Residentes Eternos © (libro 3 Reina Efímera)

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Capítulo 3

Comienza la guerra

 

Las piernas se sentían pesadas y muy adoloridas, lo mismo ocurría con varias partes de mi cuerpo. Con el Ejército del Alba de parte de Farga, era el fin. No tenía idea porque aplazaba tanto mi muerte, era horrible creer que todo acabaría gracias a mí.

Todo el lugar estaba embrujado pero al menos sabía que no estaba tan lejos del castillo. Trataba de ponerme en pie, para encontrar algún modo de huir. Fue muy complicado y doloroso lograr acomodarme, en mi lucha tomé un pedazo del jarrón roto y lo escondí en mis manos, la puerta se abrió de par en par.

Inés entró con imponencia y me hecho la mirada de modo que no me quedó duda de cuanto me odiaba.

—De no ser por ella, te habría torturado mucho más, no olvides que seguimos juntas aunque no lo queramos ambas.

Tenía el exótico vestido rojo, con su pelirrojo cabello suelto y su mirada color melaza viéndome irasciblemente. Se acercó a mí, sin quitarme la mirada de encima.

—No tengo idea, porque me odias así. Algún día comprenderás que ser como eres no tiene ninguna ventaja.

—¡Cállate! — Mencionó acomodándome un manotazo en la cara, me doblé del golpe, pero al volver mi rostro al frente, me tiré sobre ella, sin quererlo le introduje el pedazo del jarrón en el abdomen.

En su semblante se veía lo sorprendida que estaba, y yo me sentía igual. No me consideraba una asesina, jamás pensé que en un momento de resistencia haría algo atroz. Me lanzó a un lado, quitándome de encima, de pronto sentí más fuerza. Me puse en pie, y salí corriendo con todas mis fuerzas de la habitación. Pero me detuve al ver que muchos guardias andaban por todos lados. Me quedé quieta, tratando de infiltrarme sin llamar su atención, pero me estremecí en cuanto sentí que Inés bramaba como loca. Recordaba cómo salir de aquel lugar con claridad, seguí el mismo recorrido hasta que, observé una habitación con mucha ropa, era un lugar donde al parecer todas llegaban a vestirse, era como una hermandad de brujas donde todas se compartían todo, no solo había ropa, había envases con cosas horribles y olía muy mal, y algunos baúles. Sin importarme quien pudiera verme, esculqué a tientas un vestido, y encontré uno muy lujoso que era de color azul, en verdad era precioso, me vestí de inmediato, sin quitarme las zapatillas, había un trapo húmedo y con eso me limpié el rostro. Había también un pequeño espejo, observé mi indumentaria y mi rostro, tomé una cinta que había en uno de los vestidos y me amarré el cabello. Me coloqué una capa y salí con el rostro medio cubierto. Caminaba a grandes pasos y podía ver cuantas habitaciones había en aquel lugar, algunas de esas habitaciones tenían las puertas abiertas y dentro tenían personas que parecían estar torturadas y perdidas, como lo estuvo Jon o yo.

Aun sintiéndome muy mal al verlos, lo mejor que podía hacer era huir y buscar ayuda. Sentí un inmenso alivio al ver por fin que había llegado a la entrada de ese horrible lugar. No dudé en cruzar el pórtico.

El aire llenó mis pulmones, tenía que darme prisa, Inés podía recuperarse en cualquier momento. Afuera había demasiados guerreros, al pasar al lado de ellos se volvían a mí, les causaba desconfianza, verme tan cubierta.

Trataba de contener todo el horror que sentía, respiraba profundamente tratando de calmarme. Si me descubrirían me harían algo peor de lo que ya me habían hecho. Caminaba lento, para no darles a entender todo el miedo que sentía. Pero de uno en uno me fueron siguiendo.

— ¡Atrápenla inútiles! ¡Se escapa! — Vociferó Inés encolerizada de pies a cabeza, asomándose desde el pórtico.

Estaba medio doblada cubriéndose la herida, señalándome muy enfadada con el dedo índice de su mano izquierda. Me paralicé al verla.

Me mataría ella o los guardianes. Un fuego se desplazó con gran velocidad desde su dedo hacia mí. Tan sólo se me ocurrió agacharme. El chispazo pasó y por poco da sobre mí, aún inclinada los guerreros desenvainaron sus espadas rodeándome, se me escapó un susurro. En mi tan sólo rezaba para que Jon o Nigromante aparecieran. Uno se acercó a mí con una espada en mano, el filo era espeluznante, reluciente, reflejándose mi apariencia. Cuando el guerrero hizo por atacarme, cerré los ojos y algo chocó con fuerza contra la espada, era como hierro, se trataba de otra espada.

Alguien vestido de color blanco, tal como lo eran los soldados del ejército del Alba, cubierto completamente mostrando tan solo los ojos, tenía su espada alzada, evitando el ataque del guerrero. Sonreí agradeciéndole a Dios, el milagro de que me encontraran.

Él atrajo toda la atención de los guerreros, uno a uno se fueron uniendo a la batalla. Era imposible no querer observar su valiente combate, danzaba graciosamente con su espada hiriendo a los guerreros uno a uno, ninguno podía tocarle ni acercársele, era muy rápido y diestro. Hacia maravillosas maniobras con su espada como con su cuerpo, hacía increíbles saltos y piruetas. Estaba anonadada observándolo.



Sunny Black

Editado: 01.12.2018

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