes volver.

No entendí nada.

—No puedo volver, eso es todo lo que puedo decirte. Agradezco mucho tu ayuda pero…

Varios pasos se oían en dirección en donde estábamos. Me volví para saber quién era.

— ¿Tú? Dudé al sentir tu presencia—. Exclamó confundida.

—No tiene sentido seguir huyendo, no pondré en riesgo a mi familia, ya no. Sé que ustedes quieren mi cabeza, pues aquí estoy.

Pude reconocer cierta contrariedad en su semblante, parecía no creer en lo que decía.

—Entonces, ¿te rendirás? ¿Tú?

—Sí, no tengo opción, Inés. Esto era lo que querías, aquí estoy frente a ti, haz conmigo lo que quieras.

Su mirada reflejaba mucha molestia.

— ¡Cobarde! No hagas esto tan fácil. Esto es por arruinar mi boda— Dijo encolerizada de pies a cabeza, acomodándome un gran manotazo en el rostro fue tal que me hizo caer sobre el suelo congelado.

— ¡Levántate! Esto apenas comienza.

Inés tenía mucha fuerza, me sentía mareada y no podía ponerme de pie. Lo intenté, pero fue tan difícil aún no tenía equilibrio. De pronto sentí que tiró de mi cabello poniéndome de pie.

— ¡Me lo pagaras todo, te arrepentirás de haberme conocido!

Me tenía sostenida del cabello, y aunque me dolía mucho trataba de no demostrárselo.

— ¡Maldición! — Rabió encrespada. —Tenía que ser él siempre es tan brillante, ¡vendrás conmigo!

La sensación fue horrible fue como si hubiéramos saltado hacia un gran abismo. Sentía como si el corazón se me hubiera quedado por el suelo. Al tratar de ver hacia el frente estábamos, en un lugar diferente, se parecía mucho a un lugar que tan solo estaba en uno de los salones de la Costa Este, pero en realidad no estaba tan segura. Era un salón inmenso, todo decorado de color negro y rojo, el ambiente era frio e iluminado por velas por doquier, y muy refinado y muy bien adornado.

— ¡Cuánto desee poder arrancarte la cabeza con mis propias manos!

— ¿Qué es lo que tienes? — Mencionó otra.

No quise volverme para verla, Inés aun me tenía sujetada del cabello. Pero la curiosa llegó hasta ponerse enfrente de mí. Era Tamira y me veía perpleja.

— ¿Cómo hiciste para desclavarla de Jon?

Me observaba de pies a cabeza, rascándose la barbilla.

—No, no, por lo que veo, ella llegó a ti.

—Cállate, ahora por fin la tengo a mi disposición, anhelo torturarla, primero le sacaré los ojos y no te metas.

Pero Tamira rió a carcajadas.

—Eso no cambiará lo mucho que te ha hecho—. Respondió alejándose de mi vista.

Ambas tenían hermosos vestidos negros, bellos y muy llamativos. Cada cual reflejaba los gustos de quien lo portaba. El salón fue llenándose de diferentes mujeres y otras personas que no creía haber conocido o haber visto antes.

Todas ingresaban observándome detenidamente.

—Quiero su cabeza en mi altar, y cuando se seque usaré su cráneo en mi cetro. Su sangre me ayudará para hacer que Jon pierda la razón y se entregue a mí, todo inmortal puede entregarse a una bruja—. Dijo sonriendo satisfactoriamente.

Fruncí el ceño muy enfadada. Podía hacer lo que quisiera conmigo, pero con Jon, jamás.

—Has lo que ambiciones conmigo, pero con él no te metas—. Vociferé soltándome de sus manos, empujándola fuerte.

— ¡Sí como decía, que ganancia tiene, si fue ella quien se entregó! — Volvió a decir Tamira aun riendo.



Sunny Black

Editado: 01.12.2018

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